V

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La mujer abrió la puerta antes de que Villanelle pudiera tocarla. La esperaba, su silueta inmóvil contra el resplandor débil de una lámpara en el interior.

—¿Está arriba? —preguntó ella sin rodeos, su voz firme, aunque su mirada la traicionaba con un dejo de inquietud.

Esme asintió.

—Sí. Pero... —Se apartó para dejarla pasar, mordiéndose el labio antes de añadir—. No ha estado bien.

—¿Desde hace cuánto?

—Días. No ha ido a cazar. No quiere hablar con nadie.

Villanelle inclinó la cabeza ligeramente, procesando la información, antes de subir las escaleras. El silencio en la casa era opresivo, roto solo por el crujido de los peldaños bajo sus pasos. Al llegar a la puerta de la habitación, dudó por un momento. Tocó suavemente, pero no hubo respuesta.

—Alice, soy yo.

Nada.

Giró el pomo y entró.

Alice estaba allí, en el rincón más oscuro de la habitación, recostada en un sillón con los brazos colgando a los costados. Su cabello desordenado cubría parte de su rostro, pero no lo suficiente para ocultar el vacío en sus ojos. Sus ojos, antes vivaces y llenos de una chispa que siempre la había definido, estaban apagados, mirando un punto inexistente en la penumbra de la habitación. Su rostro, pálido y demacrado, revelaba noches sin descanso y una desconexión absoluta con el presente. Parecía un espectro, alguien que había sido drenado de todo lo que la hacía ella misma.

—Alice... —Villanelle susurró, cerrando la puerta tras de sí. Dio un paso hacia ella, luego otro, cada movimiento calculado, como si temiera que un movimiento brusco pudiera hacerla desaparecer.

—Soy una terrible compañera... —murmuró Alice, apenas moviendo los labios. No alzó la vista, no se inmutó ante la presencia de Villanelle.

El corazón de Villanelle se apretó al escuchar esas palabras, cargadas de un dolor que ninguna criatura, ni siquiera ella, debería soportar.

—Alice... —dijo con suavidad mientras se acercaba, manteniendo su voz baja como si temiera que un tono más alto pudiera romperla. Se arrodilló frente al sillón, buscando la mirada de Alice—

Alice parpadeó, como si esas palabras hubieran alcanzado una pequeña fisura en el muro que había construido a su alrededor. Pero no respondió.

Villanelle extendió una mano, tocando apenas los dedos de Alice, buscando un contacto que pudiera anclarla de vuelta a la realidad.

—Te hice daño —susurró con voz quebrada, como si las palabras le costaran un esfuerzo físico—. Les hice daño. No merezco que me necesiten... nunca me lo voy a perdonar.

Villanelle sintió el dolor de Alice, ese que no era solo el suyo, sino también el de todos aquellos a quienes había afectado. Pero, al mismo tiempo, vio la resistencia en su alma, la misma que la había llevado a luchar siempre, sin rendirse. Se arrodilló frente a ella, buscando acercarse sin presionar, sin apresurarla.

—Lo importante es lo que hagas ahora —dijo con calma, tocando suavemente su brazo. Sus ojos reflejaban una convicción que solo se adquiría con el tiempo y la experiencia—. El pasado no lo podemos cambiar, Alice. Pero lo que hagas en este momento, cómo decides seguir, eso es lo que importa.

Alice apretó los labios, y su cuerpo pareció hundirse aún más en la tela del sillón, como si quisiera desvanecerse en el aire. Se pasó una mano por el rostro, como si intentara borrar lo que sentía, como si intentara borrar su propia existencia.

—Ella me odia —dijo, su voz temblando con una tristeza que resonó en cada rincón de la habitación.

—Alice... —Villanelle la miró fijamente, sin apartar la mirada ni por un segundo. El dolor que transmitía esa confesión la atravesó como un rayo, pero no titubeó—. Estuviste años intentando acercarte a mí, y nunca te rendiste. Eres persistente con lo que deseas, lo has demostrado una y otra vez. Sé que podrás lograr que Darkness te perdone. Sé que puedes.

Alice levantó la vista lentamente, y por un breve momento, sus ojos encontraron los de Villanelle. En ellos, no había solo dolor, sino también una chispa de esperanza que, aunque tenue, comenzaba a prender.

—¿De verdad lo crees? —preguntó en un susurro, casi como si dudara de su propia capacidad para cambiar las cosas.

Villanelle no respondió de inmediato, pero sus manos apretaron las de Alice con una firmeza reconfortante, como si quisiera infundirle la fuerza que ella misma había encontrado a lo largo de los años.

—Lo creo.

Un leve temblor recorrió el cuerpo de Alice, y por un instante, Villanelle creyó ver una chispa de reconocimiento en sus ojos.

—Me veo horrible, ¿verdad?.

—No te lo puedo negar, tu sonrisa y ojos brillantes es lo que me gusta más de ti, y no quiero que eso desaparezca nunca.

Alice sonrió apenas.

—Te traeré algo de sangre. ¿Algo en especial?

—Venado.

Villanelle le dio un beso en los labios antes de irse.


































DARK • Alice CullenHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora