Ella cerró la puerta con fuerza. Apretaba los dientes y los puños, al punto que sus nudillos eran blancos. Lágrimas de rabia resbalaban por sus mejillas. Ella, que solía ser una leona indomable, ahora se hallaba reducida a poco más que un gato.
No podía creer que la hubieran llevado al hospital. Seamos sinceros, ¿ella contagiada? Resultaba ridículo, impensable.
Y lo más ridículo de todo es que hubiera dado positivo.
Me dirijo hacia el hospital, en un coche especial, para no contagiar a nadie con mi enfermedad. Miro a un punto en el suelo, dado que no puedo por las ventanas. Es gris y uniforme, como las paredes. Me siento presa en una caja, aunque no dista mucho de la realidad que vivo.
Ni siquiera pude decirle adiós a mi hermano.
Los hospitales siempre me han parecido un sitio terrible en el que estar. Todo es blanco y sin vida, todo es silencioso, y es doloroso. Las enfermeras te sonríen, pero nunca de verdad. Hay una extraña e incluso perturbadora cordialidad. Supongo que la gente está demasiado débil o demasiado drogada para causarle problemas a nadie.
Mamá.
Nadie se ha dignado todavía a hablarme, aunque lo comprendo, no quieren contagiarse. Pero al menos podrían haberme proporcionado una distracción, el camino está resultando incluso tortuoso.
Papá.
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