Ni avanzar ni retroceder

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Una tras otra, devoro las páginas, con fruición, ansioso por saber qué vendrá en la siguiente, sumergido totalmente en la historia. Una detrás de otra, las paso con avidez, se suceden cada vez más rápido, cada una más interesante que la anterior. A mi alrededor, en una sala sumida en el más sepulcral de los silencios, multitud de personas se afanan en una tarea similar, como si de clones se tratasen. Pero no hay tiempo para mirar alrededor, el libro que tengo delante requiere mi total atención.

Hasta que ocurre. Dos páginas pegadas. Nervioso, trato de separarlas, impaciente por continuar la historia. Pero no hay manera. Como si de imanes se tratasen, se niegan a separarse, unidas por una incomprensible fuerza. Por primera vez, echo un vistazo a mi alrededor. Nada. Mesas y mesa se suceden, abarrotadas de gente que continúa con sus historias sin problema aparente, ingenuos del terrible problema en el que me encuentro. Y es que me niego a continuar la historia sin saber qué ocurre en aquella página que se niega a revelar su contenido. Cada vez más agobiado, las fuerzo hasta que están a punto de rasgarse. Paro. Lo último que deseo es dañar irremediable el libro que tanto me está dando, aquel que he leído desde su prólogo. Estancado en un callejón sin salida, no hay posibilidad de retroceder, y delante solo encuentro un obstáculo aparentemente insalvable.

¿Qué hacer? Las posibilidades no son agradables. Saltar ese fragmento a riesgo de perder completamente el hilo, aguardar y rogar por que mágicamente el obstáculo se desvanezca. Y mientras tanto, aquí sigo, una gota estática que siente que, a su alrededor, la corriente fluye, sin esperar a rezagados, aguardando un cambio que, a quién pretendo engañar, es improbable que se produzca. Por cada vez que releo la página en la que tan abruptamente se ha interrumpido la lectura, más me niego a pasar sin conocer lo que cruelmente se me ha negado, resignado a permanecer quieto mientras, grano a grano, mi reloj de arena se vacía, sometido a una gravedad que, a diferencia de mi corriente, no se puede parar. Arena que, por mucho que duela, por mucho que ponga el grito en el cielo, ignorante de la injusticia que me ha tocado vivir, no volverá a subir.

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