Especial

29 2 0
                                        

En la aldea del desierto de Sunagakure, donde la arena parecía infinita, algo extraño comenzó a suceder

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

En la aldea del desierto de Sunagakure, donde la arena parecía infinita, algo extraño comenzó a suceder. El cielo, que siempre era un mar de azul abrasador, se llenó de nubes blancas, suaves como algodón. La aldea entera detuvo su rutina; el aire se llenó de murmullos y miradas perplejas.

—¿Qué está pasando? —preguntaban algunos, mientras otros buscaban explicaciones imposibles. Tal vez era un milagro, o simplemente el mundo había decidido darles una sorpresa. Pero fuera lo que fuera, todos sabían que era algo único.

Entonces, sucedió. Los primeros copos de nieve comenzaron a caer, tan ligeros como susurros. Se deslizaban desde el cielo como si dudaran en tocar un terreno tan inhóspito. Las dunas doradas se fueron tiñendo de blanco, y en cuestión de minutos, la aldea entera parecía sacada de un cuento. Los niños, incrédulos al principio, salieron corriendo a las calles, dejando escapar risas que se mezclaban con el viento frío. Los aldeanos se asomaban por las ventanas, sonriendo con una mezcla de asombro y alegría.

En la torre del Kazekage, Gaara observaba todo desde la gran ventana de su despacho. Sus ojos, normalmente serenos y contenidos, brillaban con un destello que rara vez se veía. Había algo en esa escena que rompía las barreras de su habitual calma. A su lado, Naruko Uzumaki, cuya presencia en su vida siempre era un caos maravilloso, sostenía a su hijo Isamu en brazos. El niño, con cabello oscuro como la noche  y ojos tan azules como los de ella, miraba los copos con la fascinación de quien ve magia por primera vez.

—Es hermoso, ¿verdad? —dijo Naruko, su voz baja pero cargada de emoción. Tenía esa forma de hablar que hacía que todo pareciera más vivo, más real.

Gaara asintió, su perfil recortado contra la luz blanca que entraba por la ventana.

—Nunca imaginé algo así aquí. Es... inesperado. Pero hermoso.

Isamu se retorció ligeramente en los brazos de su madre, señalando hacia la ventana con una emoción que no podía contener.

—¡Quiero tocarla! —dijo con una risa que llenó el espacio.

Naruko sonrió, acariciando suavemente su cabello.

—Definitivamente tiene mi energía —bromeó, pero sus ojos se detuvieron en Gaara, buscando algo más profundo en su mirada.

Gaara los observó, y por un momento, sus habituales murallas emocionales parecieron desmoronarse. Había ternura en sus ojos, una que reservaba solo para ellos.

—Podemos bajar después. Quiero que Isamu recuerde esto. Pero antes... —Caminó hacia su escritorio, donde había dejado dos cajas envueltas con esmero en papel rojo decorado con detalles dorados.

Naruko levantó una ceja, curiosa.

—¿Son regalos? —preguntó, aunque la respuesta ya era evidente.

Gaara asintió.

—Uno es para ti. Y este... —Extendió la segunda caja hacia su hijo.— Es para Isamu.

愛  | GaaraDonde viven las historias. Descúbrelo ahora