—A ver si entiendo... ¿Quieres hablar conmigo? ¿De qué es de lo que quieres hablar? A ver, dime —preguntó Román. Tal parecía que no sabía exactamente a qué me refería.
—Sí, pero quiero que sea en privado, solo tú y yo —respondí, pues no me parecía adecuado involucrar a su abuela en esa plática.
—Bueno, hasta ahora no está mi abuelita, así que dime.
Aún dudaba de tener el valor para tocar el tema ahí mismo. De pronto, la voz de la abuela resonó desde la trastienda:
—No te preocupes, Dulce, yo comprendo. Puedes ir a hablar con mi nieto, pero los quiero aquí antes de la comida. No quiero comer sola.
Resultó que ella lo entendió mejor que nadie.
—Bien, vamos, Dulce. En un rato regresamos, abuelita —se despidió Román dándole un beso en la mejilla.
Salimos hacia mi departamento para continuar la conversación. Al llegar, entré y esperé a que él cerrara la puerta.
—Y bien, ¿de qué es de lo que quieres hablar? —preguntó ansioso.
Me quedé pensando unos segundos en cómo articularlo y solté un profundo suspiro.
—Verás... he pensado muchas cosas. Sé que suena algo apresurado, pero al ver a tu abuelita cada vez me convenzo más de lo mismo.
Él me miró fijamente, lo que hizo que el rubor se me subiera de inmediato a las mejillas.
—Sí, mi abuelita ya es algo mayor, lo sé... ¿Pero a qué punto quieres llegar con eso?
Buscaba la manera de expresarlo sin sonar avergonzada ni parecer que me adelantaba al tiempo.
—Sé que suena precipitado, pero me gustaría cuidar a tu abuela, ya sabes, ser una nieta más para ella. Pero hay algo que me saca de esa nube: el hecho de saber qué es lo que realmente quieres conmigo. Tal vez esto sea solo una aventura más para ti y el día que te aburras te vayas con otra que te haga feliz... Sé que a lo mejor me estoy adelantando a los hechos...
Cerré los ojos, temerosa de su reacción, pero de inmediato sentí un fuerte abrazo que me hizo abrirlos de golpe.
—¡Cómo eres tonta! —dijo Román separándose un poco para mirarme—. Yo jamás jugaría contigo, y menos te cambiaría por nada en el mundo. Eres lo mejor que me ha pasado, y si quieres ser la nieta de mi abuelita, lo serás.
Aquellas palabras me dieron tanta pena y alivio al mismo tiempo que me sonrojé aún más.
—Sé que vinimos para hablar de esto, pero quiero dejar algo claro —añadí con ternura—. Sé que tienes que terminar tus estudios antes que nada. Ser el mayor sostén es algo que suele tocarle a los hombres, pero me gustaría decirte que, cuando termines la carrera, me encantaría ser la señora de...
No pude terminar la frase porque me interrumpió con un beso en los labios, suave y dulce.
—Tal vez, cuando llegue ese momento, me dejarías decirlo a mí —murmuró al separarse—. Verás que ese día será perfecto.
Me sentí mejor de lo que esperaba. En ese instante volví la mirada hacia el lienzo que reposaba sobre la mesa y me hice a un lado.
—¿Qué pasa, Dulce? —preguntó él, siguiendo la trayectoria de mi mirada.
—Sabes... me gustaría que lo termináramos los dos juntos.
Román sonrió de oreja a oreja. A los pocos minutos nos pusimos manos a la obra con el cuadro: yo le fui dando forma a los trazos y él le fue aplicando el color bajo mis indicaciones. Era tanta la complicidad entre los dos que el tiempo se pasó volando; al finalizar, la obra se veía preciosa.
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Dulce coracones
RomanceLa vida da muchas vueltas donde empezamos y adonde vamos el amor es igual
