La vida de Manuel Barboza fue complicada desde su nacimiento: rechazado por su padre, abandonado por su madre, educado por un hombre que no tenía un lazo de sangre con él.
Deseoso de mostrarle al mundo sus habilidades, enfrenta los problemas de su...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Los colores del amanecer detonaban sobre el horizonte mientras cada vez más grande se hacía el sol. Era el ruido de las olas del mar junto con el cantar de las gaviotas lo único que los oídos de Elena percibían. La castaña estaba sobre la arena, con los pies descalzos, sin una tregua que minimizara su dolor. El llanto no se detenía bajo ningún consuelo, pese a que ella deseaba un cese, estaba cansada de sufrir. Su cuerpo agotado exigía un descanso, del mismo modo que el alma y la mente demandaban serenidad. Con suma atención, observaba la fuerza con la que las olas golpeaban los cascos de los galeones españoles que se mantuvieron de pie después de la batalla. Esa mañana, el mar amaneció rebelde e intolerante, casi como si supiera que la bestia que le dominó por muchos años, dormiría en su profundidad.
«Sé lo que debo hacer», pensó Elena luego de mirar los restos de la María encallada en las rocas que protegían el lado derecho de la isla del coco.
La mujer padeció un ardor en el pecho al recordar que esa nave fue el hogar que compartió con su padre desde los ocho años.
Gonzalo apareció tras de ella, aun con las palabras de Barboza resonando en su cabeza. La protegería desde ese mismo instante, aunque enamorarla no era algo que quería comenzar pronto. Prefería esperar a que su hijo naciera, esperar que el llanto fuera reemplazado por sonrisas, esperar a no sentir que lo traicionaba.
—Julia dice que organizará un gran funeral para esta misma tarde —informó el contramaestre.
Elena no volvió la mirada del imponente mar. ¿Qué caso tenía ver la lástima en los ojos de todos? Ya era suficiente de aquello. Estaba decidida a enterrar a su marido, tomar a su hijo y salir de ahí de inmediato.
—Está bien —respondió sin volverse.
—Ella dice que tu padre no fue enterrado, sino cremado, pero que puedes elegir el lugar para enterrar el cuerpo de Barboza, así los muchachos podrán...
—No quiero que lo entierren —interrumpió Elena con la mirada todavía en el mar.
Gonzalo arqueó una ceja, mas no lo distrajo la frialdad con la que Elena dio su respuesta.
—¿Qué quieres que hagamos?
—Quiero que lo lleven a La María —declaró la viuda volviendo finalmente el rostro.
—La María quedó hecha pedazos, Elena. Terminará por desarmarse y quedará flotando en pedazos o en el fondo del mar. Puedes verlo por ti misma, desde aquí —respondió el contramaestre reacio a seguir sus órdenes.
Sin embargo, Elena parecía desinteresada en todo lo que este tuviera para decir, tenía la rebeldía de creer que sus ideas era lo que se debía hacer.
—No será así. Llevarás el cuerpo de mi esposo a La María y le prenderás fuego. Tanto ese barco como su capitán tendrán su final en cenizas y en el mar.
Gonzalo luchaba por entender lo que Elena quería lograr; no obstante, supuso que objetar sus decisiones sólo sería alimentar su terquedad.
—De acuerdo, tú decides —consintió con pesadez en el habla—. También debes saber que las otras dos naves que navegó Barboza: La Condesa y La Elena; siguen en óptimas condiciones para navegar.