La vida de Manuel Barboza fue complicada desde su nacimiento: rechazado por su padre, abandonado por su madre, educado por un hombre que no tenía un lazo de sangre con él.
Deseoso de mostrarle al mundo sus habilidades, enfrenta los problemas de su...
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Desde la llegada del corsario inglés, las actividades en la Isla del Coco fueron normalizándose conforme al avance de los días. Los avistamientos de las naves de vela negra se presentaban diariamente, lo que le decía a Julia que la reunión anual estaba por iniciar. Pronto, la Isla del Coco estaría llena de piratas que aprovechaban su llegada a tierra firme para embriagarse, apostar y visitar el burdel de la Gitana.
Todo fluía normal, según Julia, quien se encargaba de coordinar todas las actividades que tenían que ver con la compra y venta de mercancías junto con el abastecimiento de las naves piratas.
«La mejor época del año para hacer negocios», pensaba cada vez que se acercaba la reunión anual.
Sin embargo, ese año era diferente para todos los capitanes que se presentaron al importante evento.
La presencia del inglés comenzaba a causar intrigas y especulaciones en quienes deseaban conocer las razones de la visita del capitán White: el hombre rubio que se paseaba por la isla como ave en el cielo.
—No puedo dejar de observarlo —le expresó Julia a Alejandro, mientras miraba a White salir de su cabaña.
—¡Sólo deja de hacerlo! —intervino Alejandro en un tono de reprimenda—. De cualquier manera, lo tenemos vigilado.
—Sí, lo sé y estoy segura de que él también a nosotros, pero no puedo dejar de sentir escalofríos cada que lo veo venir —expuso sin retirar los ojos del camino que daba a la playa.
—¡Julia, actúa normal! —El rubio se relajó en una silla a la sombra del pórtico de Julia—. Nos pones nerviosos a todos con tus especulaciones, ¿por qué no haces lo que te dijo la Gitana?
—¿Qué cosa? ¿La cena en su honor? —preguntó dejando de lado el camino de White.
—Sí, la cena sería una manera de hacerle saber que no nos intimida su presencia, sino que es bienvenido.
—Es obvio que no es bienvenido y me inquieta demasiado pensar que ese hombre mató a su familia —replicó la mujer con descontento—. ¿Qué cosa hará con nosotros? ¿Comernos?
—A todos nos inquieta, Julia. Además, los ingleses no son caníbales; en cambio, la tribu que tienes del otro lado de la isla sí lo es —explicó Alejandro, colocando ambos pies sobre un taburete de cuero y madera.
—Sí, pero ellos son amigos, no me comerían o al menos eso creo —soltó reclinada sobre la cerca de su pórtico, luego levantó la mirada y se recordó a sí misma uno de sus pendientes—. Hablando de amigos, ¿has visto a Elena? —preguntó arqueando una ceja.
Alejandro dejó de afilar su espada para dirigir su atención a Julia.
—Danielle también está preocupada, dice que hace más de dos días no la ve, incluso la buscó en su cabaña, pero el mismo Barboza le dijo que dormía.