Momentos incómodos.

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El alarma sonaba a todo lo que daba. Yo solo quería seguir durmiendo, pero recordé que era el día de entregar el resto del trabajo. Si no fuera porque necesitaba el dinero con urgencia, no me habría levantado de la cama. Me senté en el colchón, bostecé y me estiré como era mi costumbre.

Fui a la zotehuela a prender el bóiler. Lo bueno era que ya había aclarado que la casa tenía gas instalado... ¡Cómo se me pudo haber olvidado que ya lo había encendido antes! En fin, pensándolo bien, al menos no era tan mala idea tener dos tanques: uno sería para la cocina y el otro para el agua caliente. Había sido una tontería de mi parte por no revisar bien desde el principio, así que no me quedaba más que aguantarme.

Salí del baño y me dirigi al closet a buscar ropa.

«¿Debería escoger algo casual o algo formal?», me pregunté frente al armario.

Al final elegí unos pantalones de mezclilla, una blusa sencilla y un saco de color negro. Me peiné rápidamente y me puse un poco de maquillaje. Recogí los materiales y las piezas del trabajo; hacerlo me tomaría unos quince minutos, pero calculé que saldría a tiempo para llegar al departamento de arte en menos de lo que canta un gallo.

Justo cuando caminaba hacia la puerta, escuché unos toques secos.

—¿Quién es? —pregunté, aunque de inmediato recapacité—. ¿Para qué pregunto? De seguro es Román.

Al abrir, confirmé mi sospecha.

—¡Buenos días! ¿Cómo amaneciste? —saludó de muy buen humor.

Lo miré de arriba abajo y noté algo extraño: no llevaba puesto el uniforme de la escuela.

—Se ve que te fue bien en el trayecto de la noche... pero ¿por qué no traes el uniforme?

Román se soltó a reír mientras yo seguía sin entender nada.

—No me digas que lo dices en serio... ¡No puedo creer que no sepas que hoy es sábado! ¿En qué mundo vives? —comentó divertido.

Me di un golpe leve en la frente con la palma de la mano.

—¡Es verdad! ¿Cómo se me pudo olvidar? Estoy tan ocupada que apenas me da tiempo de saber en qué día vivo. Y a todo esto... ¿qué vas a hacer hoy, Román? —indagué con curiosidad.

—No sé, creo que me vería con uno de mis amigos. ¿Y tú?

Le enseñé el maletín de trabajo para que se diera una idea.

—¡Vaya! Entonces ya terminaste, ¿no es así? —preguntó con entusiasmo.

—Así es. Voy a ir con mi jefe a entregar las piezas... Oye, ¿te gustaría ir conmigo para que conozcas mi trabajo? Tal vez te guste.

Él lo pensó por un momento, haciendo una mueca.

—No sé... Casi no me gustan los museos, y menos si hay pinturas aburridas.

Le di un golpecito en el hombro para que se callara.

—¡No digas eso! Los museos son lo mejor que hay. Te puedo enseñar algunas pinturas que seguro te van a gustar, de verdad.

Me miró sin convencerse del todo.

—Está bien... pero espero que me gusten mucho, porque si no es así, no vuelvo a ir. Y va en serio.

Lo tomé de la mano para apresurar el paso y salir a la calle a buscar transporte.

—¡Qué bueno! Verás que te va a encantar, no te vas a arrepentir.

Al poco rato vimos aproximarse un taxi y le hicimos la parada. Nos subimos de inmediato.

—Buenos días, ¿a dónde los llevo? —saludó el chofer.

Dulce coraconesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora