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Cuando llego a mi casa lo primero que veo es a mi gata echada en el pasillo, quien apenas siente mi presencia se acerca a mí y empieza a pasearse entre mis piernas. Como respuesta, me agacho y le acaricio levemente el lomo.

Me levanto, dándome cuenta que la luz de la cocina está prendida. Levanto mis cejas, un poco sorprendido porque pensé que la Esperanza seguía con licencia. De forma inmediata comienzo a caminar hacia allá, pero algo me detiene y es lo que tengo colgado en mi espalda.

Mi guitarra.

Subir no era una buena opción, porque si eran mis papás los que estaban en la cocina me escucharían hacerlo y podrían hacerme un interrogatorio de veinticuatro horas en donde tendría que explicar porqué subí antes de acercarme a la cocina.

Por lo que, lo único que se me ocurre es caminar en silencio hacia la puerta que estaba al lado de la escalera y dejar mi instrumento en el cuarto del aseo por unos minutos. Cuando la guitarra está a salvo, camino hacia la cocina, queriendo parecer casual. Allí me encuentro con mi mamá sentada en los pisos que hacen juego con la mesa que está en medio de todo; veía atentamente la laptop, con sus lentes apenas puestos en su nariz y muchos papeles en la mesa.

—Hola...—saludo, entrando a la cocina con lentitud.

No recibo respuesta alguna y suspiro, caminando hacia uno de los muebles con la intención de buscar algo para comer e irme a mi pieza, porque necesitaba despejarme un poco y así sacar de mi cabeza lo que pasó hace un par de horas con el tipo que conocí. O sea, lo que estuvo a punto de pasar.

¿Por qué iba a darle un beso a ese hueón? ¿Me habré curado? Porque según yo es imposible que haya tenido ganas de darle un beso a un hombre estando lúcido ¿cierto?

—Oh... Félix, no te vi...—escucho a mis espaldas y me doy vueltas, ignorando que estaba a punto de abrir el mueble.—¿Por qué venís llegando a esta hora? Son casi las doce.—pregunta, viéndome fugazmente y luego vuelve su vista a la laptop.

Claramente la pantalla de ese aparato era mucho más importante.

—Es viernes.—me limito a responder y ella niega lentamente, al mismo tiempo que yo vuelvo mi cabeza hacia el mueble, abriéndolo.—De hecho te debería sorprender que estoy acá tan temprano.

Lo único apetecible que veo dentro del mueble es la caja de cereal, así que la saco, para después hacer lo mismo con la leche. Junto ambas cosas en un bowl y me doy vuelta, con la intención de ver a mi mamá.

Sumida en la pantalla.

Tenía dos opciones, irme sin decir nada más o sacar tema de conversación para intentar fortalecer el lazo de madre e hijo que día a día se rompía un poco más. Sin embargo, cuando iba a optar por irme, ella vuelve a hablar, provocandome un poco de felicidad, debía admitirlo.

—¿Y por qué no saliste a carretear si es viernes?—pregunta, sorprendiéndome un poco porque no había sacado el tema de mi desempeño académico a flote.

—Porque no tenía ganas.—me siento frente a ella, moviendo un par de hojas para no mancharlas.—Además, los chiquillos no me invitaron.

Mentira. Si lo habían hecho, pero no podía salir, por otras prioridades como el ir a tocar al bar.

Y conocer al Jeremías.

El rostro de él vuelve a aparecer en mi mente y frunzo el ceño, queriendo sacármelo de la cabeza de una maldita vez.

—Bien pesados que son a veces.—comenta, frunciendo el ceño y yo la veo con incredulidad, a la vez que me llevo una cucharada a la boca.

—Desde cuando, si tú los encuentras fantásticos.—eso hace que ella levante por fin la vista de la pantalla.

Lo difícil de quererteDonde viven las historias. Descúbrelo ahora