Desde que llegué a la casa no me separé del regalo de Román. Acosté la cabeza en la mesa solo para acariciar las rosas; por suerte encontré un florero en el que cupieron muy bien. La plática con Arturo me quitó las dudas sobre lo que debía hacer, pero aun así resultaba muy difícil llevarlo a la práctica.
Román se había tenido que regresar a su casa temprano porque aquí no tenía ropa limpia para cambiarse tras la lluvia. Me hubiera gustado verlo con algo mío; se vería tan tierno... Aunque, pensándolo bien, no tenía ninguna camisa o pantalón que no le quedara ridículamente pequeño o femenino. Por lo menos había dejado de llover. Tal vez me dormiría temprano, ya que no había nada más que hacer.
Saqué el teléfono para revisar la hora.
«Ya casi son las ocho de la noche y sigo suspendida... ¿Por qué tuvo que escuchar eso el señor Gustavo?», me recriminé en silencio.
El dinero empezaba a escasear y no era justo. Tendría que esperar a que acabara el castigo o buscar un trabajo temporal. La verdad era que nunca me había tocado buscar empleo de forma independiente; teniendo todos mis estudios completos, debía ser algo en lo que demostrara lo que sabía, aunque...
«Ni siquiera sé en qué soy realmente buena... qué mal», me deprimí, apoyando la barbilla sobre los brazos cruzados en la mesa.
Toda mi vida me la había pasado dedicada a los estudios y a mi empleo en el museo. Mientras decidía qué hacer, pensé que lo mejor era comer algo; no sabía cómo me cabía tanta comida en el cuerpo últimamente, al grado de sentir que la panza me crecía un poco. Me pellizqué suavemente la cintura. Con un pequeño refrigerio no pasaría nada.
Me levanté para prepararme unas quesadillas de queso con jamón. De esa manera haría rendir los insumos unos días más. Justo cuando encendí la estufa, se escucharon unos toquidos suaves en la puerta.
«Qué raro... ¿Quién será a esta hora?», pensé, aunque muy dentro de mí sospechaba quién estaba del otro lado.
—Soy yo... ¿se puede? —dijo una voz familiar desde el pasillo.
Me dio risa comprobar que se trataba de él. Le abrí la puerta y vi que se había cambiado de ropa, aunque el cabello aún algo húmedo y despeinado lo delataba.
—Sí, adelante. Por cierto, llegas en el mejor momento: sirve que cenamos algo, aunque no tengo nada más que quesadillas.
Román puso cara de intriga.
—¿Qué? ¿Dije algo malo? —pregunté.
Él negó con la cabeza y señaló hacia la cocina.
—Huele a quemado...
Volteé de golpe y vi cómo salía una columna de humo de la sartén.
—¡Ayyy, no puede ser! ¡Apenas la puse! —corrí a la estufa para apagar el fuego y retirar la sartén.
Examiné la quesadilla minuciosamente. Por suerte, no se había reducido a carbón.
—La buena noticia es que no quedó tan quemada que digamos —dije volviendo hacia él con una sonrisa pícara—. Si te la comes, ¡te voy a querer toda la vida!
Román miró el plato con absoluta indiferencia.
—No, gracias... Si quieres te ayudo a hacer otras, ¿qué te parece?
Me llevé la mano al pecho simulando un dolor profundo.
—¡Eres un cruel, lo sabías!
Como eso no pareció conmoverlo en lo más mínimo, decidí usar tácticas más persuasivas. Me acerqué muy sonriente, tomé un pedazo y se lo acerqué a la boca.
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Dulce coracones
RomanceLa vida da muchas vueltas donde empezamos y adonde vamos el amor es igual
