Hasta mañana.

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Hermione Jean Granger había llegado al mundo mágico de una forma curiosa para su familia. Había entrado una lechuza en su casa, con una carta que la invitaba a Hogwarts. A sus padres, e incluso a ella, les costó asimilarlo. Pero la dejaron ir, todo por el bien de ella.

Hermione pensaba en todo aquello. Pensaba que si quizá no se hubiera ido, ahora sus padres la recordarían, y estarían con ella. Ahora tanto sus padres como ella corrían peligro. Sólo esperaba que alguien le parara los pies a Voldemort antes de que su poder llegara a Australia. Y si nadie lo hacía, lo haría ella, vengado a Harry.

La castaña dejó de pensar en aquello para concentrarse en lo que debía hacer ahora. Había llegado al núcleo del Bosque Prohibido. Había leído en muchos libros, y se lo había oído comentar a Hagrid a veces, de la existencia de una pequeña casa allí mismo. Una casa curiosa. Que si no la necesitabas de verdad, no la encontrarías. Los libros contaban que solo si corrían riesgo y necesitabas un refugio, la casa sería visible y habitable para ti.

Una sonrisa se extendió en el rostro de Hermione cuando la vislumbró. Allí estaba. Tal como la presentaban los libros. Pequeña, con grandes ventanas y un solo piso.

La chica corrió hacia la puerta.

- ¡Alohomora! - conjuró.

Pero la puerta no se abría. Le costó unos segundos darse cuenta de la existencia de una llave que estaba en la cerradura. Le dio una vuelta y entró dentro.

La casa tenía mucho polvo. Estaba sucia y había alguna que otra rata correteando por el suelo. Hermione no le dio importancia y continuó caminando. La examinó por completo. Sólo había una pequeña habitación, con una cama en la que no cabían más de dos personas. Tenía también un pequeño salón, un baño y una cocina. Una cocina que se llenaba de comida si la persona que habitaba la casa la necesitaba.

Era el lugar perfecto para vivir, o al menos para refugiarse de todo aquello que se acababa de desencadenar.

Hermione sacudió su varita, y la casa se limpió. Las puertas se abrieron y las ratas salieron fuera. Una vez hecho esto, Hermione se dirigió a la ducha.

Se desnudó, entró dentro y encendió el agua. Cuando esta empezó a calentarse, la chica mojó su rebelde cabello, y el agua resbalaba por su piel morena, quitando toda la suciedad, limpiando todas las heridas. Las lágrimas de la castaña se camuflaban con las gotas de la ducha, y sus sollozos, con el ruido del agua. ¿Había sido egoísta huir allí? La familia Weasley, que siempre la había apoyado, estaba en su casa, corriendo peligro. Y ella estaba allí, dándose una ducha caliente. La chica era consciente de que no tardaría en salir de esa casa para reunirse con Ron e intentar acabar con Voldemort, aunque ambos seguramente acabarían como Harry, o peor.

Cuando acabó, apagó el agua y envolvió su cuerpo limpio con una toalla. Cayó en la cuenta de que no tenía ropa limpia, así que se dirigió a la habitación, quizá allí habría un sistema igual que el de la cocina, pero que le proporcionara ropa. Una vez allí, abrió el armario, y se quedó con la boca abierta. Era una estancia enorme, casi más grande que la habitación. Filas y filas de ropa. Vestidos, faldas, pantalones... Tanto de mujer como de hombre.

Hermione se adentró allí, y escogió un chándal verde claro. Una vez vestida, dio varias vueltas al vestidor, impresionada. Estudiaría la impresionante magia de aquella casa.

Se dirigió a la cocina, y se comió un bocadillo. Lo devoró en unos minutos, estaba muy hambrienta. También bebió un gran vaso de agua y se preparó un tazón de leche, leería un rato para despejar su mente.

Volvió a la habitación y cogió un viejo libro de la estantería. Parecía una novela muggle. Leyó mientras bebía, hasta que le sueño acabó con su energía y acabó profundamente dormida en aquel colchón mullido.

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El rubio Draco Malfoy corría por el Bosque. No sabía a donde se dirigía, pero su instinto le decía que iba por el buen camino. Fue entonces cuando divisó una casa, a unos 50 metros de él. Cuando llegó a ella, le dio una vuelta a la llave y entró.

La casa era pequeña, estaba limpia y olía bien. Parecía que alguien vivía allí.

- ¿Hola? - dijo el rubio - ¿Hay alguien aquí? Solo... solo busco un lugar seguro...

Draco no obtuvo respuesta, así que caminó por la casa, con inseguridad. Se tomó el placer de ducharse y de comer y beber en la cocina. Al ver que no había nadie en la casa, todavía con la toalla envuelta alrededor de su cintura, encontró la habitación.

Draco se alarmó cuando divisó una figura humana sobre la cama, sacó su varita y se acercó a ella. Era una mujer y parecía tener su edad. Apartó su cabello mojada de la cara y produjo un grito ahogado al ver quien era.

- ¡Granger! - gritó, despertando a la pobre chica.

Ella se ruborizó, y al divisar una persona, le apuntó con la varita. Pero enseguida la bajó cuando vio que el chico era Draco Malfoy, y parecía más asustado que ella.

- ¿Draco Malfoy? ¿Qué haces aquí?
- Buscaba un lugar donde esconderme. ¿Qué haces tú aquí?

Pero Hermione no respondió. Había visto muchas veces a Harry y a Ron sin camiseta. Pero el torso desnudo de Draco Malfoy, era muy distinto. Su piel se veía blanca y suave, y sus músculos... La castaña se sonroja con culpabilidad al notar un ligero calorcillo en la cintura.

- ¿Granger? - preguntó él confuso, despertándola de su ensimismamiento.
- Yo también quería refugio - respondió ella, mirándole a los ojos - ¿De qué quieres refugiarte tú?
- ¿De qué me voy a querer refugiar, estúpida? - el rubio rodó los ojos - De Lord Voldemort.
- Creía que eras mortífago.
- Soy tan mortífago como tú lista.
- Entonces eres muy mortífago - dijo ella con la ceja alzada.
- Voldemort ha matado a mis padres, Granger.

La chica se horrorizó. Si Voldemort había matado a Lucius y Narcissa, fieles ayudantes, Merlín sabe lo que le podría hacer a los Weasley.

 - Lo siento... no lo sabía - murmuró ella.
- No importa... - dijo él, bajando la mirada - Puedo quedarme, ¿verdad?

Hermione lo pensó. No se fiaba del rubio. Le había hecho la vida imposible durante años, y no era el mejor momento para que le hicieran más daño del que el mundo ya le había hecho. Pero había algo distinto en la mirada del rubio. Aquellos frívolos ojos grises ahora parecían cálidos. Parecía asustado, asustado de verdad. Quizá después de todo, ella y él podrían llegar a llevarse bien, o por lo menos, aprender a convivir.

- Sí.
- Gracias, Granger - el chico le dedicó una sonrisa de lado, a pesar de tener el rostro triste.
 - Tienes ropa en el armario.
- Ah, gracias.

El rubio se sorprendió lo mismo que ella al abrir el armario. Y mientras buscaba ropa, Hermione le miraba la espalda. Por Merlín, Draco Malfoy estaba despertando algo que nunca había despertado en ella.

Cuando el chico se vistió, la miró. Y ella también le miró. Se sotuvieron las miradas, analizando la cara del otro.

Draco era muy atractivo. Tenía los ojos grises, la piel blanca, firme y suave. Unos labios carnosos y el flequillo rubio, rubísimo, por su frente. Hermione estaba segura de que Draco era el chico más atractivo que había conocido nunca.

Hermione, por parte. Nunca había sido guapa, pero ahora sí lo era. Tenía los ojos grandes, color café, y las pestañas largas y negras. Tenía la piel morena y suave, y el cabello rizado y despeinado, que le llegaba casi a la cintura.

- Dormiré en el sofá - rompió Draco el silencio - Hasta mañana, Granger.
- Hasta mañana, Malfoy.

Solos tú y yo.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora