Detrás de la puerta

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El pasillo del primer piso no era muy largo. Había cuatro puertas, dos en cada pared pintada de verde muy claro.

En el fondo del pasillo, un ventanal de piso a techo remplazaba la pared.

La puerta más cercana al ventanal, a la derecha, era la que acababa de cerrar tras de sí. La de enfrente era su propia habitación.

Las dos siguientes, junto a las escaleras, eran el espacio que su abuelo usó como biblioteca toda su vida. Ana nunca entraba, porque estaba llena de libros viejos que jamás había leído. Cada año se prometía que ese año, iba a desempolvar y a vender todo eso, pero cada diciembre se daba cuenta de que no había logrado acumular suficiente voluntad y motivación para enfrentarse a ello.

Tenía malos recuerdos de esa habitación; nada demasiado grave. Solo aburrimiento, soledad y un sentimiento de no pertenecer a su familia. Hija única de una madre viuda, a la que no dejaban salir a jugar con los vecinos. Recordaba que su abuelo permanecía encerrado ahí hasta la hora de comida y de nuevo, hasta la hora de la cena. Y a su abuela en la cocina. Ninguno de los dos, en realidad, le hacían caso.

La habitación frente a la biblioteca fue de su madre y estaba llena de trebejos que pertenecieron a sus abuelos y a su madre.

Cuando murieron, su madre no se atrevió a desecharlos, pero tampoco quería verlos. Y cuando su madre murió, ella hizo lo mismo. Esas habitaciones eran como cementerios; lozas pesadas que veía sin ver, cada día.

Esa madrugada tampoco les prestó atención.

Abajo estaba la sala y el comedor compartiendo un mismo espacio. Medio baño y la habitación de la servidumbre frente a la cocina, que ella destinó a Esteban, donde él vivió desde que murió la madre de Ana y hasta se mudó al departamento de Eduardo.

Pero era su recamara, incluso aunque no viviera con Ana. Mantenía ropa en el closet, efectos personales en el baño propio y los dos se quedaban a dormir con frecuencia.

Había un pasillo que daba al patio donde sobrevivían plantas diversas resistentes a la muerte y unos cuantos árboles que su abuela cuidaba y ella no.

Ella salió de la habitación y bajó a toda prisa. Los cigarrillos estaban en su bolsa y la boza fue lanzada en la sala.

Sacó el encendedor y por impulso, tomó de una repisa la botella de brandy más llena. Eran botellas que estaban ahí quién sabe desde cuándo. Ella no bebía mucho. Era Esteban el que se las acababa y a veces reponía cuando vivían juntos.

Subió las escaleras y casi pega un grito al descubrir a la figura sentada en el sofá bajo el ventanal, que no vio antes, al salir.

Tenía puesto su pantalón de cuadritos de franela y una camiseta vieja. Estaba fumando, el humo se colaba fuera de la casa por una pequeña abertura de la ventana.

—¿Qué diablos haces ahí? ¡Casi me matas del susto! Son más de las cuatro de la mañana. ¿Por qué no estás durmiendo?

—No puedo dormir.

—¿Por qué?

—No sé — susurró Eduardo. Estaba como bloqueado, sus reacciones eran lentas y su voz se escuchaba plana, sin inflexión.

—¿Estabas escuchando lo que pasó ahí dentro?

Eduardo asintió.

—¿Y Esteban?

El chico se mordió los labios. Parecía a punto de echarse a llorar de repente.

—¡Eduardo, tú amas a Esteban!

DénnariHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora