Para ser el tercer día, aún no lograba estar tranquila viviendo sola; pero, al paso que iba, estaba segura de que me acostumbraría en muy poco tiempo. Me levanté de la cama para arreglarme.
—Bueno, seguimos con el trabajo. Me falta un par de ajustes y espero tenerlo listo de aquí a mañana —me dije a mí misma.
Comencé a sacar el material sobre la mesa cuando escuché un leve toque en la puerta.
—¿Quién es? —pregunté alzando la voz.
—Soy yo, espero no molestar —respondió una voz conocida desde el otro lado.
Era Román. Al mirar el reloj de pared me extrañé: era demasiado temprano, por lo que asumí que debió de haber faltado a la escuela. Me acerqué a la puerta y, al abrirla, vi al muchacho vistiendo su uniforme y cargando la mochila.
—¿Qué estás haciendo aquí? No me digas que te saltaste las clases... —le recriminé cruzándome de brazos.
—No, para nada. De hecho, es muy temprano, ¿por qué lo dices? —preguntó mirándome confundido.
Me quedé pensando en sus palabras y saqué el celular del bolsillo para revisar la hora.
—¡Las siete y media! Pero... ¿a qué hora me levanté? —exclamé al ver la pantalla.
—Se ve que sigues sin acostumbrarte a los horarios de este lugar, ¿verdad? —comentó con tono burlón.
—Tal vez... pero, a todo esto, ¿a qué se debe tu visita? —indagué con curiosidad.
—Pues... me pareció buena idea pasar a darte los buenos días. Además, pensé que ya estarías despierta, aunque veo que no del todo —explicó, luciendo bastante lógico.
—En fin, ¿a qué hora tienes que entrar a la escuela?
Él consultó su reloj de pulsera.
—Entro en media hora y me queda muy cerca, así que me dieron ganas de venir a verte aunque sea un ratito —dijo regalándome una sonrisa.
Me pareció un gesto muy amable de su parte; sin duda era una grata compañía.
—Está bien, pero no te vayas a quedar más de la cuenta. No quiero ser la culpable de que llegues tarde a tus clases, ¿me entiendes? —le advertí, y él asintió—. Pasa. Disculpa el desorden en la mesa, es que estoy avanzando en el trabajo que me pidieron.
Él se acercó a la mesa y observó los materiales con curiosidad.
—¿Conque este es tu trabajo? Pero... si solo son hojas con un diseño algo raro —comentó inclinándose sobre la mesa.
Me acerqué a él, fingiendo estar molesta.
—Es porque esta es la parte trasera, lo único que me falta para terminar. Es un estilo rústico, así que requiere de un manejo muy delicado.
Román me miró desconcertado.
—Espera... ¿lo rústico no es algo de albañilería?
Dudé entre seguirle la corriente o darle un leve golpe en la cabeza por la ocurrencia.
—No, Román. El acabado rústico se usa en muchos ámbitos, no solo en la construcción; también en la pintura, el diseño y hasta en la ropa. ¿No lo sabías?
Él me miró muy sorprendido.
—Bueno, y si esto es la parte trasera... ¿dónde está lo de enfrente? —comenzó a buscar con la mirada por toda la mesa, moviéndose casi como un perrito rastreador.
Me dio un poco de risa su actitud, aunque traté de disimular para que no se diera cuenta.
—Eso ya lo entregué. Solo me faltan estas piezas para que me paguen completo, y pienso tenerlas listas de aquí a pasado mañana. Por cierto... ¿te gustaría tomar algo? ¿Un café... o bueno, qué estoy diciendo? ¿Un vaso de leche, refresco o té?
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Dulce coracones
RomanceLa vida da muchas vueltas donde empezamos y adonde vamos el amor es igual
