hipócritas.

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— ¿¡Acaso no te advertí que te alejaras del Rey !?

Un golpe seco resonó en el callejón, Takemichi perdió el equilibrio y cayó de bruces encima de los tachos de basura, derribándolos y provocando un estruendo en consecuencia. Se golpeó la espalda contra el metal y luego contra el suelo, ahogó un quejido de dolor mientras se sobaba la columna vertebral. Su mandíbula también dolía, su boca le sabía metálica, tal vez se había mordido la lengua al recibir el golpe, pues no sentía ningún dolor en sus dientes. La quemazón empezó a aparecer en su mejilla, además del evidente mareo. El lugar se sumergió rápidamente de una apestosa fragancia, la basura se había desperdigado por el suelo.

— ¡¿Ah!?, ¿¡Solo por qué lo digas tú crees que te voy a hacer caso!? — Saltó a gritar Takemichi, dominado por la furia y la adrenalina, escupiéndole sus palabras a Sanzu, con recelo escapando de su lengua. Tenía el ceño fruncido, sus ojos entrecerrados y elevaba el mentón para mirar, sin miedo, al de cabellos rosados. Sus codos y antebrazos estaban acostados en el pavimento, los hombros rozaban su cuello. Se levantó un poco, quedando sentado, se agarró la camisa. — ¡Qué te jodan!, ¡¿Sabes!? — Masculló con furia contenida, mostrándole los dientes, rechinando del enojo. 

Sanzu entrecerró los ojos, perdiendo los estribos y su elegancia. No iba a permitir que se revelase, aquel conejo debía de estar asustado, no revelándose por un ataque de adrenalina y demencia. Se acercó a paso rápido y le agarró de la camisa, escuchando hilos romperse. Sus nudillos se fundieron a blanco y lo levantó varios centímetros del suelo, quedando frente a frente. — Esta es mi última advertencia, Hanagaki; o te alejas del Rey... — Afiló sus ojos, mostró los colmillos, pues no llevaba mascarilla. — ...o juro que te mataré. — Escupió aquellas palabras con asco, enojo y desprecio, observando el tintineo de miedo en los ojos de Takemichi. Sanzu no esperó ninguna respuesta y le encestó otro golpe en el rostro, empujándolo de nuevo al suelo.

El canario giró, por inercia, su rostro hacia el pavimento, notando como le habían roto el labio y como la sangre se le escurría de entre los dientes, cayendo gota a gota hasta golpear el piso. Respiraba jadeante, la cabeza le daba vueltas. Tenía raspones en las palmas de sus manos y en sus rodillas, seguramente moretones saldrían más tarde. Cerró con fuerza los ojos, intentando aguantar el dolor. 

Un coche pasó cerca del lugar, haciendo eco cuando el sonido entró por el callejón, rebotando en las paredes múltiples veces hasta escapar por la hendidura del cielo. Takemichi escupió la sangre, pintando el pavimento de carmesí, pincelando el sucio suelo de una alfombra terciopelada roja. Tosió repetidas veces y escurrió los restos con su muñeca, observando luego el resultado del lienzo. Odiaba el sabor de la sangre. 

Levantó la mirada sin brillo en sus ojos, observando con recelo a Sanzu, con el mismo odio que este le tenía. Compartían la furia y la molestia que tenían. Mostró los dientes con hilos de sangre, enojado.

Sanzu, por su parte, agudizó la mirada. Lo miraba desde su pedestal, tan arriba como siempre. 

Odiaba al Hanagaki, lo odiaba con toda su alma, le irritaba la cercanía que tenía con el Rey, además de su obstinada determinación en intentar llevárselo de su lado. Suspiró con molestia deslizándose por su lengua. Volvió a colocarse el cubrebocas negro y miró despectivamente a Takemichi desde las alturas, no pudiendo soportar ni siquiera su presencia. Que siguiera vivo era una impertinencia. Tener que compartir mundo, oxigeno, con él, era un horror. Pensó Sanzu, más que dispuesto de querer cumplir su amenaza. Rodó los ojos y dio media vuelta, no queriendo quedarse por mucho más tiempo en ese podrido lugar. El giro de talón hizo volar su cabello recogido en una cola de caballo. Caminó hacía la salida dando fuertes pasos.

Inexorable. | TakemikeyHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora