Abandonar o arrancar.

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La vida siguió día a día con una nueva rutina, después del terremoto que acabó con la organizada, cómoda y tranquila existencia que Ana había llevado hasta entonces. No volvió a entrar en la habitación "Otoño en llamas" que finalmente fue aseada a fondo. Tuvo que contratar a alguien que lo hiciera. Ana no tenía valor suficiente para enfrentar eso.

Esteban se mudó a su propia habitación dos noches después y el siguiente fin de semana, eligió otro color para las paredes, de hueso a una combinación de grises oscuros y marrones. También cambió la disposición de los muebles, la ropa de cama y reemplazó las viejas cortinas por unas modernas persianas. Era un lugar nuevo, a gusto de Esteban. Sin compartir.

La casa de Ana fue siempre un refugio para los tres amigos, por lo que las comidas y las charlas hasta tarde eran cosa de todos los días.

Eso también cambió. La única parte de la cocina que se usaba era la cafetera. Ana se planteaba mudarla a la sala o a su recámara, para no tener que caminar tanto. La estufa permanecía fría, ambos comían y cenaban en la calle.

Ninguno hablaba mucho, pero los silencios entre ellos no eran incómodos, sino reconfortantes. Estaban juntos y eso era suficiente para ambos. Como pasaban muchas horas en sus respectivos trabajos, más de las necesarias, se veían poco.

Casi tres semanas después, alrededor de las ocho, Ana ya había regresado de trabajar cuando Esteban llamó para avisar que esa noche y por treinta y seis horas estaría acuartelado en su oficina. Y que seguido a eso, tendría la misma cantidad de tiempo franco, que felizmente iba a coincidir con un fin de semana.

-Me gustaría ir a ver a mi mamá, ¿Quieres ir conmigo?

La madre de Esteban vivía en San Miguel de Allende, a cinco o seis horas de la Ciudad de México por carretera. Era una señora maravillosa que cocinaba como los ángeles y los atiborraba de comida cuando iban. No iba a ser lo mismo sin Eduardo, pero bueno, había que seguir adelante.

-Me parece bien, puedo pedir permiso en el trabajo, a cuenta de vacaciones. Podemos irnos temprano por la mañana.

-Sí, princesa. Prepara tu maleta para tres días, nos quedamos hasta el lunes.

-Hasta el domingo.

-No, hasta el lunes y en la tarde, hace mucho que no veo a mi madre, pide dos días.

-Está bien. Entonces te veo ¿cuándo?

-¿Ya son las ocho? La guardia ya comenzó. Estaré libre el viernes a las ocho de la mañana.

-Te voy a extrañar.

-También yo. Cuídate, princesa, cierra bien y no hagas tonterías.

-Sí, papá. No te apures, no pienso salir. Así que iré a dormir pronto.

-Bien. Te veré el viernes.

Suspirando hondo, Ana colgó. Sin Esteban esa noche ni al día siguiente, la casa era solo para ella.

Pero ella no quería cosas que no podía compartir.

Hasta antes del cisma, su vida en solitario nunca le pareció desagradable. ¡Claro! Nunca vivió realmente sola.

Del abrigo de su familia, pasó a vivir con Esteban y después a la familia que este formó con Eduardo.

Hasta cierto punto, ella era como una mamá o, mejor dicho, como una hermana de ambos en cuanto a velar por sus necesidades afectivas. En cambio ellos y sobre todo Esteban, se portaban como si fueran sus padres en cuanto a protección.

No era consciente de hasta qué punto dependía de ellos.

Y al parecer, lo mismo se podía decir de Esteban, que quiso seguir siendo parte de su vida, por más rota que estuviera.

DénnariHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora