Buscando la inspiración.

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Casi no dormí en toda la noche. Solo me la pasé viendo el dibujo que hice; hasta eso, no se veía nada mal.

«¿En serio yo hice esto?», me pregunté rascándome la cabeza.

No podía ser. Sabía que tenía el talento, pero no sabía qué podía pintar ni cuál sería mi verdadera inspiración. Debía pensar. Me di un par de palmaditas en la cabeza, pero me seguía siendo inútil: la mente estaba en blanco. De pronto, un pequeño rugido en mi estómago me hizo detenerte. Es verdad, no había comido nada. Un artista no puede inspirarse con el estómago vacío.

Me dirigí al refrigerador y al abrirlo fue como un golpe directo a la panza: no había nada de comida. Al parecer tendria que salir a comprar algo. Me acerqué a mi monedero y las cosas se pusieron peor. El castigo del señor Gustavo era peor de lo que esperaba; el no trabajar había hecho que me quedara sin dinero. Al menos me quedaba un poco, pero esto no me rendiría mucho. ¿Qué debería hacer? ¿Buscar otro trabajo? ¿Pero qué tan lejos tendría que buscar? Y pensar que tenía que juntar mis papeles...

«A ver, Dulce, ¿en qué eres buena? Piensa, piensa...»

Por más que lo pensaba, no salía nada en absoluto.

—Bien... No tengo otro talento más que este y mis recursos se terminan —murmuré dejándome caer en la silla del comedor.

En eso oí que tocaron a la puerta. Ya me daba una idea de quién era.

—¡Adelante, Román! La puerta está abierta —grité.

Más tardé en decirlo que él en estar adentro.

—Hola. ¿Qué haces? No me digas que sigues buscando algo que te inspire para tu pintura —dijo con aire risueño.

—Sí... Pero la verdad no he encontrado nada que me dé ni la más mínima inspiración que necesito. Y eso no es lo peor —admití.

Él se me quedó viendo algo confundido.

—¿Y qué has estado haciendo en toda la noche que no has podido inspirarte?

Puse las manos en las caderas y miré hacia el techo.

—La pura verdad es que no he podido dormir desde que te fuiste. Y ahora no tengo dinero para poder comer. No sé qué debo hacer; he pensado en pedirle a mi jefe que me disculpe y que me deje trabajar de nuevo.

Román se levantó del sillón y se puso enfrente de mí.

—¿Y por qué le tienes que pedir perdón a ese señor? —dijo alzándome suavemente el rostro para que lo mirara a los ojos.

—Pues... no sé por dónde empezar —regresé a la silla y me senté de nuevo—. Yo no le he hecho nada, pero necesito el trabajo. Ahora sé que es la única manera de sacar algo para poder comer.

Román se quedó pensando unos segundos. Hizo una pequeña mueca y de pronto se le iluminó el rostro con una sonrisa.

—Espera... A ver si entiendo: tú necesitas dinero y, por pura casualidad, mi abuelita necesita una ayudante en la tienda. Así que todo está resuelto. ¿Qué te parece?

Sonaba tentador, pero lo medité un instante.

—Sabes que me gustaría, pero creo que le hace más falta el dinero a ella que a mí. Siento que le estaría quitando lo poco que gana.

Al parecer a Román no le gustó mucho oír eso.

—Para que lo sepas, mi abuela es buenísima para los negocios y de dinero está más que bien. Me ha dicho hasta el cansancio que quiere una ayudante. ¿Qué dices? Esta es tu oportunidad. Sé que no ganarás millones, pero tendrías para comer mucho mejor.

Dulce coraconesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora