Resaca

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Ana tuvo una de esas mañanas en las cuales no se puede saber gran cosa. No recordaba su nombre. Ni siquiera era capaz de preguntarse a sí misma cómo se llamaba.

"¿Qué? ¿Qué día es hoy? ¿Dónde estoy? ¿Qué pasó?"

La ventana se iluminaba con los tonos gris y melocotón del amanecer. Y su cabeza no funcionaba

"¿Es sábado? ¿Tengo que ir a trabajar?"

Tardó minutos en aclararse y los acontecimientos de la noche anterior fueron llegando muy despacio. Había ido a un bar con Esteban y con Eduardo. Bebió muchos rusos negros y blancos. Después estuvo tomando otra cosa a pico de botella.

Se había emborrachado y esa era la explicación del porqué en sus oídos había una tambora. La muy desconsiderada no paraba de tocar La marcha de Zacatecas. Así se sentía ese palpitar en los oídos, el dolor sordo y pesado en la frente y el malestar nauseabundo que le llenaba el cuerpo, por dentro y por fuera.

Al menos ya recordaba que se llamaba Ana.

Cuando la habitación tomó un descanso en eso de girar, notó un cuerpo acurrucado a su lado; piel tersa y caliente que parecía acomodarse bien en su costado. Con su calor la abrigaba. Un brazo y la mitad de su pecho descansaban debajo del cuerpo de quien quiera que fuera la persona que respiraba apaciblemente en su cuello y le rodeaba con una mano su cintura. Sentía un muslo entre sus piernas.

No estaba en su cama, aunque sí en su casa. Y el pesado cuerpo le impedía moverse. La náusea, en complicidad con todo lo demás, desaconsejaba girar el rostro para averiguar quién era el tipo. Porque estaba segura de que era un hombre, aunque tenía el cabello largo y muy claro.

En una de esas, sin saberlo salió del closet y encontró el amor en una mujer alta y rubia.

¡Qué mal se sentía! ¡Era espeluznante! ¡El asco le llenaba la boca de saliva! Había fumado demasiado y le ardían las entrañas.

La puerta se abrió y entró una figura borrosa.

"¿La puerta de dónde? ¡Diablos, ni siquiera veo!"

No intentó moverse, lo único que podría hacer esa mañana peor es vomitar encima del tipo.

Reconoció al hombre hasta que se sentó en la cama, junto a ella. En las manos llevaba dos tazas de café.

¡Era el tipo amarrado del bar!

La conciencia de la noche anterior emergió y arrolló.

"Te acostaste con el par de homosexuales que levantaste en un bar gay, y eso fue después de que esos dos lo hicieron frente a todos".

El hombre la miró apaciblemente. A pesar de la noche anterior, el tipo seguía siendo muy guapo. El cabello despeinado y la mirada cansada le sentaban bien.

-Te traje un poco de café, ¿lo quieres negro o con azúcar? -dijo, mientras depositaba las tazas en la mesita de noche.

-...zúcar. Dos -. Su voz parecía no llegar de su pecho sino de ultratumba.

-Te gusta dulce, ¿eh? -Le sonrió como si quisiera mostrarle algo muy divertido, pero no era más que él sacando sobres de azúcar del bolsillo de su bata y una cucharilla. Endulzó, removió la bebida y se la ofreció.
Ella trató de incorporarse, sin embargo, entre la náusea, la jaqueca y el cuerpo que estaba encima de ella, la tarea era insuperable, así que desistió.

-Permíteme ayudarte -dijo. Fue alrededor de la cama y en el camino levantó una almohada del suelo. La acomodó sobre la cama y arregló las mantas. Al llegar al otro lado, con cuidado y una suavidad exquisita, tiró del cuerpo del hombre dormido. Ana se sonrojó cuando dejó de estar encima de ella y pudo ver su rostro. Y recordó en todos los sitios de ella en los que la boca varonil había estado la noche anterior. Y también en todas aquellas partes de él en las que ella tuvo a bien corresponder esas atenciones.

DénnariHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora