Una fuerte luz me lastimaba los ojos: eran los rayos del sol que entraban directamente por la ventana. El celular todavía no sonaba y, al revisar la hora, me di cuenta de que aún era temprano.
—Vaya, el estar sola es algo complicado —suspiré para mí misma.
Estaba acostumbrada a que mi mamá me levantara todas las mañanas. Aunque todavía tenía bastante flojera, sabía que debía ponerme de pie para arreglarme. Por suerte, anoche había dejado mis pantuflas cerca de la cama. Me dirigí al baño para encender el calentador y, mientras esperaba a que el agua se calentara, busqué algo de ropa en mis cajas. La que había usado el día anterior ya estaba sucia.
«Estaría bien una falda... no, mejor un short, o tal vez un mallas», pensé viendo tantas opciones sin decidirme. Al final elegí un pantalón de mezclilla azul, una playera y un saco negro.
No tardé mucho en la regadera. Me vestí, comí un poco de lo que había quedado de las compras y salí de la casa a toda prisa.
—¡Taxi! —exclamé alzando la mano al ver uno pasar.
Los primeros no se detuvieron para nada, hasta que por fin el octavo se orilló. Subí rápidamente.
—Buenos días, ¿a dónde la llevo? —preguntó el taxista mientras reajustaba el taxímetro.
—Me lleva al departamento de pinturas que está a media hora de aquí, por favor —le respondí, acomodando mis cosas a un lado.
—Sí, ya sé dónde queda. Trabaja ahí, ¿no es así? —indagó con curiosidad.
—Sí, así es. De hecho solo voy por ratos, ya que la mayoría del tiempo trabajo en mi casa.
Mi labor consistía en elaborar folletos y marcos de protección para algunas pinturas, una forma de mantener las piezas originales a salvo.
—Vaya, eso es genial. Debe de ganar muy bien, ¿verdad?
La verdad no me podía quejar; de ahí sacaba una buena ganancia que me serviría para pagar la casa y comprar algunas cosas que me hacían falta.
—Algo así, digamos que lo suficiente para salir adelante —contesté con una leve sonrisa.
El taxista dejó escapar una risotada.
—En eso tiene razón, hay que salir adelante. A mí, con el trabajo que tengo, me cuesta sacar para el día a día. Oiga, si no es molestia... ¿es casada o...? —preguntó mirándome por el espejo retrovisor.
Sentí cómo se me calentaban las mejillas.
—No, no, soy soltera todavía. Apenas me acabo de salir de la casa de mis padres para vivir en mi propio espacio. Aún no me acostumbro a estar sola, pero espero lograrlo pronto.
Y no era mentira: aunque soy organizada, me costaba un poco adaptarme a hacerlo todo sin ayuda.
—Pues así como me lo platica, está muy bien. No hay nada mejor que hacerse de sus propias cosas. Disfrute su vida un poco más, porque la vida de casada es complicada. Mire mi ejemplo: apenas me alcanza para la comida diaria y tengo tres hijos. Son demasiados gastos entre la escuela, uniformes, útiles, mochilas y zapatos; además de vestir a la mujer. Por eso le digo que disfrute su soltería.
Escuchándolo, me di cuenta de que la situación estaba difícil. Si apenas podía pagar mi departamento y darme algunos gustos, prefería seguir soltera un buen rato más.
—Bueno, lo tendré muy en cuenta, gracias. Mire, es aquí, ¿cuánto le debo?
El conductor miró la pantalla de su máquina.
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Dulce coracones
RomansaLa vida da muchas vueltas donde empezamos y adonde vamos el amor es igual
