Toda la noche me la pasé pensando en lo que me dijo Román. Puse las manos sobre la almohada para recargar la cabeza en la cama. Ser artista o pintora no sonaba nada mal, pero la verdad es que no sabía casi nada sobre el tema: era una completa novata.
Me puse de pie de un brinco.
«A ver... Para eso necesitaré invertir en bastantes cosas y la pura verdad es que estoy frita. Apenas me alcanza para el día a día y, sin contar que me suspendieron una semana entera, esto me debería poner en jaque», reflexioné con pesar.
Me dirigí a la cocina a examinar la despensa. Por suerte había quedado algo de leche, algunas de las galletas que me había llevado Román y un par de quesadillas. No era mucho, pero tendría que ser suficiente para aguantar. Me puse a desayunar y al terminar me arreglé. Tal vez sí valía la pena hacer esa inversión en los materiales.
Salí de la casa y me asomé para ambos lados de la calle.
«¿Dónde habrá una tienda de pinturas por aquí?»
En eso no había pensado. Debería revisar el GPS del teléfono para ubicar una cercana. Iba muy entretenida picándole a la pantalla, aunque ni siquiera sabía bien qué términos poner en el buscador; era un dilema total. Menos mal no me dedicaba a reparar celulares o ahí sí me moriría de hambre.
—¿Qué haces, Dulce? —dijo una voz a mis espaldas.
Al voltear vi a Román. Traía puesto el uniforme de la escuela.
—¡Ah, hola, Román! De casualidad... ¿tú sabes de alguna tienda de pinturas? Ya sabes, para cosas de pintura artística o como se le diga a eso.
Él se me quedó viendo algo confundido por un momento, pero de pronto se empezó a reír.
—No me digas que no sabes dónde comprar tus cosas...
Asentí con la cabeza y me tapé la cara con ambas manos de la pura vergüenza.
—A ver, señor sabelotodo, dime dónde puedo comprar lo que necesito —le pedí.
Él se me quedó viendo algo apenado, cruzando los dedos índices y volteando hacia otro lado.
—¿Qué pasa? ¿Por qué me ignoras? ¿Acaso tú tampoco sabes? —insistí.
Se puso rojo al escucharme.
—No es eso... es otra cosa —dijo intentando sonar firme.
—Bueno, ya. Yo me encargaré de ese tema. Será mejor que te vayas a la escuela, que buena falta te hace.
Eso último no le dio ni pizca de gracia.
—Se ve que como comediante te mueres de hambre —respondió.
«En eso también tiene razón», pensé.
—Además ya es tarde —continuó él—. Me gustaría que me ayudaras en algo...
«¿Llegar tarde y encima quiere que lo ayude? Está loco si piensa que voy a acceder a lo que sea», me dije. Lo agarré suavemente de la oreja.
—¿Qué quieres decir con que llegaste tarde? —le pregunté mientras se sacudía.
—¡No fue mi culpa, en serio! Cuando menos me di cuenta ya habían cerrado la puerta de la escuela. Es la verdad... ¡Ya suéltame, duele!
Le solté la oreja y él se la empezó a sobar con cara de pocos amigos.
—Bien... Ahora dime, ¿cuál es el famoso favor que quieres?
Román me miró con suplica.
—¿Puedo dejar mis cosas en tu casa? Solo será por un rato, ni lo notarás, ¿sí?
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Dulce coracones
RomanceLa vida da muchas vueltas donde empezamos y adonde vamos el amor es igual
