Dulces colore.

9 3 0
                                        

Poco tiempo después de haber hablado con la casera respecto a lo del gas, me enteré de algo que sonaba un tanto gracioso: ¡el departamento ya contaba con ese servicio y solo era cuestión de conectar el tanque! En fin, supuse que no me haría daño tener dos tanques.

«No sé por qué me quedo pensando en eso... ¿A quién engaño? Debí haberlo investigado antes», pensé recriminándome un poco. «En fin, ahora voy a ponerme a trabajar que se me hace tarde».

Así lo hice. Ya solo me faltaban unos pocos retoques.

—Espero acabar antes de que den las dos de la tarde —murmuré mientras miraba la pantalla del celular—. Qué bien, apenas son las nueve cuarenta de la mañana.

Alcé una de las piezas para revisarla y me dio un leve bajón de ánimo. Sacudí la cabeza rápidamente.

—¡Tengo que pensar en positivo! —exclamé mientras me daba unas ligeras palmaditas en las mejillas para espabilarme.

Continué trabajando con ritmo constante. Me costaba trabajo creer que esta vez le había puesto mucho más empeño que en ocasiones anteriores.

—Creo que voy muy bien... llevo doce, nada mal —dije evaluando mi progreso.

Así pasaron las horas hasta que logré juntar una suma considerable de piezas terminadas. Al ver el fruto de mi gran esfuerzo, me estiré cuan larga era, empezando por los brazos hasta elevarlos por encima de la cabeza. Al terminar, reposé unos instantes.

—Bien, solo me faltan unas cuatro —revisé la hora en el teléfono—. Y llevo aproximadamente una hora de adelanto, esto va muy bien.

En ese momento se escucharon unos toques en la puerta. Al asomarme, vi que se trataba de Román.

—Hola, Román. ¿Cómo te fue en la escuela? —le pregunté al abrir.

Él se me quedó viendo con una expresión seria y algo molesta.

—¿Qué? ¿Dije algo malo? —pregunté sospechando que había metido la pata.

—No, nada... Es solo que pasaron cosas en la escuela, nada grave. ¿Puedo estar aquí un rato?

¿Qué podía decirle? Ya estaba casi adentro y, a decir verdad, su compañía no me venía nada mal.

—A ver, si es algo de la escuela yo te puedo ayudar. Dime, ¿es no sé... matemáticas, español o algo relacionado? —él negó con la cabeza—. Ah, espera... ¿no es nada sobre tus materias, verdad?

El muchacho me miró con los ojos caídos y tristes.

—Bueno... creo que sé a qué se debe, y créeme que no vale la pena ponerte así por alguien —me acerqué a él para intentar consolarlo.

—No sé... me gustaría pensarlo así, pero aun así me cuesta mucho. Tú no sabes cuánto —suspiró desanimado.

—Oye, soy mayor que tú, así que no me digas que no puedo entenderlo. No eres el único al que han rechazado, ¿me oyes?

Él me miró con cara de desconcierto.

—La verdad... no me rechazaron.

Me quedé helada recalculando lo que acababa de decir.

—¿A ti te han rechazado alguna vez? —preguntó Román.

No supe qué responder a eso y sentí cómo las mejillas se me ponían rojas al instante.

—Bueno... eso es algo que no tiene importancia ahora. A ver, dime por qué estás así, quiero saber. Me preocupa verte triste, por favor —lo miré fijamente hasta que el gesto le sacó una sonrisita.

Dulce coraconesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora