C2| DIZZINESS

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(***)

Los rayos del sol entran con una molesta intensidad por mi ventana, recordándome que aunque no quiera tengo que empezar mi día. Incluso sintiéndome tan cansada como ahora mismo, con la rara sensación que me dejan las frustrantes pesadillas. Instintivamente le echo una ojeada a mi alrededor para comprobar lo que ya sé. Él no está aquí. Eso es lo único que me reconforta al despertar.

Me levanto sintiendo la pesadez de mi cuerpo. El ardor en mis piernas y la molestia en mi tobillo se vuelven mucho más evidentes cuando salgo de entre las cobijas. No tengo la energía para enfrentrarme al mundo después de lo que pasó durante la noche pero tampoco puedo quedarme llorando.

— ¡Ay, no —exclamo, al percatarme de que saqué primero el pie izquierdo, consciente de que suele ser de mala suerte.

Lo vuelvo a meter rápidamente a mi cama, me acuesto nuevamente sobre la superficie del colchón y repito mis movimientos como si nada hubiera pasado, pero esta vez procurando que mi pie derecho sea el primero en tocar la alfombra blanco hueso que mi madre se esmeró en conseguir para mí. Tal vez no sirve de nada y es tonto, pero si tengo fe en ello, entonces está bien para mí.

Si pudiera evitarlo lo haría. Sinceramente no tengo la energía que necesito para ir al instituto pero no puedo faltar a clase a menos de que tenga una razón para no hacerlo, una que no me haga sonar como una irresponsable ante mi madre. Además, le prometí a mi mejor amiga llevar mis apuntes y ayudarle a estudiar antes del exámen. No es que lo necesitemos pero si yo soy aplicada, ella lo es mil veces más.

Creo que su salud mental depende de sus calificaciones.

Intento concentrarme en la rutina que sigo antes de asistir al Bellamy Institute, el segundo colegio más prestigioso de Candem, y por el cual me vi a obligada a estudiar por ellos para poder pasar el exámen de admisión. Pero no lo logro. El rostro del chico misterioso, sus ojos, su espalda, su expresión sombría, todo lo que he logrado presenciar llega a mí como un torbellino de imágenes inconexas que me impiden fijar mi atención en algo más que en eso.

En algo más que no sea él.

Ahora que lo pienso, es la primera vez que al despertar pienso en ello como algo más que una pesadilla.

Normalmente mis pesadillas llegan por la noche, me atormentan y a la mañana siguiente actúo como una adolescente común y corriente, pienso en mis estudios, en mi amiga, en complacer a mi exigente madre y mis pensamientos van a donde deberían ir.

Quizá porque no conocia su rostro.

Niego apartando mis pensamientos de él. Sé que si les presto más atención de la normal terminaré consumiéndome en ello, y no puedo permitirmelo.

Me alejo de la cama aún somnolienta y con lagañas pegándome los ojos, no prestando mucha más atención a mi entorno de lo normal, hasta que encuentro algo fuera de su lugar. La pequeña crema hidratante que suelo tomar del tocador de mi madre sin su permiso rueda por encima del mármol. Levanto la mirada con la expectativa picando dentro de mi ser e inspecciono rápidamente la habitación buscando algo que aún no entiendo muy bien qué es pero no encuentro nada. Vuelvo a bostezar, por cuarta o quinta vez en menos de diez minutos y rasco mis ojos en un intento de alejar mis ganas de volver a la cama.

Es entonces cuando me percato de lo que mi agotamiento no me dejó ver.

¿Qué carajo?

Todo en mi habitación ha cambiado.

Como si alguien le hubiera dado a rotar en los ajustes de una foto. Todo. Absolutamente todo a excepción de mi cama y el color pastel de las paredes ha cambiado.

INUSUAL - [EN PROCESO]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora