Chapter 1: Buenas y malas noticias

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Hermione había llegado la primera a su reunión de amigos. Sentada a una de las mesas del Caldero Chorreante y con un humor de perros, pasaba distraídamente las páginas de la revista Corazón de Bruja, intentando matar el tiempo hasta que llegasen los demás, en vez de matar a un parroquiano de la posada que miraba su cuerpo de forma descarada y lasciva, como realmente le hubiese gustado. No podía creerlo, ella siempre tan responsable, tan puntual, y parecía que nadie tendría nunca ese mismo detalle con ella, ni siquiera sus mejores amigos. Estaba harta de ser la chica buena, de dar la cara por todo y por todos, de luchar por todo; sí, estaba harta, más que harta, por eso habían rodado cabezas, la primera, la de Ron. Imaginaba cómo Harry y Ginny tomarían la noticia de la ruptura de su "eterno" noviazgo con Ron, cuando esa tarde ella se lo contase. Si creían que sólo ellos tenían noticias, iban más que apañados. Seguramente, Ginny iba a darles la nueva de su próxima boda con Dean Thomas, una noticia a voces, en realidad, que andaba ya en boca de toda la comunidad mágica; y Harry… no tenía ni idea de qué iba a contarles Harry, pero fuese lo que fuese, seguro que no sería un bombazo de la talla de lo que ella misma iba a confesar. En caso de que Ron no lo hubiese soltado ya, pero si era así, poco le importaba.

Apunto de perder la paciencia, pidió a Tom una cerveza de mantequilla, que el hombre le sirvió con diligencia. Le pareció que él deseaba darle conversación, pero debió darse cuenta de que no estaba el caldero para pociones de amor, así que apenas hubo movido los labios, lo pensó mejor y se retiró detrás de la barra con una sonrisa amable.

Así que volvió a pasar las páginas de Corazón de Bruja con desgana, hasta que un rostro totalmente familiar le sonrió desde una de ellas. Desde una foto a todo color que ocupaba una página entera, Harry, vestido con un más que elegante smoking y mostrando su más encantadora sonrisa, saludaba acompañado por una hermosísima señorita rubia, que enseñaba su perfecta dentadura agarrada a un brazo del imponente galán. Ambos habían sido sorprendidos al abandonar una recepción que el Ministerio de Magia Inglés había dado en honor del embajador del Ministerio de Magia Canadiense, de visita en el país.

"Nueva acompañante, viejas palabras – era el titular del artículo, que ocupaba dos páginas más. - Harry James Potter, exitoso Subdirector del Departamento de Seguridad Mágica con tan sólo veintiséis años, por todos conocido como El Salvador, y el más codiciado soltero del mundo mágico, al ser descubierto anoche de la mano de una rubia escultural, hija de una de las familias de magos con más tradición y abolengo, respondió una vez más a nuestro reportero con estas palabras: Ella es sólo una amiga. Al preguntarle si en el caso de que ella fuera la elegida para ocupar su corazón él nos lo diría, sonriente, respondió: Tranquilos, cuando me encontréis de la mano de la mujer que amo, os lo diré. Así que brujas del mundo, no perdáis la esperanza, parece ser que todavía él no ha hallado a la mujer capaz de conmover su valeroso corazón. "

- Por favor, Harry… - la chica se quejó para sus adentros con una mueca de desagrado, a la vez que dejaba de leer, harta de tonterías.

- Merlín, qué guapo está – escuchó un quedo susurro sobre su cogote.

Algien se había dedicado a leer sobre su cabeza sin que ella hubiese reparado en ello, y ese alguien no era sino Ginny, que acababa de llegar. La pelirroja había pronunciado aquellas palabras sin darse cuenta, pero Hermione pudo captarlas a la perfección, y reconociendo inmediatamente la voz de quien había hablado, giró el rostro y miró a su amiga de forma desaprobadora, en silencio.

- Otra más para su colección – Ginny añadió, Hermione hubiese jurado que llena de celos, refiriéndose a la despampanante rubia que lo acompañaba en la foto.

- Tú, menos que nadie tienes derecho a quejarte – la castaña la amonestó con voz cortante.

- ¿Por qué dices eso? ¡Yo puedo opinar sobre él como cualquier otra persona! – respondió la chica, ofendida, mientras tomaba asiento junto a la otra en una de las sillas que quedaban libres – Seré su amiga, pero no tengo porqué alegrarme de que se haya convertido en un Casanova que cambia de pareja como de camisa.

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