Manos a la obra.

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No tardamos nada en llegar a mi departamento. Acomodamos todo como se debía sobre la mesa, pero faltaba lo más importante para empezar.

—¿Ya se te ocurrió qué vas a pintar, Dulce? —preguntó Román tirado en el sillón con cara de aburrimiento.

—No... aún no —dejé el pincel sobre la paleta de madera—. No es tan fácil como crees. No es algo que simplemente piensas, lo haces en cinco minutos y vas y lo expones en cualquier museo.

Sentía la mente completamente bloqueada. Nunca me había pasado algo así; no se me ocurría ninguna idea digna de trazar sobre el lienzo.

—Vaya... No creía que ser pintor fuera tan difícil —comentó él suspirando.

—Déjame decirte que si fuera algo fácil cualquiera lo haría, ¿y qué crees? ¡No sería un talento! —le respondí alzar un poco la voz.

Román se levantó lentamente del sillón y se acercó a la mesa con una sonrisa burlona.

—Pintar debe ser tan fácil como subirse a una bicicleta. Si te sientes mal o te trabas, es solo porque jamás te habías subido a una, ¿o me equivoco?

Eso terminó por hacer me enojar.

—A ver, Don Perfecto... Dime qué es lo que vas a pintar tú, ya que hablas con tanta seguridad —le extendí el pincel para ponerlo a prueba.

—¿Quieres ver una obra de arte? —preguntó aceptando el reto.

Asentí con la cabeza y crucé los brazos.

—Bien, empecemos... pero antes necesito un poco de privacidad. Anda, vete de aquel lado.

Me quedé mirándolo sin entender nada.

—¿Por qué no quieres que vea? ¿Tienes miedo de que te diga lo fatal que va a quedar tu pintura?

Él se soltó a reír.

—No es eso. Es una sorpresa, quiero que veas el resultado final y te asombres.

—Sabes qué... te voy a seguir la corriente por ahora —me fui al otro extremo de la habitación para no ver el lienzo—. ¿Aquí está bien?

—Perfecto. Ahora verás que no soy tan malo como crees —aseguró confiado.

Román empezó a trazar líneas sobre la tela. Agarró varios colores, combinó óleos sin mucha técnica y continuó concentrado. La sesión se prolongó por más de una hora. Yo no tenía idea de qué tanto estaba haciendo, pero empecé a cansarme de estar parada esperando.

—Y bien... ¿ya terminaste o todavía te falta? —pregunté soltando un bostezo.

—Déjame decirte que es mi mejor trabajo, una verdadera joya. Ven a verla.

Me acerqué a la mesa con curiosidad para contemplar su "obra de arte". Al ver el lienzo, me quedé sin palabras; solo una frase podía describirlo de manera sencilla y directa:

—Es una porquería... —intenté ser lo más honesta pero sensible posible.

—¡Oye! Ese es tu punto de vista, yo veo una obra de arte incomprendida —protestó él muy orgulloso de su trabajo.

—Román... por más que le busco forma, no sé qué se supone que sea. Parece la víscera de algún animal agonizante.

Él me miró algo confundido y señaló el centro del lienzo.

—¡Claro que no! Estás mal. Es un conejito... ¿a poco no le ves las orejitas?

Agradecí que me lo aclarara antes de quedar traumada de por vida con aquella mancha abstracta.

—Bien... Si eso es un conejo, me imagino que también puedes hacer un cerdo. Aunque, viéndolo bien, mejor hazlo en carnitas para que el pobre animal no sufra tanto.

Román me miró en silencio unos segundos y me regresó el pincel a las manos.

—Si eres tan buena en esto y sabes más que yo, demuéstralo. Quiero verlo.

Apreté el pincel con ganas, aceptando el desafío.

—Ya lo verás... Te voy a demostrar que esto no es cualquier cosa y voy a hacer un conejo de verdad, vivo, no... eso que pintaste.

Él miró su lienzo una última vez.

—El mío también está vivo, ¿no ves que está sonriendo?

—Tiene una sonrisa macabra... ¿Desde cuándo un conejo sonríe por los ojos?

—Lo que ves arriba no es la boca, son los lados de los ojos... Es cuestión del ángulo desde el que lo mires. Pero bueno, dejemos eso de lado. Me voy a mi rincón, espero que me superes.

Román se fue a sentar al sillón mientras yo me concentraba por completo en la tela. Moldeé primero la figura del cuerpo, luego la cabeza y las orejas. Detallé los ojos con paciencia y pinceladas suaves; una cosa me fue llevando a la otra y, cuando me di cuenta, había terminado por completo el cuadro.

—¡Listo! Ya terminé... ¿Quieres verlo?

Él se levantó de inmediato y se acercó a examinar el cuadro con la barbilla en alto, como si fuera un crítico profesional.

—Y bien... ¿quieres saber mi opinión experta? —preguntó.

Asentí con la cabeza.

—Bueno... Para empezar, la cabeza está muy grande, quedó medio ojón y las orejas están larguísimas. Aparte, el paisaje del fondo casi no se nota, solo pintaste un cacho y dejaste mucho espacio en blanco. Ese es mi punto de vista, ¿qué opinas?

Dudé entre darle un buen golpe en el brazo o cantarle sus verdades.

—A ver... Tú hiciste un conejo moribundo que parece mutante, ¿y te atreves a criticar el mío? ¿A dónde quieres llegar con esto?

Él alzó las manos desentendiéndose del asunto.

—Ese solo es mi punto de vista. Dime tú qué opinas de tu propia pintura.

Miré el lienzo detenidamente, analizando cada trazo que había hecho.

—Lo que yo opino es que es precioso. Es lo mejor que he hecho en toda mi vida y no voy a dejar que vengas a decirme que está mal solo porque a ti no te parece.

Román sonrió de lado al escuchar mi respuesta y se cruzó de brazos.

—Eso era lo que quería escuchar. Tu opinión es la única que cuenta. Es algo que me enseñó un tío hace tiempo: nunca dejes que las malas críticas te arruinen el día. Lo que importa es lo que tú quieras plasmar... ya sea un conejo, un paisaje o una persona desnuda.

Sentí cómo se me subían los colores al rostro de inmediato al escuchar esto último.

—¡Pero qué te pasa, degenerado! Eso último no lo voy a hacer ni aunque me paguen.

Román se soltó a reír mientras yo le daba un par de golpecitos en el brazo.

—Bueno, no tiene que ser eso... Pero creo que lo importante es lo que tú sientas al crear. La única crítica que debes esperar y escuchar es la tuya, la de nadie más, ¿me entiendes?

Sus palabras me hicieron sentir increíblemente bien. Sin importar su edad, Román tenía una madurez muy especial para dar aliento cuando más lo necesitaba.

—Tienes razón... Sabes, le voy a echar muchas ganas a mi próxima pintura. Verás qué hermosa va a quedar y la voy a hacer completamente a mi gusto. Gracias por todo el apoyo que me has dado, Román.

—No... gracias a ti por dejarme formar parte de esto —respondió mirándome con ternura.

Se acercó y me envolvió en un abrazo cálido. Le me correspondí sujetándolo con fuerza contra mi pecho, sin ganas de soltarlo. Sabía que tenía mucho por mejorar, pero estaba convencida de que lo lograría por mi cuenta... y con Román a mi lado.

Dulce coraconesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora