Nunca había sentido esta sensación en toda mi vida. Mis dedos jugaban distradamente con su vientre mientras abría los ojos poco a poco. La luz del sol entraba ya muy clara por la ventana.
Al darme cuenta de la hora, me espanté por completo. Me levanté de golpe y sacudí a Román de los hombros.
—¡Román, Román! ¡Ya es de día! No te fuiste a tu casa...
Él se levantó sobresaltado, tallándose los ojos con confusión.
—Es verdad... Nos quedamos dormidos —dijo tapándose la cara con ambas manos.
Al descubrírsela, volteó a verme. Yo me cubrí de inmediato con las cobijas hasta el cuello, sintiendo cómo el rubor me quemaba las mejillas.
—¿Qué me ves? —agarré la almohada y se la puse en la cara, aunque él hizo lo posible por quitársela.
—Nada... Solo que te ves muy hermosa cuando te apenas, eso es todo —respondió con una sonrisa franca que me hizo sonrojar aún más.
—¡Idiota!... —murmuré avergonzada.
Sentía mi cuerpo descubierto bajo las sábanas y no podía creer cómo había perdido la cordura. Me dejé llevar; bastaron unos minutos para que todo se saliera de control. Román se acercó a mí.
—¿Qué haces? Espera...
Me pegó a él y me dio un beso dulce. Le seguí la corriente por un segundo, pero sin soltar la cobija. Luego él se hizo un poco hacia atrás, mirando fijamente el colchón.
—Lo siento... Es que yo también me dejé llevar y, sin querer, te induje a esto. Pero quiero preguntarte una cosa muy importante.
Me quedé pensando a qué se refería.
—Yo me sentí increíble al estar contigo... ¿Tú cómo te sentiste?
Agaché la mirada al recordar todo lo que había pasado la noche anterior. La verdad era algo que jamás iba a olvidar. Volteé a verlo, ablandando la expresión.
—Yo también disfruté mucho la noche...
Me pegué a su pecho un instante, pero de inmediato me vino a la cabeza la imagen de su abuela preocupada y le di un golpecito en el hombro.
—Pero espero que esto no se repita así nada más. Debemos irnos ya. Tú tienes que ir por tus útiles para la escuela y yo debo ponerme a trabajar, así que vete preparando.
Me levanté envolviéndome en la cobija como un taco.
—Por cierto, apestas —bromeé para aligerar la tensión—. Así que cuando termine de bañarme, te metes tú también, ¿me oíste?
Lancé un gran suspiro al salir del cuarto. Al entrar al baño me apoyé contra la puerta cerrada.
«Se supone que yo soy la adulta y la que debe mantener la cordura en esto», me recriminé a mí misma. «Espero poder inventar una buena excusa para su abuela, porque si se entera de lo que pasó me mata... Y más siendo él menor de edad, no quiero terminar en el reclusorio todavía.»
Abrí la llave de la regadera esperando a que saliera el agua caliente. Cuando el vapor empezó a llenar el espejo, me metí. Sentir el agua recorriéndome el cuerpo me hizo revivir los momentos de la madrugada; aún podía sentir el aroma de su piel sobre la mía. Cerré los ojos, sonriendo para mis adentros.
—Espero que no te estés durmiendo ahí adentro...
Al oír su voz abrí los ojos de golpe y me tapé rápido con la cortina de la regadera.
—¿Cómo es que entraste? ¡Eso no importa! Te dije que hasta que yo terminara podías entrar —reclamé. Para colmo, seguía completamente descalzo y sin ropa, solo cubierto a medias.
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Dulce coracones
RomanceLa vida da muchas vueltas donde empezamos y adonde vamos el amor es igual
