El joven corría a toda velocidad entre los árboles, tropezando con raíces y ramas que arañaban su piel. Su respiración era frenética, cada inhalación un cuchillo en los pulmones, mientras su corazón martillaba desesperado en su pecho. Sentía que en cualquier momento se desplomaría, pero el miedo lo empujaba a seguir.
Se lanzó detrás de un tronco grueso, presionando su espalda contra la corteza húmeda. Intentó controlar el aire que salía entrecortado de su boca, pero los jadeos lo delataban. El bosque estaba sumido en una oscuridad casi absoluta, tan densa que parecía tragarlo todo. Solo su respiración era audible, eco de su fragilidad.
Con cautela, asomó la cabeza hacia el sendero por donde había venido. Nada. Ni un movimiento, ni una silueta. Solo el silencio agobiante que pesaba como una losa. Tragó saliva, intentando convencerse de que estaba a salvo.
Pero al girar de nuevo la cabeza, el aire se heló en sus pulmones.
La criatura estaba frente a él. A apenas un paso de distancia.
Sus ojos brillaban con una luz siniestra y su figura, imposible de describir del todo, parecía absorber la poca claridad que quedaba. El joven soltó un sollozo ahogado, cayendo de rodillas.
—P-por favor… no… no me mates… —suplicó con la voz rota, lágrimas cayendo por su rostro.
El ser lo contempló en silencio, inclinado hacia él como un depredador que disfruta del terror de su presa. Entonces, sin titubeo ni compasión, alzó la mano y la hundió en su pecho con una fuerza inhumana.
El grito del muchacho desgarró la quietud del bosque, un alarido de dolor y desesperación que se extinguió de golpe cuando la criatura arrancó su corazón palpitante.
El cuerpo se desplomó contra el suelo con un golpe seco, mientras la sangre impregnaba la tierra.
El ser observó el corazón entre sus dedos, aún latiendo, y una sonrisa oscura se curvó en su rostro.
La noche volvió a quedar en silencio. Solo quedaba el cadáver y aquella risa tenue, escalofriante, que se desvanecía con el viento.
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•••
Los últimos días habían sido un infierno en Forks. Los asesinatos se multiplicaban y Charlie pasaba las noches hundido en expedientes y pistas que nunca llevaban a nada. Bella, en cambio, había caído en una profunda depresión; apenas comía, apenas dormía, y sus ojos parecían perderse siempre en la nada.
Esa tarde, estaba sentada frente a la ventana, mirando sin ver, cuando una voz quebró el silencio.
—Eres tan patética.
Bella giró levemente. En el marco de la puerta, apoyada con aire despectivo, estaba “Villanelle”. La sonrisa torcida en su rostro no era la de siempre; había algo más oscuro, más frío.
—Edward te dejó, ¿y qué? —continuó con burla—. La vida sigue.
Bella apretó los labios y desvió la mirada. —Déjame en paz, Villanelle.
La otra rió con suavidad, pero sus palabras fueron un puñal.
—Villanelle también es patética, pero si no fuera por Alice, jamás habría tenido el control. Le debo las gracias.
Bella frunció el ceño, confusa. —¿Qué estás diciendo?
El ser dio un paso adelante, y por un instante sus ojos cambiaron de color, brillando con una intensidad antinatural. —No soy Villanelle. Soy lo que habitaba dentro de ella… y ahora soy libre.
El corazón de Bella se aceleró. De pronto, las piezas encajaron. —Fuiste tú… —susurró con horror—. Tú eres quien está detrás de los asesinatos.
Una sonrisa cruel se dibujó en ese rostro familiar. —Así es.
—¿Por qué? —la voz de Bella temblaba.
—Porque el dolor y las lágrimas son mi diversión. Nada se compara a escuchar los gritos de mis víctimas, a verlos suplicar, a sentir cómo el miedo los consume antes de morir.
Bella retrocedió un paso, con el estómago encogido. —Eres un monstruo.
El ser sonrió ampliamente, disfrutando de la palabra. —El más despiadado y cruel que verás jamás, Isabella. —Se inclinó apenas hacia ella, como un depredador jugueteando con su presa—. Debería acabar contigo aquí mismo. Sería un favor para todos los que leen esta historia… porque todos te odian.
Bella se quedó helada, sin aliento, incapaz de responder.
El ser rió suavemente antes de girar hacia la puerta. —Pero no… —dijo con tono divertido—. Creo que te dejaré para más adelante. Lo mejor se guarda para el final.
Y con esa sonrisa maldita, se desvaneció en la penumbra del pasillo, dejando a Bella paralizada de puro miedo.
•••
—Te irás a Jacksonville, con tu madre —dijo Charlie cuando ambas chicas bajaron de la camioneta, su voz firme pero cargada de preocupación.
“Villanelle” se inclinó ligeramente hacia Bella, susurrando con frialdad.
—Nos harías un favor a todos si te vas.
Bella frunció el ceño y negó con determinación:
—No me iré de Forks.
Charlie suspiró, mirando a su hija con ojos llenos de pesar. —Él no volverá…
—Lo sé —murmuró Bella, con la voz apagada.
—Este comportamiento… —dijo Charlie, girándose hacia “Villanelle”—. Bella, esto no eres tú. No son ustedes. —Su mirada se endureció un instante—. Eso me aterra.
—Yo me siento muy bien— dijo “Villanelle” sonriendo con esa media sonrisa inquietante.
Charlie la miró por unos segundos. Y luego miró a Bella.
—Podrias ir con tu madre. Te vendrá bien… conocer gente nueva, hacer nuevos amigos.
—Me gustan mis amigos de aquí —respondió Bella, cruzando los brazos y evitando la mirada de su padre.
—No los has visto últimamente —replicó él, con un dejo de advertencia.
Bella hizo un gesto con la mano, como restando importancia.
—Iré de compras con Jessica mañana. Se me olvidó avisarte.
Charlie suspiró nuevamente, resignado:
—Está bien… lleva también a Villanelle.
—Gracias, pero no, gracias —respondió la peli-negra con un tono cortante mientras entraba a la casa, ignorando deliberadamente la mirada de Bella y su padre.
El silencio quedó flotando unos segundos, pesado y cargado de tensión, antes de que Charlie cerrara la puerta con un suspiro resignado, consciente de que nada volvería a ser igual.