Otro día más, la misma rutina de siempre. Salió de los vestidores con aquella chaqueta de letras amarillas puesta. A pesar de estar hecha de una tela sencilla y delgada, sumaba más peso a sus hombros del que aparentaba.
Desde la muerte de Willy, nada era igual. Todos los días, al salir de servicio, se encerraba en la oficina que utilizaba a modo de dormitorio, sacando alguna de las botellas de Whisky que había escondido en un cajón, y comenzando a beber sin control.
Bebía hasta que el alcohol le hacía perder la conciencia, y despertaba cuando la luz del sol golpeaba su rostro a través de los ventanales.
Se daba una ducha larga, acostumbrado ya al punzante dolor de cabeza y los mareos de la resaca, preparándose para otro día de trabajo.
Pero algo se sentía diferente en aquella ocasión. El sol que siempre parecía ocultarse entre las nubes, brillaba resplandeciente a mitad del cielo. La brisa de aquella mañana se sentía más cálida, a pesar de estar exactamente a la misma temperatura del día anterior.
Cuéntame al oído
Muy despacio y muy bajito
¿por qué tiene tanta luz
este día tan sombrío?Subió a su Corvette, revisando en su móvil algunas de las alertas, intentando decidir a cuál de todas acudir.
Ninguna le llamaba la atención, no eran más que robos de vehículos y peleas callejeras. Sin embargo, no le apetecía discutir con gente sobre si el auto se los había dejado la abuela o lo habían tomado del garaje, así que marcó en el GPS la alerta más cercana sobre peleas, comenzando a conducir hacia ahí.
Como lo suponía, el sitio estaba despejado. Por lo común, los avisos solían llegar ya que la pelea había terminado, y los participantes habían ya huido hacia el hospital a tratar sus heridas.
Subió de regreso, decidiéndose por dar vueltas sin sentido por la ciudad. Tal vez la cálida brisa o la luz del sol le ayudarían a despejarse.
Suspiraba con frecuencia, como si aquello redujera el peso sobre su espalda, como si en el aire que expulsaban sus pulmones se escaparan también sus miedos.
— Agente H, ¿se encuentra disponible? — el sonido de la radio lo sacó de sus pensamientos.
— Buenas, Kovacs, ¿qué sucede? — era extraño que alguien entrara a la frecuencia del FBI, a menos que fuera una urgencia.
— Necesito que venga con urgencia a la comisaría del sur — respondió.
— ¿Pero ocurre algo o...? — se vió interrumpido por el ruido blanco del aparato, que indicaba que la frecuencia estaba vacía nuevamente.
Sin esperar más tiempo, marcó la comisaría en el GPS, comenzando a dirigirse con prisa hacia ahí.
Estacionó de cualquier forma en el parking, desenfundando su arma y comenzando a entrar con cautela, subiendo de a poco hasta la oficina del comisario.
Solía ponerse en alerta por lo mínimo, temía que algo pudiera pasarle a una de las pocas personas que le quedaban en aquella ciudad maldita.
Empujó la puerta sin cuidado, apuntando enseguida con el arma hacia el escritorio, sintiendo su cuerpo congelarse al posar su mirada sobre la persona que se encontraba de pie tras el mueble.
— Baje el arma — fue lo primero que atinó a decir. Le dolía verlo tan destrozado, tan diferente.
Cuéntame al oído
¿Dónde duermen hoy tus miedos?
Si aún guardas sus caricias
En la caja del recuerdo— Volkov... — habló en un susurro, como si éste fuera a desvanecerse al pronunciar su nombre en voz alta.
Bajó el arma, girando su cabeza, inspeccionando la oficina, sólo para darse cuenta que se encontraban a solas.
— Le pedí a Kovacs que le citara — habló enseguida el mayor, intentando romper la tensión en el ambiente — supuse que no vendría si le citaba yo.
El de cresta le miraba, gesticulando con la boca, intentando pronunciar palabra alguna, sin embargo, su garganta parecía haberse cerrado.
— Me ha contado ya lo ocurrido — caminó hacia él, posando una mano en su hombro — lo siento.
No sabía si era el hecho de escucharlo después de tanto tiempo, si era por aquellas palabras, si era por el reencuentro o si simplemente era una suma de todas las emociones encerradas en su interior, pero no aguantó más.
De un momento a otro, cayó de rodillas al piso, mientras las lágrimas salían sin control, una tras otra, humedeciendo su rostro y enrojeciendo sus ojos.
— Horacio — se acercó rápidamente, tomándolo de los hombros y ayudándolo a levantarse — yo... le comprendo.
Aquella misión en la que estuvo a punto de morir fue un punto de inflexión en su vida. Había escuchado a la gente decir que las experiencias cercanas a la muerte te sensibilizan, pero creía que después de aquél coma, nada podría lograrlo.
Sin embargo, estar de rodillas, rogando por su vida mientras uno de los que solía llamar falsamente "compañero" le apuntaba con un arma en la cabeza, fue definitivamente distinto.
Se prometió a sí mismo que, si salía con vida, resolvería todos los temas pendientes, incluyendo aquella conversación con el chico de cresta que tanto rondaba por su mente. Le parecía irónico que, incluso estando a punto de morir, él fuera lo único que pasaba por su cabeza.
Horacio se aferró al comisario, intentando tener alguna prueba física de que todo era real, de que todo estaba sucediendo. Era el único con quien podía permitirse llorar por penas del pasado, pues no tendría que explicarle qué había ocurrido.
— Horacio... — le llamó nuevamente, recibiendo una mirada por parte del moreno.
— Volviste — fue su respuesta. No podía describir la alegría que sentía su corazón al poder ver finalmente un rostro conocido.
— Volví — sonrió suavemente.
Esperaba recibir alguna respuesta agresiva del moreno ante su llegada, pues había oido hablar ya sobre el drástico cambio en su actitud tras la muerte de su amigo.
Una leve sonrisa decoró el rostro de Horacio. Sabía que Volkov le comprendía, él mismo había visto al comisario perder a quien era como su hermano. Ya no se sentía solo.
Un cosquilleo le recorrió todo el cuerpo, volviendo incontenible el impulso de besarle, únicamente para asegurarse de que estaba ahí. Verlo vivo definitivamente había aliviado una de las cargas más pesadas que llevaba encima.
Por un momento, regresó a ser aquel chiquillo impulsivo, que se dejaba guiar por el corazón, acercando su rostro al del comisario y haciendo finalmente contacto con sus suaves labios.
Se asombró al sentir cómo las manos de éste bajaban a su cintura, acercándolo un poco más para corresponderle de forma más cómoda al contacto.
El cielo ha costado
Detuvo el tiempo en el beso
Y ese beso a mí, en el tiempoLa situación parecía irreal, pero el cálido roce de sus labios les aseguraba que todo aquello estaba sucediendo de verdad.
Necesitaron días, meses, e incluso años para reencontrarse, acompañados de múltiples eventos que les dieron la motivación necesaria.
Pero había valido completamente la pena.
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Volkacio Drabbles
DragosteHola, aquí iré subiendo algunos escritos cortos que haga. Los reuniré todos en el mismo libro, ya que son demasiado cortos como para crear un libro por cada uno. Espero que les gusten. <3