un nudo en lagarganta.

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Ya había amanecido y no pude cerrar los ojos en toda la noche. Al recordar lo de ayer, me volvía a impresionar el beso que me dio en la boca; de solo acordarme me ponía roja de vergüenza. Quité la almohada de mi cabeza solo para ponérmela de nuevo sobre la cara.

«¿Qué es lo que voy a hacer? ¿Por qué lo hizo? Yo no le di motivos para que sienta algo por mí...», me cuestionaba en silencio.

Me senté en la cama acariciando la almohada. Por alguna razón, sentí un pequeño cosquilleo en el estómago y una leve vibración que me recorrió las piernas de arriba abajo, lo que hizo que abrazara la almohada contra mi pecho con más fuerza.

«Debo poner los puntos claros aquí. No debo dejar que esto siga», me dije.

Lancé un pequeño suspiro y me levanté para preparar mi ropa. Tenía unos días de descanso, que era lo bueno de este trabajo: solo me pedían los diseños cuando se necesitaban para alguna ocasión, así que por hoy no tenía compromisos. Me metí a bañar para desestresarme un rato; me tardé bastante bajo el agua porque no sabía qué hacer o qué debía decirle.

«¿Debería ser estricta o debería hablar con él con calma? La verdad, no lo sé...»

Estaba tan abrumada que hasta me daba pena volverlo a ver. Me vestí y luego me dirigí al refrigerador, pero recordé que se me había olvidado traer algo de comer. La panza me rugió de inmediato.

—¿Qué puedo comer ahora? Tal vez vaya por una torta... o tal vez haga unas sincronizadas —murmuré para mí misma.

Decidí salir a la tienda. Crucé la avenida, llegué al local, entré y di unos pequeños golpes en el mostrador con una moneda para llamar la atención.

—¡Ya voy, espéreme tantito! —gritó la encargada desde adentro.

La señora salió con algo de prisa.

—Hola, ¿en qué te puedo servir? —preguntó acomodándose frente al mostrador.

Mientras observaba la vitrina para ver qué se me antojaba, le pedí:

—Me da un kilo de jamón y un kilo de queso Oaxaca, por favor.

—En seguida la atiendo, deme un momento —respondió la señora mientras comenzaba a rebanar el jamón.

Aproveché para buscar las tortillas de harina en los estantes. Agarré dos paquetes para complementar y esperé unos cinco minutos mientras ella deshebraba y pesaba el queso.

—Listo, ya terminé —dijo entregándome las bolsas.

—¡Qué rápida! —comenté sorprendida.

—¿En qué más le puedo servir, señorita?

Miré de nuevo la vitrina.

—Me da una mayonesa, una botella de cátsup y una lata mediana de chiles curados, por favor. Eso sería todo.

La señora me miró un poco asombrada.

—Se ve que tiene mucha hambre, señorita —comentó sonriendo.

Sentí que los colores se me subían al rostro.

—No, no es eso... Es que me gusta guardar para al rato, así ya no salgo a comprar más tarde. Je, je, je.

—Ah, ya veo. Qué buena iniciativa tiene de prevenir —respondió.

Pagué, tomé las bolsas y regresé al departamento. Al acercarme a la entrada, me encontré a Román parado afuera.

—Hola, Román. Lo siento, salí a comprar algo de comer... ¿Llevas mucho tiempo esperando?

Él me miró con la cara bastante roja, como si fuera a explotar en cualquier momento.

Dulce coraconesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora