EL motor explosionó con un extraño ruido seco, como el de un extintor, seguido por un apagado sonido a lata. Después, silencio. Karol giró la llave con más fuerza, esperando de ese modo poder insuflar vida en su viejo Chevy, pero esta vez el coche ni siquiera se molestó en carraspear. El motor había pasado a mejor vida.
—No me hagas esto —dijo Karol, maldiciendo entre dientes. Se había matado a trabajar para poder comprarse aquel coche.
Entre las largas horas que pasaba entrenando en la piscina y las que tenía que dedicar a los estudios para no retrasarse en la escuela, no le quedaba demasiado tiempo para un trabajo fijo.
Así que no había tenido más opción que cuidar a los salvajes pequeños de los Tennenmeyer, que, entre otras cosas, le habían pegado un chicle en el pelo y habían manchado de lejía su jersey preferido.
Pero Karol había resistido todas las pruebas. Estaba decidida a tener su propio coche cuando cumpliera dieciséis años, aunque eso significara tener que lidiar con los
Tennenmeyer.
Su hermana mayor, Kheterina, había heredado el viejo coche de su padre, y le había ofrecido que lo compartieran, pero Karol no había aceptado.
La razón principal por la que necesitaba tener su propio coche era que ni Khaterina
ni su padre veían con muy buenos ojos que Karol fuera a nadar por las noches a la
bahía de Antemusa.
No vivían muy lejos de allí, pero no era la distancia lo que les molestaba, sino el hecho de que fuera a esas horas de la noche, y eso era precisamente lo que a Karol más la fascinaba.
Nadar allí, bajo las estrellas, era como si el agua no tuviese fin. La bahía se fundía
con el mar abierto, que a su vez se fundía con el cielo, y todo se entremezclaba hasta
tal punto que era como si Karol flotara en un círculo infinito. Nadar allí de noche tenía para ella algo mágico, algo que a su familia le costaba entender.
Karol probó de nuevo a arrancar el coche, pero sólo logró obtener el mismo clic-clic inútil de la llave. Se inclinó hacia delante con un suspiro y miró el cielo iluminado por la luna a través del parabrisas resquebrajado. Se estaba haciendo tarde, y aunque emprendiera el camino a pie, no lograría estar de regreso antes de las doce.
No es que eso la preocupara demasiado, pero la hora máxima de llegada fijada por su padre eran las once.
Y lo que menos quería era empezar el verano castigada, además de tener un coche inservible. Tendría que dejarlo para otro día... Salió del coche. Al tratar de cerrar la puerta con todas sus fuerzas para descargar su frustración, el vehículo apenas emitió un quejido y un pedazo de chapa oxidada se desprendió de la parte inferior de la carrocería.
—Son los trescientos dólares peor gastados de mi vida —masculló.
—¿Problemas con el coche? —preguntó Ruggero, a unos pasos detrás de ella, sobresaltándola tanto que casi lanza un grito—. Disculpa. No pretendía asustarte.
—No, tranquilo. —Karol hizo un gesto con la mano, como cerrando el tema, y se volvió hacia el chico—. No te había oído salir.
Ruggero vivía en la casa de al lado desde hacía cuatro años, y no había nada en él que
pudiera asustar. Al crecer, había tratado de domesticar su rebelde cabello oscuro, pero
siempre tenía sobre la frente un mechón indomable. Eso hacía que no aparentara sus
dieciocho años, sino que pareciera más joven, un efecto que se intensificaba aún más cuando sonreía.
Tenía un punto inocente, y tal vez por eso Katerina jamás había pensado en él más
que como un amigo. Incluso Karol lo había descartado como alguien de quien fuera
posible enamorarse; hasta hacía poco, cuando había empezado a notar cambios sutiles en su cuerpo, unos hombros anchos y unos fuertes brazos que habían borrado su
antiguo aspecto infantil.
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ᴄᴀɴᴄɪÓɴ ᴅᴇ ᴍᴀʀ. #1 (ʀᴜɢɢᴀʀᴏʟ)
RomansaEnfréntate a un mundo sobrenatural. Un mundo mágico.
