El Salón Principal de Buckingham lucía triste, como el acontecimiento que reunía a los presentes.
En el centro de la sala, sobre un gran pedestal, descansaba el ataúd abierto de Eric Pendleton. Junto a él, ataviados en riguroso luto, su hermana, Sophie, su secretaria, Isabella, y, por supuesto, Su Majestad la Reina, las tres cubiertas por un espeso velo.
En las primeras filas se encontraban los Lores, y, por supuesto, las damas de la Reina. Lyrica, al final de la comitiva, sostenía la mano de Even, mientras sus ojos, celestes, miraban a Sophie, sorprendentemente estoica.
La mirada esmeralda de Even, sin embargo, permanecía fija en el pálido y levemente sonriente rostro de Eric, yaciendo en aquel hermoso ataúd de roble blanco y terciopelo color crema, rodeado de miles de flores y coronas de despedida.
Ese era el lugar que él debía ocupar. No Eric Pendleton.
Even no sabía qué le causaba más dolor: si que su propio padre hubiese intentado asesinarle, o que tanta gente hubiese sufrido por ello. El secuestro de Lyrica y Sophie, la muerte de Eric, que rompió en mil pedazos el corazón de la joven Belle, ver a Sophie prestar declaración sobre cómo, por propia defensa, había asesinado a Matthew Clover, salvándole de la muerte a él...
Por suerte, y gracias a Su Alteza, Sophie había salido indemne. No así su padre, que fue condenado por tráfico de influencias, entre otros cargos. Eso explicaba su ausencia en el funeral del joven aristócrata.
Otro desaparecido era el Mayordomo Real, Jamieson. Cuando Sophie prestó declaración, se descubrió que él era el informante de Matthew Clover, y una de las cabezas pensantes del plan para asesinar a Even. Sin embargo, para cuando fueron a detenerlo, había desaparecido como si jamás hubiese existido. Se había expedido una orden de busca y captura, pero no había noticias.
Pero había alguien que preocupaba más a Even que el desaparecido mayordomo, y era su cuñado, Paris. Desde que fue informado de la muerte de Eric, se había encerrado en su habitación, en Wembley Manor. El servicio había asegurado que, varias noches, había despertado de golpe, llamando a gritos a su amigo, entre lágrimas. "Casi parecía que lo hubiese matado él", aseguraba la nana de Lyrica.
Después de mucho insistir, Lyrica le había convencido de asistir al funeral, para despedirle. Y, desde la primera fila, sus oscurecidos ojos ámbar observaban aquel cadáver, mientras, en profundo silencio, se preguntaba por qué no era Even quien ocupaba ese puesto, por qué él, su mejor amigo, la persona en quien más había confiado, se había interpuesto entre la bala que disparó y el músico, sabiendo perfectamente cuál era el plan.
Un suave codazo sacó a Paris de su ensimismamiento. Lyrica carraspeó levemente, señalándole el atril con la mirada. Paris asintió, sabiendo que no podía negar aquella despedida.
Lenta, pesadamente, sus pasos le llevaron hacia el atril. Su mirada halló a centenares de personas de luto, Lores supuestamente afectados por la pérdida, damas lamentando no haberle cazado como esposo. Quizá el único sufrimiento real, a parte del suyo, fuese el de Lyrica y Sophie.
Tomó aire, tratando de contener la emoción.
-Eric Pendleton...-comenzó, pero negó enseguida. -Eric, esté donde esté, debe saber perfectamente que muchos de los presentes están aquí por mantener las apariencias.
Un suave murmullo de desaprobación recorrió la sala. Sophie abrió los ojos como platos, mientras Belle, bien oculta bajo su velo, asintió imperceptiblemente.
-Nadie de esta Corte se esforzó nunca en conocerle. Era un hombre único. Era leal, afectuoso, y seguramente el mejor amigo que haya tenido en mi vida. Siempre que Lady Pendleton, mi querida hermana Lyrica, o yo mismo necesitábamos algo, él nos lo daba, antes incluso de pedírselo. No dudó en posicionarse para salvar a Sophie de un matrimonio con un hombre que actualmente está condenado por intento de asesinato; murió salvando a Even Clover de un disparo. Y, sin embargo, sólo nosotros cuatro le recordaremos como el héroe que siempre fue. Para el resto, sólo será el hijo de un Lord caído en desgracia, o el soltero de oro de la Corte.
El público guardó silencio. La figura femenina que acompañaba a Sophie comenzó a aplaudir lenta, sarcásticamente, mientras daba un par de pasos hacia delante.
-Bravo, señor Wembley. Sin duda, conocía usted bien a Eric. Pero, si me lo permite...Hay algo en sus palabras que me ha...¿extrañado?
Paris palideció al reconocer aquella voz.
La joven se levantó el velo, dejando ver su rostro, extraordinariamente similar al de Lyrica Wembley, alterado sólo por aquellos ojos color azul oscuro. Paris tragó saliva.
-¿Cómo sabe que murió por un disparo?
La Corte entera comenzó a murmurar. Even y Lyrica miraron a Belle, incrédulos. Ciertamente, Paris no había sido informado de que Eric había muerto a consecuencia de un disparo.
Sophie clavó su mirada en Paris, aterrada.
-Dime que no es cierto, Paris.
El joven Lord dio un par de pasos hacia atrás, pensando cómo salir airoso de la situación.
-Ah, no, querido. No vas a salir de esta.
Con su bello rostro crispado por la más profunda de las iras, Belle caminó hacia él, agarrándole de la solapa del traje negro que vestía.
-Su Majestad, Lores. Yo, Isabella DaPonte, acuso a Paris Wembley del asesinato de Lord Eric Pendleton, así como de participar en la conspiración de Matthew Clover, para asesinar a su hijo, Even Clover.
El rostro de Paris se contrajo en una mueca que entremezclaba pánico, histeria, y una pizca de odio.
-¡Está loca, no tiene pruebas! -gritó.
-Oh, pero las tengo. -sonrió, tristemente, Belle. -Te recuerdo, Paris, que me contrataste en el burdel por mi gran parecido con tu amada hermana. ¿Acaso piensas que la joven a la que casi secuestraste era ella realmente?
-¿Cómo...? -casi gritó Lyrica, llevándose las manos a los labios.
Paris tornó el gesto, en un ademán de súplica, sabiendo cómo podría afectar aquella revelación no solo a su posición, sino a sus posibilidades de hacerse con Lyrica.
-Belle, por favor.
-¿Lo ven? -cercioró la joven. - Conoce mi nombre. Y sé de buena tinta que nadie, además de Lady Pendleton, Su Majestad, y el difunto Eric, lo conocía.
Even palideció. Entonces, la persona que le había disparado, ¿era realmente...?
-Su Majestad, señores...Paris Wembley disparó, ante mis ojos, a Even Clover, con la intención de matarle y escapar con su hermana.
-¡Guardias! -bramó la Reina. De inmediato, Paris fue reducido y esposado.
-¡Esto es un disparate, Majestad! ¿Por qué iba a querer matar a mi cuñado? ¿Cómo iba a envolverme en semejante pantomima? ¡No hay pruebas!
-Incorrecto, Paris. - murmuró Belle, mientras sacaba de su pequeña maleta negra una carpeta enlazada, y se la acercaba a la Reina. -Admito que la forma que he tenido de obtener estos documentos no es exactamente legal, y, si su Majestad lo considera oportuno, cumpliré el castigo que se me imponga; pero los documentos dentro de este archivo prueban, no solo la participación de Paris en el plan de Matthew Clover, sino sus intenciones individuales de quitar de en medio a Even Clover, para huír con su hermana, por la que, si me permitís el apunte, tiene una malsana obsesión.
Victoria ojeó los documentos, mientras su expresión bailaba entre la sorpresa, la estupefacción e incluso el asco. Al cerrar el archivo, miró con desprecio a Paris.
-Llévenselo. Lo quiero aislado y sin comunicación alguna. Que cuatro guardias le guarden en todo momento.
Paris se debatió entre los brazos de los guardias. Al pasar junto a Lyrica, ésta les detuvo.
-Lyrica, gracias a Dios...
Cuando su hermana le miró, Paris entendió que no les había detenido para defender su inocencia.
La mano de la joven golpeó con fuerza el apolíneo rostro de su hermano. Sin una palabra, volvió a los brazos de Even, derrumbándose en ellos.
Paris Wembley juró que, cuando se librase de prisión, recuperaría a su hermana. Quisiese o no.
Y, en el peor de los casos...Si no era suya, no sería de nadie.
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Alma Lyrica, Libro Cero - Even Clover.
रोमांसTodo cuanto necesitaba, era la Música. Era el mantra casi constante, tatuado a fuego, que Even Clover, el joven y prometedor músico de una anacrónica Corte Inglesa, se repetía cada día. Su vida transcurría entre notas, banalidades y cortesías, hast...
