Llegamos a la casa de Román. Aún no podía creer que la señora de la tienda fuera su abuela; al menos a mi parecer no se veía muy vieja.
—Y bien... ¿qué tienes que decir a tu favor? —preguntó ella cruzándose de brazos al cerrar la puerta.
Aún no sabía cómo había ido a dar a esta situación, ya que yo no tenía la culpa de que él faltara a la escuela... Bueno, tal vez solo de haberlo ayudado a esconder la mochila en mi departamento, pero no creía que fuera para tanto.
—Bien... Sé que lo que hicimos no estuvo bien y lo siento mucho. Debí haberle dicho que se fuera directo a su casa —comencé a disculparme.
La señora me puso una mano en el hombro para detenerme, sin quitarle la mirada de encima a su nieto.
—No necesito las disculpas de esta señorita, porque la culpa es completamente tuya, Román. ¿Cómo es posible que no seas responsable de tus actos y, peor aún, que metas a esta chica en tus problemas?
Se veía muy molesta con él, y no era para menos: lo que había hecho no tenía ninguna justificación.
—Lo siento, abuela... No volverá a ocurrir, seré más responsable la próxima vez, te lo prometo —alcanzó a decir Román.
Más tardó en dar la promesa que su abuela en darle un buen zape en la nuca.
—¡Auch! ¡Ya me disculpé! ¿Cuántas veces lo tengo que decir? —se quejó él sobándose la cabeza. La escena me dio un poco de risa.
—Ya te disculpaste conmigo, pero falta alguien más aquí con quien te tienes que disculpar —sentenció la señora señalándome con la mirada.
—Está bien... Sé que fui un menso y te pido una disculpa por meterte en este problema —dijo Román mirándome de mala gana.
Su abuela se volteó hacia mí con una expresión mucho más amable.
—Disculpa a mi nieto por flojo, y también te pido una disculpa a ti por no haberlo educado mejor.
Al parecer, el enojo era exclusivamente con él.
—No se preocupe, yo también tuve algo de culpa. Además, no sabía que usted era su abuelita... Déjeme presentarme bien: soy Dulce Girasol, mucho gusto.
—La novia de mi nieto, lo sé... Él sabe escoger chicas muy bonitas, ¿verdad, Román?
Sentí cómo el rostro se me ponía rojo al instante. Pensaba decirle que solo era la vecina de al lado, pero la señora continuó:
—Espero que no te cause muchos problemas. Por cierto, ¿sí te llevó las galletas que te mandé? Porque muchas veces se las termina comiendo él mismo en el camino —dijo mirando de reojo a Román.
—¡Sí, de hecho! Son las mejores que he probado en toda mi vida. Me dijo que las prepara muy de vez en cuando, ¿es verdad?
La señora sonrió complacida.
—Pues claro. Es una receta que ha estado en mi familia desde hace tres generaciones. Tal vez un día se la herede a mi futura nieta política... —comentó con tono pícaro—. Pero a ver, Román... Ya te disculpaste y está bien. Ahora déjame hablar con ella en privado, por favor.
—¿Pero por qué? Yo también quiero estar presente... —protestó él.
—Es plática de mujeres, así que debes esperar afuera. Adiós.
Vi cómo Román salía algo molesto de la casa.
—Déjalo, debe aclarar la mente; solo así se le va a pasar el enfado —dijo su abuela cerrando la puerta—. Y bien... Ya que estamos solas, podemos hablar. Sé que tienes muy poco tiempo de haber llegado aquí y sería muy extraño que a estas alturas ya fueran novios formalmente, ¿o me equivoco?
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Dulce coracones
RomanceLa vida da muchas vueltas donde empezamos y adonde vamos el amor es igual
