sentimientos encontrados.

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—Ayer fue un desastre... No sé qué fue lo que me pasó. Él solo me besó y lo demás se salió de control —murmuré para mí misma al levantarme, aún abrumada por ese sentimiento que me oprimía el pecho.

Nunca me había sentido así. No podía asegurar si era amor verdadero o simplemente un gran malentendido, pero tenía muy claro que lo que había hecho estuvo mal: Román era un menor de edad. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora?

Me levanté despacio, me vestí con prisas y salí con el temor constante de encontrármelo afuera. Casi sin darme cuenta de cómo recorrí el camino, llegué a la iglesia cercana un poco cansada. Me dirigí directo a la capilla y tomé asiento frente al confesionario.

«No sé si haya alguien a estas horas...», pensé.

De pronto, se abrió la ventanilla de madera.

—Sí, estoy aquí, acabo de llegar. Bueno, hija mía, puedes decirme tus pecados —dijo el sacerdote con voz pausada.

No sabía ni por dónde empezar.

—Está bien, padre... He pecado y me quiero arrepentir de lo sucedido —dije algo alterada.

—Bien, hija, empieza.

—La verdad no sé por dónde empezar, pero aquí voy —me reacomodé en el asiento para buscar algo de tranquilidad—. Todo empezó cuando llegué a esta ciudad; soy nueva por aquí. Estaba desempacando mis cosas en mi nueva casa y en ese momento conocí a un chico que se ofreció a ayudarme. Lo dejé entrar un par de veces porque se veía buena persona... pero, cuando menos lo pensé, me enamoré de él. Y ayer por la tarde nos terminamos besando.

Me moría de la vergüenza al decírselo.

—Bueno... no sé si eso sea un pecado. Enamorarse no lo es. Tal vez dejar entrar a un desconocido a tu casa sea algo imprudente, pero todo es pasable. ¿Qué tiene de malo eso? —preguntó el padre, confundido.

—Perdone, padre... es que omití un pequeñísimo detalle —agregué apretando las manos.

—Dime, hija, no me tengas en ascuas. ¿Cuál es ese pequeño detalle?

Tomé aire para aclararme la voz.

—Él es un menor de edad... Y eso es lo que me preocupa.

El silencio del sacerdote fue inmediato.

—Vaya... ¿Y cuántos años tienes tú? —preguntó con tono serio.

—Tengo veinticinco.

Al escuchar mi edad, al padre se le escapó una pequeña risita, lo cual me confundió todavía más.

—Bueno, tienes tus buenos años vividos... pero en ningún lado de la Biblia dice que eso sea un pecado; para el amor no hay edades. Sin embargo —continuó con tono más grave—, ante la ley es un asunto delicado. Dime, ¿cuántos años tiene el muchacho?

—Tiene unos diecisiete años... o dieciséis. El punto es que no tuve control de mí misma. ¿Qué debo hacer?

El sacerdote se quedó meditando unos minutos antes de responder.

—Mira, te repito que no es un pecado como tal, pero al haber implicaciones legales, deberás aclarar las cosas con el muchacho e incluso con sus padres. Lo mejor que puedes hacer es hablar con ellos con total honestidad. Si las cosas se hacen bien, solo será cuestión de tiempo para que el chico cumpla la mayoría de edad. No creo que sus padres se nieguen a una relación si ven madurez. Y, por si acaso, reza cinco aves marías y ocho padres nuestros; verás cómo te relajas.

—Muchas gracias por su consejo, padre. Lo voy a hacer. Nos vemos —me despedí.

El sacerdote asintió a través de la rejilla y cerró la ventanilla. Salí de la capilla todavía con la cabeza hecha un lío. Apenas puse un pie en la calle, mi teléfono comenzó a sonar: era Arturo. Quizá el consejo de un amigo cercano no me vendría mal en este momento.

Dulce coraconesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora