I

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Lalisa se encontraba en sus aposentos, recostada en su amplia cama. Se sentía tan frío, y solitario, a pesar de estar en plena primavera.

Tocaron a su puerta, interrumpiendo sus pensamientos.

— Adelante.— Dijo, con su tono de voz rasposo y grave. Fingir su voz masculina era doloroso, sobretodo cuando mantenía conversaciones en el consejo.

Enseguida entró uno de los agas (Sirvientes del sultán).

— Su majestad, la sultana madre está aquí.— Le informó, con la postura de reverencia. Tenían totalmente prohibido mirar a los ojos al sultán, ya que se consideraba una grave falta de respeto.

— Dile que entre.— Le ordenó, levantándose mientras el aga salía de sus aposentos.

Se escucharon aquellos pasos firmes, y dominantes del sultán, dirigiéndose al sofá.

— Hijo, mi amado sultán.— Entró Hafse, la madre sultana, con aquella sonrisa de orgullo y amor. La sultana madre es la única autorizada a no hacer reverencia ante el sultán.

— Madre.— Sonrió Lalisa.

— Hoy han llegado las nuevas concubinas.— Le informó, mientras se sentaba a su lado.

— No entiendo por qué siguen llegando cada vez más concubinas, madre. Sabes que por mi condición, no puedo recibir concubinas en mis aposentos.— Mencionó con enfado.

— Hijo, es para que no haya espacio alguno para las sospechas. Dime, ¿Qué dirían si se enteran de que el sultán no recibe concubinas en su palacio?. En el harem ya comenzaron a hablar sobre eso. Dicen que no has traído a ninguna a tus aposentos.— Dijo, mirándola a los ojos.

— Sabes perfectamente por qué no puedo.— Le reclamó.

— Es por eso que yo misma he preparado a una concubina para que visite tus aposentos ésta noche. Ella no dirá nada de lo que pase aquí adentro. Es de nuestra absoluta confianza.— Le dijo, con un poco de emoción.

— No, madre. No nos arriesgaremos a perder el sultanato por unos simples rumores. ¿Qué pasaría si esa mujer hablara?. No puedes confiarle un secreto así...— Se levantó enfurecida.— No lo permitiré. Es una orden.

— Hijo, tienes que-

— ¡No tengo que hacer nada!.— Levantó la voz, sorprendiendo a su madre.— ¡Soy el gran sultán del imperio otomano!. ¿Crees que puede venir cualquier persona a decirme qué debo, y qué no debo hacer?.— Hafse solo la miraba en silencio, sorprendida por el enfado de su hija.— Puedes retirarte.— Le dijo, con un tono que dejaba bastante claro que su presencia ya estaba de más.

Hafse se levantó con brusquedad, y salió. Los agas cerraron la puerta, dejando a Lalisa a solas en sus aposentos, como siempre solía estarlo.

Sabía que debía hacer algo al respecto, pero no encontraba la manera, o forma adecuada. Haría lo que ella creyese correcto, en el momento correcto.

También sabía que, debido a la terquedad de su madre, tendría que recibir a la concubina en sus aposentos, solo por esa noche...

El Sultán [Jenlisa]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora