la soledad de verano

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Abrió la puerta corrediza de cristal y arrugó la nariz una vez que el aire caliente del exterior lo golpeó. Era jodidamente sofocante. Elevó la mirada hacía el cielo y tapó sus ojos con la mano, no quería dañarse la vista por los rayos del sol. Las cigarras chillaban a un ritmo constante, las nubes se movían lentamente y las olas lúcidas de calor eran cada vez más visibles. Bajó con calma el desnivel, tocando el césped del jardín trasero con sus chanclas.

Había mucha mala hierba en los alrededores del pequeño recinto de la casa. Suspiró en un gruñido, alborotando su cabello rubio para deshacerse del sudor, emprendiendo viaje hacia el pequeño cobertizo de mármol y cemento que había en una esquina de su jardín. Gracias a Dios que en ese lugar había un árbol del vecino haciendo sombra, aunque, a decir verdad, por eso se veía lúgubre el pequeño cubículo rectangular de no más de tres metros de largo y un metro y medio de ancho. Apartado en la oscuridad de un día soleado, de una casa hogareña de dos pisos rústico y económico, y de la sociedad en sí, pues a saber cuándo fue la última vez que alguien visitó aquel cobertizo.

Blanqueó los ojos. Su madre le había pedido que lo limpiara, porque, al parecer, él le había prometido, en algún momento que no recordaba en lo absoluto, que se encargaría de limpiarlo él el resto de su vida, prometiéndole, con un motivador discurso, que no hacía falta que entrase a ese lugar nunca más. ¿Por qué diablos prometió algo así? Se preguntó Takemichi con el ceño fruncido, abriendo la puerta corrediza del cobertizo, sintiendo el calor del metal gracias a las yemas.

Alzó una ceja.

Inspeccionó el lugar, observando primero una pequeña estantería llena de vinilos y cassettes, de diferentes bandas y grupos de música. Era una estantería detenida en el tiempo, nadie la había tocado ni movido de sitio, como si fuera un lugar sagrado para cualquiera que se atreviera a abrir esa caja del tiempo en forma de cobertizo. Las tapas de los vinilos y los cassettes estaban hasta arriba de polvo, la madera de la estantería estaba roñosa. Pisos más abajo se podía ver un pequeño tocadiscos compacto que dejó de ser utilizado hacía mucho tiempo, y, a su lado, un magnetófono de mayor tamaño, igual de desusado que su compañero. 

Alrededor de las paredes del cobertizo habían más cajas hasta arriba de objetos y elementos relacionados a la música. Instrumentos no habían, simplemente era el material de cualquier oyente fanático de los 70' y 80'. 

Su padre fue alguien sumamente culto en ese ámbito. Todos aquellos objetos que actualmente se escondían en el cobertizo, paralizados en el tiempo y abandonados por la humanidad, pertenecieron alguna vez a su progenitor. Su familia consideraba sagrada sus pertenencias, jamás las tiraron, pero tampoco las siguieron utilizando luego de que falleciera. La nostalgia los invadía una vez que escuchaban las notas y las voces de los cantantes, y, tarde o temprano, terminaban llorando, concienciándose de que nunca más volvieran a ver la sonrisa de aquel hombre, percatándose de que, las canciones, a partir de ese día, empezaron a escucharse inusualmente solitarias.

Y aunque el lugar tenía un aire lúgubre ambientándolo, no sentía tristeza por la muerte de su padre, murió cuando él era muy pequeño; de un día para el otro dejó de volver a casa y no fue hasta que maduró que se dio cuenta de que esperaba la llegada de alguien que ya no estaba en ese mundo. 

Suspiró y negó, intentando dejar de lado aquel triste suceso. 

Dirigió su vista ahora a un gran objeto que acaparó su atención nada más entrar, pero que quiso dejarlo como plato final. Tenía quizás un metro de alto y dos de largo, ocupaba todo el espacio restante del cobertizo. Estaba cubierto por una manta amarillenta, sucia y propia de un desván abandonado hace un siglo. El polvo caía con tranquilidad, siendo iluminado gracias a un pequeño ventanal que había en la parte superior. Deslizó sus dedos por la tela del objeto, tenía una forma particularmente extraña, particularmente nostálgica, aunque todavía no era capaz de distinguir qué era. Sus yemas se tiñeron de gris, acumulando polvo en la piel. Agitó los dedos, desprendiéndose de aquella escarcha de suciedad.

Inexorable. | TakemikeyHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora