10.

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Durante el resto de la velada, Jimin apenas fue consciente del paso del tiempo, sólo supo que los invitados tardaron una eternidad en marcharse. Por fin, unos padres sonrojados por el vino y el jolgorio metieron a los exhaustos niños en los carros. Unas cuantas parejas se entretuvieron en la entrada, intercambiando planes y promesas así como besos apresurados bajo las ramitas de muérdago que colgaban sobre la puerta.

Jimin vio muy poco a JungKook durante la última hora de la fiesta, pues estuvo ocupado despidiendo a sus invitados y aceptando sus buenos deseos. Una irreprimible sonrisa tocó los labios del rubio cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo JungKook: de manera sutil, apremiaba a todo el mundo a salir por la puerta y a subirse a sus respectivos carruajes con la mayor celeridad posible. Se veía a las claras que estaba ansioso por librarse de todos y quedarse a solas con el. A juzgar por la mirada de recelo que le dirigió, el rubio adivinó que temía que el pudiera cambiar de opinión acerca de lo que le había prometido.

Sin embargo aquella noche nada iba a interponerse entre ellos. Jamás se había sentido tan indefenso, dispuesto y expectante. Aguardaba con forzada paciencia, sentado en una pequeña salita decorada con colores azules y dorados, contemplando con expresión soñadora las llamas amarillas en la chimenea de mármol. Cuando se fueron todos los invitados y la casa comenzó a bullir de criados iniciando las labores de limpieza mientras los músicos guardaban con todo cuidado sus instrumentos, JungKook fue hasta el.

—JungKook.

Su nombre le surgió de la garganta cuando él pelinegro se acuclilló frente a el y le tomó una mano.
El brillo del fuego rozaba de forma desigual un lado de su rostro, destacando la mitad de sus facciones con un intenso color amarillo y dejando el resto en sombras.

—Ha llegado el momento de que también tú te vayas a casa —le dijo mirándolo fijamente, sin su habitual seguridad y desenvoltura, y sin el menor asomo de sonrisa; en lugar de eso, su mirada era firme, como si intentara leer sus más íntimos pensamientos—¿Quieres irte solo— prosiguió con dulzura— o prefieres que te acompañe yo?

Jimin le tocó la mejilla con la punta de un dedo enguantado.
El resplandor de las llamas acariciaba su rostro. Nunca había visto una boca tan hermosa como la de JungKook, un labio superior de forma tan perfecta, un labio inferior muy tierno, con un lindo lunar: toda una promesa de placeres carnales.

—Ven conmigo —contestó.

El interior del carro estaba oscuro y hacía frío. JungKook acomodó su enorme figura junto a el, y sus largas piernas acapararon casi todo el espacio disponible bajo los asientos. Rió al ver cómo Jimin pretendía absorber con avaricia el calor que irradiaba el carro después de que el lacayo cerrase la portezuela en silencio.

Rodeó los hombros de Jimin con un brazo y bajó la cabeza para su susurrarle al oído:

—Yo puedo darte calor.

El coche empezó a rodar traqueteando ligeramente por las irregularidades del pavimento, absorbidas por las ballestas con que iban equipadas las ruedas.
Jimin se vio de repente alzado sin esfuerzo alguno y depositado sobre las rodillas de su compañero.

—¡JungKook! —exclamó sin aliento mientras él le pasaba la mano por la espalda. Al parecer, no lo había oído, pues tenía la vista fija en el pálido brillo de su cuello, al tiempo que con la otra mano acariciaba su pierna sobre la tela.

-¡JungKook!-exclamó de nuevo. Empujó contra su pecho pero él ejerció suficiente presión sobre su espalda como para hacerlo caer de nuevo hacia él.

-¿Si?-murmuró mientras su boca le acariciaba la suave piel de la garganta.

-Dentro del carro no, por el amor de Dios.

𝙄𝙍𝙍𝙀𝙎𝙄𝙎𝙏𝙄𝘽𝙇𝙀; 𝙆𝙊𝙊𝙆𝙈𝙄𝙉 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora