solitaria y vacía.

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Enterró la mitad del rostro en la almohada, perezoso, observando con el único ojo disponible su mano, como si fuera la cosa más interesante del mundo. Un mechón de pelo cayó inevitablemente de su hombro al colchón. Sus dedos se notaban ásperas, de tanto pelear... de tanto conducir... quién sabe, no lo sabía, pero tampoco es que le importase realmente. Era de madrugada, no podía dormir bien, esa misma noche había discutido con Takemichi. Quizás se pasó, quizás actuó deliberadamente, no lo sabía a ciencia a cierta. Quizás Takemichi no merecía ese trato y quizás hasta tenía razón sobre lo de desmantelar Kanto Manji, sin embargo, jamás lo sabría con certeza. Intentaba dormir, pero el mismo tema lo acechaba y lo mantenía despierto, haciendo el ademán de que se lo replanteara de verdad y no lo dejara pasar como si fuera algo tan mundano, como si fuera la lista de la compra.

Su propia mente le pedía que pensara de verdad qué demonios estaba haciendo con su vida; tenía la oportunidad de mejorar, ¿Por qué no la aceptaba? Vivía con miedo de arruinar la vida de otros, porque quizás él era el desencadenante que conseguía que los demás se desviaran del camino del bien, y quizás hasta tenía razón, porque el futuro más acertado se debió a que él se había apartado de la vida de los demás. 

Pero claro, Takemichi no estaba conforme con ello y quiso cambiarlo... Gruñó y cerró la palma de su mano. Quiso cambiarlo porque no quería vivir un futuro donde él no estuviera feliz. ¿Tan importante era él para Takemichi?, ¿Tanto para hasta arruinar el mejor futuro que habían tenido hasta ahora? Suavizó la expresión mientras desviaba la mirada a otra parte de la habitación, perdiendo los ojos en las estelas azuladas de la luna. 

Quizás sí se había comportado como un imbécil. Pensó, cambiando de posición y terminando por mirar el techo. Quizás sí había sido un desconsiderado con Takemichi. Entrecerró los ojos. 

No podía ser así de terco por siempre; se había divertido yendo a comer con él, a la playa y hasta yendo a la dichosa terapia; se había divertido jugando y montando puzzles, aunque no le gustasen su textura; se había divertido estando a su lado, aunque sí tenía una vocecilla en su cabeza que le decía eso está mal. Se había divertido, pero todavía tenía miedo de que su presencia pudiese arruinar el futuro, pues, enemigos tenía muchos y amigos ninguno, ¿Qué posibilidades había de que alguno de ellos quisiera tomar venganza? Muchas posibilidades, iguales o superiores de que, entre todos esos vengativos, existiera alguno con la misma inteligencia o perseverancia que Kisaki, que puso todo patas arriba sin siquiera ser un viajero en el tiempo, con apenas un único intento para destruir Touman. Entonces, díganle, díganle que posibilidades había de que la historia se repitiese. Díganle que posibilidades había de que más muertes surgieran por su culpa, díganle las posibilidades que había de que se derramara más sangre de la necesaria.

Dígan--

De repente, su teléfono móvil sonó. Frunció el ceño, giró el rostro hasta su mesita de noche, escuchando el tono de llamada. 

¿Quién lo estaba llamando a esa hora? Era de madrugada. Solo aquellos que retrasaban sus problemas terminaban con insomnio. 

Con irritación en sus colmillos, terminó agarrando perezosamente el aparato del demonio, desplegándolo para ver el remitente. 

Draken

Arqueó una ceja, ¿Qué hacía Draken llamándolo de madrugada? Abrió la boca con confusión, sin comprender bien que estaba sucediendo. Sin embargo, al final, decidió aceptar el llamado, algo irritado ya del tono del teléfono, teniendo la vaga idea de en un futuro cambiarlo, ya que era horroroso.

Inexorable. | TakemikeyHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora