bajo la lluvia.

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Después de lo que me dijeron Arturo y el señor Gustavo me sentía de lo peor, aunque, como dijo el cura, para el amor no hay edades...
«¡No! ¿Qué estoy pensando? Él es tan solo un escuincle», pensé sacudiendo esa idea de mi mente.
Me apreté la cabeza con las dos manos haciéndome hacia atrás en la cama.
«¡Ay! ¿Qué voy a hacer?»
No me había querido parar desde que llegué. No sabía cuántas horas habían pasado; solo sabía que mi vejiga exigía desalojo de producto tóxico de inmediato. Salí del cuarto rumbo al baño, recordando que había dejado las cortinas cerradas para que no se viera nada hacia adentro. Al terminar, me quedé pensando en la misma situación, aunque tampoco podía razonar bien con el estómago vacío. Recordé que aún quedaba jamón y queso, pero calculando las proporciones, no había tortillas de harina. Eso implicaba salir.
«Sé que Román va a la escuela y no va a regresar hasta dentro de un rato. Sería una buena oportunidad para salir sin encontrármelo...»
Revisé el celular y faltaba bastante para que él apareciera por el edificio. Decidí ir a comprar lo necesario para comer y algo para beber, aunque fuera una leche. Me arreglé rápido y salí con mucho sigilo, cuidando que nadie me viera. Me dirigí a toda prisa a la tienda y, al llegar, toqué la barra un poco desesperada.
—¡Ya voy, ya voy! Paciencia... Ah, hola, Dulce, ¿no es así? —dijo la encargada saliendo.
Asentí con la cabeza.
—Sí... Este, voy a querer otro paquete de tortillas de harina, un poco más de queso y un litro de leche, si tiene de sabor, mejor.
La señora se me quedó viendo raro.
—¿Está todo bien? ¿Tienes algo? —preguntó confundida por mi comportamiento.
—No, nada... Es que salí rápido por las cosas, pero me gusta salir bien arreglada y como venía algo apresurada, por eso ando así —inventé como pretexto.
—Vaya, estas niñas de ahora hacen berrinche por todo para verse bien. De seguro no quieres que te vea el novio así, ¿verdad?
«Aún no le he dado la oportunidad de serlo...», pensé, pero solo dije:
—Algo así... Oiga, ¿tendrá algo dulce que me recomiende?
La señora miró el mostrador.
—Pues hay gran variedad, no sé qué tipo de dulces te gusten.
Eché un vistazo a los estantes.
—¿Sabe qué? Me da unas mantecadas, por favor.
La señora me miró confundida, pero me las entregó de buen gana.
—Me dijiste que querías un dulce y eso es un pan.
—Bueno... es que ando algo desordenada hoy. ¡Gracias! —dije despidiéndome a toda prisa.
Salí corriendo hacia el departamento, pero un leve escalofrío me recorrió la columna al ver a Román parado justo en la entrada del edificio. Como pude, me escondí detrás de un muro. Mi corazón empezó a acelerarse a mil por hora.
«¿Qué voy a hacer? Lo malo es que mi departamento no tiene puerta trasera...»
Me asomé con cuidado para ver qué hacía, pero el barandal no me dejaba distinguir bien.
«¿Qué es lo que tiene en las manos?»
Se veía un bulto blanco, como un papel o una cartulina, pero no alcanzaba a ver más. Estaba esperando a que le abriera. Me pegué a la pared rogando que no me viera. De pronto, escuché unos pasos bajando las escaleras, lo que hizo que se me disparara el pulso. Me di la vuelta y me fui hacia la siguiente calle corriendo lo más rápido posible.
Al dar la vuelta a la manzana, regresé con cautela y vi que la entrada ya estaba sola. Sentí un ligero alivio, aunque al mismo tiempo me dio culpa por Román. Me pregunté qué llevaría en las manos; tal vez era una maqueta o algún trabajo para la escuela.
Justo cuando di el paso para entrar al edificio, una mano me tocó el hombro y me hizo gritar del susto. Me volteé con los ojos cerrados.
—¡Lo siento! Es que no puedo estar contigo, es muy pronto y eres un niño apenas... —solté de golpe.
Se escuchó una pequeña risa. Al abrir los ojos, mi decepción fue enorme.
—Lo siento, pero a mí no me gustan las ancianas. Y gracias por lo de niño, me hiciste sentir joven de nuevo —dijo Arturo burlándose.
Lo miré con ganas de ahorcarlo.
—Qué gracioso, Arturo. Deja de jugar conmigo. ¿Qué haces tú por estos rumbos?
—Nada, es que cerca de aquí es donde vivo.
Me quedé asombrada.
—Vaya, eso nos hace vecinos... ¿Por dónde exactamente? Nunca te había visto por aquí.
—Es que al dar la vuelta pasaste por mi casa. Cuando salí te vi, y por cierto, te veías muy chistosa intentando ocultarte. No me digas que te estás escondiendo del muchacho...
Agaché la mirada avergonzada.
—No seas así, eso es muy cruel de tu parte —comentó él.
—Lo sé, pero lo que me dijo el señor Gustavo me hizo sentir como alguien despreciable.
Arturo me dio un pequeño zope en la cabeza que me hizo agachar más la cara.
—¡Oye! ¿Qué te pasa? —le dije enojada sobándome.
—El señor Gustavo se casó con una mujer mucho más joven que él. No sé cuántos años le lleve, pero el punto es que no importa la edad siempre y cuando los sentimientos sean puros.
No supe qué responder a eso.
—Pero... ¿cómo puedo saber eso? Además, tú estás con una novia de tu edad.
Él sonrió.
—Tú lo has dicho: casi. Es más chica que yo por un par de años, dos o tres para ser exactos.
—No sé qué voy a hacer. Tal vez deba confrontar esto, ya sea para bien o para mal, pero quiero aclarar las cosas... Oye, ¿te gustaría dar una vuelta conmigo? —le pregunté.
Arturo se me quedó viendo con curiosidad.
—Oye, no pienses mal, sé que tienes novia y que te vas a casar...
Él me agarró suavemente de los hombros.
—Descuida, lo sé. Además, sirve que hablamos de viejos tiempos; hace mucho que no salimos juntos. Conozco una cafetería por aquí que es de las mejores. Aunque el costo es algo elevado, créeme que vale la pena.
—Está bien, sirve que aclaro mis ideas. Vamos... pero espera, voy a dejar el mandado a mi casa.
Arturo miró la bolsa que llevaba.
—¿En serio vas a comer eso?
Miré mi bolsa con las tortillas, el queso y las mantecadas.
—¿Tiene algo de malo?
Él sacudió la cabeza.
—¿No haces comida normal en tu casa?
—Si hablas de sopa o un guisado, no. Además no me da tiempo —inventé.
Ante su mirada de incredulidad, terminé confesando:
—Está bien... no me gusta cocinar, soy algo holgazana para esas cosas.
Arturo se soltó a reír.
—Eso sí te lo creo. Deberías aprender; imagínate si te casas, no creo que a tu marido le guste comer comida seca toda la vida.
—Ah, sí... lo dices porque tú esperas casarte para que te cocinen, ¿verdad?
—Un día de estos te voy a enseñar arte culinario y vas a querer repetir —dijo él acercándose en tono juguetón.
—Sí, sí, como digas. Espérame, dejo esto y nos vamos antes de que me arrepienta.
Subí rápido, dejé las compras y salí cerrando bien con llave. Lo seguí hasta la cafetería. El diseño del lugar me gustó mucho: las paredes eran blancas y los muebles de madera color chocolate. Nos sentamos cerca de la ventana a esperar el servicio.
—Buenas tardes, espero que disfruten su visita. Aquí está el menú. ¿Qué les gustaría tomar a usted y a su novia? —nos saludó la mesera.
Sentí cómo me ponía roja de inmediato.
—Ah, no, no... Es solo una amiga. Venimos a platicar un rato —aclaró Arturo.
—¡Ay, lo siento! Es que vienen muchas parejas y me confundí, mil disculpas —respondió la joven apenada.
—Bueno, yo quiero un frappé de capuchino. ¿Y tú, amada mía? —dijo Arturo en broma.
—Payaso... Yo quiero lo mismo que el caballero, y un bagel, por favor.
La mesera tomó nota.
—Tenemos de pollo, atún y jamón de pavo. O si gusta, se lo podemos preparar con todo junto.
—¡Sí, me parece perfecto! —exclamé sin dudarlo.
Arturo me miró rodando los ojos.
—Te vas a poner como tinaco, te lo advierto.
—Eso no es de tu incumbencia. Además, a mí me van a querer tal y como soy, ¿verdad que sí? —dije mirando a la mesera.
La chica sonrió.
—Así es, señorita, hay que ser positiva.
—¿Ya ves? Por algo sigues soltero, Arturo.
—Sera mejor que vaya por sus órdenes, en un momento regreso —dijo la mesera retirándose a toda prisa.
—¿Crees que se asustó con tus comentarios? —pregunté viéndola marchar.
—Ya lo creo —respondió Arturo.
Nos miramos a los ojos y soltamos la carcajada al mismo tiempo.
—Tú no cambias, Arturo, ni porque te vas a casar —dije secándome una lágrima de la risa.
—¿Y por qué debería cambiar? Me voy a casar, no me voy a condenar. Además, no tiene nada de malo que me lleve bien con mis amigas.
—Tal vez tienes razón... Oye, ¿y sí es bonito estar enamorado? —pregunté en voz más baja.
Arturo se quedó pensando unos segundos.
—No sé cómo explicártelo... Lo importante es compartir tu vida con alguien a quien le importas y que te importa a ti. Es como un equipo: cada quien sabe qué hacer, se tienen confianza mutua y caminan juntos sin perder su esencia.
Me quedé escuchándolo con atención, deseando experimentar algo así.
—Tal vez un día de estos lo sienta yo también...
—Eres una loquilla, ¿lo sabías? —dijo Arturo acariciándome la cabeza con cariño.
En ese momento llegó la mesera con los pedidos.
—Aquí tienen. Espero no haberme tardado mucho. ¡Buen provecho!
El bagel se veía delicioso y el frappé estaba increíble.
—Oye, esto está riquísimo —admití después de darle un sorbo.
—Te lo dije.
Miré hacia la ventana y vi que había comenzado a nublarse y a llover con fuerza.
—No puede ser... Y no traje nada para taparme. Me voy a tener que mojar.
—Descuida, nos quedamos un rato aquí en lo que se quita.
Pasó más de media hora y la lluvia, lejos de ceder, empeoró. Como tenía cosas que resolver, preferí salir de una vez. Me despedí de Arturo, salí corriendo bajo la tormenta y, al dar la vuelta en la esquina cerca de mi edificio, me estrellé de frente contra alguien. La lluvia no me dejaba ver bien.
—¡Perdón! Es que no se ve nada... —dije secándome los ojos con las manos.
Al alzar la vista, me puse nerviosa al instante: era Román, completamente empapado.
—Descuida, estoy bien... ¿A dónde fuiste? —preguntó mirándome.
Sentí que el rostro me ardía a pesar del agua fría.
—Fui a dar una vuelta con un amigo, eso es todo... Es que no tenía nada que hacer. ¿Y tú qué haces aquí? Está lloviendo muchísimo, te vas a resfriar.
Al bajar la mirada hacia sus manos, vi lo que llevaba desde la mañana: un hermoso ramo de rosas envuelto en papel blanco.
—Sí, lo sé... pero solo vine a traerte un pequeño regalo. Toma, son para ti —dijo entregándomelo.
Tomé las rosas con muchísimo cuidado y las pegué a mi pecho con delicadeza. Lo miré con pena y ternura.
—Gracias... son hermosas.
—Las compré con todo el cariño del mundo —respondió él con una sonrisa sincera.
Acerqué las flores a mi rostro; su fragancia era suave y dulce.
—Sé que no he actuado de la manera más valiente con todo esto... pero entiende que no es fácil para mí asimilar lo que siento. Espero que me tengas un poco de paciencia, ¿sí?
Román asintió en silencio con la mirada fija en mí.
—Qué bueno...
Le tomé el rostro con ambas manos para acercarlo hacia mí y le di un beso, el más dulce y sincero que podía darle. Era lo mínimo que se merecía por todo lo que me había hecho sentir. Esta vez no me iba a esconder de mis sentimientos: estaba completamente enamorada de él.

Dulce coraconesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora