La mudanza a la nueva casa.

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Un suspiro de cansancio se me escapó al contemplar la montaña de cajas que llenaba el lugar.

—Es todo, eso espero —murmuré para mí misma.

Mi nombre es Dulce Girasol, o al menos así quisieron llamarme mis padres. Después de una larga batalla en la escuela, al fin logré terminar mis estudios y tomé la decisión de buscar mi propio espacio, lejos de mi familia. Esperaba ponerme en contacto con ellos muy pronto; tal vez lo haría en cuanto terminara de acomodar todas mis cosas.

Tengo el cabello largo hasta los hombros de color café claro, ojos azules y tez blanca. Me gustan mucho los vestidos, sobre todo cuando son de colores llamativos, pero hoy llevo puesto uno blanco con flores rosas precioso, acompañado de una chamarra blanca y unas botas negras: el regalo de despedida que me dio mi mamá antes de salirme de la casa. Con el cuerpo exhausto, me acerqué a la última caja.

—Espero que le ayude —dijo una voz a mi lado.

Volteé a ver y me encontré con un niño, o al menos eso parecía.

—Gracias por el apoyo —le respondí mientras me retiraba al terminar, dejando salir un pequeño bostezo.

—No me digas que eres la nueva inquilina de esta casa —comentó el niño, observando la vivienda.

Aunque era solo un departamento pequeño, era lo que me había alcanzado para pagar.

—Sí, lo soy. Supongo que somos vecinos, ¿no es así? —le pregunté.

Él asintió con la mirada.

—Así es. De hecho, yo vivo a dos casas de aquí.

Miré hacia donde me señalaba. Su casa se veía bastante más grande que la mía, lo cual era entendible considerando que su familia ya llevaba tiempo viviendo en el vecindario.

—Si quieres me puedes dar la caja, no hay problema —se ofreció él—. Ya es la última y me supongo que tienes mucho que hacer.

Acepté su ayuda y le entregué el paquete.

—Espero que te guste el vecindario —añadió en un tono amable.

—Sí, gracias. Oye, una pregunta... ¿por aquí dónde hay una tienda? Es que, como puedes ver, soy nueva y no conozco.

De pronto, el niño me tomó suavemente del brazo y me jaló un poco.

—De eso sí sé. Por aquí en la esquina tenemos una. Es de una señora medio rara que ya tenemos tiempo conociendo, pero es muy amable, te va a agradar.

Caminé unos pasos, pero me detuve de golpe. Él se giró, un poco confundido.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Es que dejé mi casa sola y abierta —le explicué—. Tengo que cerrarla, espérame un poco.

Fui rápidamente a asegurar la puerta y salí lo más rápido que pude.

—Gracias. Solo necesito que me digas dónde queda, no te preocupes, puedo ir sola —le dije de la manera más amable posible.

—Sí, entiendo —respondió él de forma clara—. Mire, es todo derecho, en la siguiente esquina es donde está.

—Bueno, gracias por la ayuda —le dije al adelantarme unos pasos. Luego me detuve y volteé—: Espera, una pequeña pregunta... ¿cómo te llamas?

Se lo pregunté por cortesía. Aunque fue poco lo que me ayudó, creía que debía agradecerle.

—Me llamo Román, mucho gusto. ¿Y el tuyo? —preguntó con mucha curiosidad.

—Soy Dulce Girasol, pero me puedes llamar Dulce. Bueno, de todos modos gracias, ¡nos vemos!

Dulce coraconesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora