Dejamos todo bien cerrado, hasta las ventanas, por si acaso. Salimos con pocas cosas, ya que llevar comida o bultos pesados sería un estorbo y no nos permitiría divertirnos a gusto.
—Oye, Román, ¿dices que no está muy lejos? —pregunté mientras caminábamos.
Él no se volteó. ¿Será que no me escuchó?
—¡Román! —insistí alzando la voz.
Al momento, volteó rápidamente hacia mí.
—No, no está lejos de aquí, solo a unos... qué te gustará... ¿media hora en camión?
No supe qué decir ante su cálculo.
—Da igual, ya salí. Es solo cuestión de esperar a llegar. De todos modos no tenía nada que hacer, pero a ver... qué tan divertido es ese lugar —comenté.
En su rostro se dibujó una sonrisa de satisfacción.
—Es lo mejor que hay por aquí, ya verás. Cuando entres te vas a divertir como nunca, de verdad.
Sonaba bastante bien viniendo de él, así que me dejé llevar. Pasamos la media hora en el camión entre baches y asientos incomodos, hasta que el dolor de espalda y de caderas se hizo presente. Al llegar nos bajamos y me quedé impresionada: no era un parque pequeño, era un centro de atracciones enorme que se veía mucho mejor de lo que me había imaginado.
—Y bien... ¿qué opinas? —preguntó Román observando las luces de la feria.
—¡Sí que promete! De seguro nos divertiremos a lo grande. Es hora de entrar, ¡vamos!
Pasamos por la taquilla. Por suerte, él llevaba su credencial de estudiante, lo que nos ahorró la mitad de un boleto. Se le notaba la impaciencia por entrar y a mí me pasaba lo mismo, aunque trataba de controlarme para no parecer una niña pequeña.
—Bien, ¿por dónde empezamos? ¿Te gusta lo rudo o empezamos con algo ligero? ¿Tú qué dices? —preguntó Román alterado, impaciente por subirse a un juego de inmediato.
—No sé qué es lo que te gusta hacer primero. Si quieres vamos a la montaña rusa o a la canoa... —admití.
Había una gran variedad de juegos que la verdad no conocía, ya que me la había pasado más tiempo enfocada en los estudios y el trabajo que saliendo a divertirme.
—¡Ah, ya sé! Ven, acompáñame. De seguro te va a gustar mucho, al igual que a mí —me tomó de la mano y me jaló por toda la feria hasta llegar a una atracción giratoria con carritos diseñados para parejas.
—¿En serio? No me digas que quieres empezar con esto —lo miré arqueando una ceja.
Román se puso algo rojo.
—Bueno... si se te hace muy tranquilo, deberíamos empezar con el que está allá —señaló la torre de caída libre que subía a gran altura y se dejaba caer en picada.
Definitivamente no quería empezar con ese.
—Bien... creo que no estaría mal el primero. Nada más que, si no me equivoco, el que quede del lado exterior va a terminar aplastado por la fuerza centrífuga, ¿no es así?
Él lo pensó por un momento.
—No lo creo, no es para tanto.
Dejé que él se acomodara en la orilla para comprobarlo. Dicho y hecho: al terminar el juego, Román salió todo adolorido por los empujones, pero se veía sumamente feliz. Continuamos recorriendo los demás juegos; de algunos salí pareciendo un zombi porque no me gustaban las alturas, pero me divertí muchísimo más de lo que esperaba.
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Dulce coracones
RomanceLa vida da muchas vueltas donde empezamos y adonde vamos el amor es igual
