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—Félix, son las doce de la noche. En dónde cresta andabai.

Es lo primero que escucho apenas llego al living de la casa. Mi papá se encontraba sentado en el sillón, mientras que la Esperanza estaba a su lado, ambos con pijama.

—¿Creis que estas son horas de llegar? ¿Un día de semana?

La verdad, es que no tenía ganas de discutir en estos momentos y sorprendentemente, le encuentro la razón a mi papá. El tiempo en la casa del Jeremías se me hizo poco e incluso, perdí la noción. Estuvimos conversando de puras estupideces mientras que intentábamos que la tensión entre ambos se deshiciera de alguna u otra forma sin que yo terminara paniqueandome. No fue hasta que su mamá entró a la pieza que decidí irme. O más bien, tuve que irme.

—¿Dónde andabai?—insiste.

Dirijo mi vista hacia la Esperanza y ella se moja los labios, al mismo tiempo que me hace un gesto con los ojos el cual podría entender si no estuviera en la mierda y con ganas de ir a dormir.

—En un lugar.—Murmuro.

Mi papá alza las cejas y sonríe de forma irónica, gesto que hacía todo el tiempo antes de comenzar alguna discusión.

—Félix...

—Estaba en la casa de una amiga.—digo lo primero qué pasa por mi mente.—Se me pasó la hora, perdón.

—Podrías avisar para la otra. La Esperanza estaba preocupada y yo también.

Me mojo los labios y automáticamente veo hacia la escalera, esperando ver a otra persona.

—¿Y mi mamá?

—Salió.—Responde él, con total normalidad.—Quiero hablar contigo.

Cambia de tema repentinamente y me doy cuenta que es para que yo no pueda decir nada en contra de su esposa. Siempre lo hacía y siempre lograba desviar mi atención.

—¿Qué pasó?

Por inercia miro a la Esperanza y ella sonríe de lado sin decir absolutamente nada.

—En un par de semanas más con tu mamá iremos a ver al Guido, y pensamos en que tú deberías ir también.—murmura, levantando ambas cejas.

Mi primera reacción es sonreír, irónico, para luego negar con la cabeza lentamente y acercarme a él. Me siento en el sofá de al frente y en vez de verlo, mi mirada queda pegada en la Esperanza.

—Espe, siéntese. ¿Por qué está parada ahí?

Mi papá carraspea y de forma inmediata la Esperanza lo mira, esperando por su respuesta. Pidiéndole permiso.

—Mejor vaya a acostarse.—susurra.—Mañana hablamos...

—Bueno, don Carlos.—comienza a caminar hacia su pieza y me da una mirada, sonriendo levemente.—Chao Félix.

Y dicho eso se va, sin darme tiempo de despedirme. Dejándonos a mi papá y a mí solos. Al tiro siento su mirada puesta en mi rostro, y mi única reacción es presionar mis labios, sintiendo que la ironía era mi única arma en este momento.

—No me has respondido.—Se cruza de brazos, viéndome seriamente.

—Mi silencio ya debería decirte algo...—musito, ganándome un suspiro por su parte.—Papá, no quiero ir. Tú sabís porqué.

Lo difícil de quererteDonde viven las historias. Descúbrelo ahora