CAPÍTULO XX

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El techo blanco era de lo más interesante para Ignacio en esos momentos. Había pasado unas dos horas acostado en su cama mirando el cemento. En el primer piso aún se oían los gritos de su padre a su madre y viceversa, otra discusión de la que ya estaba más que acostumbrado. Sin embargo siempre le dolía. Desde que tenía memoria se acordaba de las constantes discusiones, de las veces en las que él solo quería quedarse en su armario mientras abrazaba a su curioso peluche amarillo.

Se giro por primera vez en ese día a la ventana y miró para afuera de ella, las nubes eran preciosas, los árboles a pesar de estar algo secos por la bienvenida del invierno se veían realmente grandiosos , el sol irradiaba magníficamente. Era una obra  superflua.

Sonrió melancólico ¿Porque no podía gozar de esos preciosos colores? ¿Porque ni si quiera le alegraban un poco?

Los gritos se detuvieron unos instantes pero Ignacio no se movió, esperando que continúen o peor, que empiecen los golpes.

"¿Que hice?" pensó con las lágrimas a flor de piel, importando aun menos lo que pasaría abajo. Después de haberle dicho cosas hirientes a cierto pelirrojo salió directo a su casa, demente, no le importo que haya tenido clase de química después, tenía que huir, salir de ese lugar porque solo le enfermaba. Pará su desdicha su casa no era mejor, todo lo contrario.

Se levantó de su cama de golpe, con solo un abrigo y los ojos rojos. Sus padres ya no estaban abajo y agradeció que después al menos no encontraría a su madre con la mejilla morada o a su padre con algún arañazo.

Era un poco gracioso e irónico. Esa mañana le había gritado, le había dicho cosas horribles, sin que él hubiera hecho algo, sin que él le diera segundas intenciones. Y aún así estaba ahí, parado en aquel parque con la intención de verlo, al menos un momento. Se contradecía todo el tiempo, no debía tener esos pensamientos, se supone que tendría que darle asco pero solamente quería verlo y besarlo. Desde que lo conoció le había parecido intrigante y seguía sin saber por qué. Quizá le gustó el hecho de que él parecía no temerle o tener la intención de coquetear, quizá fueron sus rizos desordenados por sobre su cara, quizá fueron sus mejillas rosadas y sus delgados labios. Suspiró, estaba hundido ¿Lo peor? Le gustaba estarlo. Había huido tanto de algo que le parecía una enfermedad y se dio cuenta demasiado tarde que él ya la tenía.

Era un desastre de lágrimas, pero por primera vez no le importo que la gente lo vea llorar.

Noto una sombra al lado y se quedó petrificado en cuanto volteo a ver quien era ¿Podía estar soñando?

—Oh, disculpe, no sabía que este sitio estaba ocupado —soltó de repente con una risa, sintiendo un pequeño dejá vu.

Se asomo la cabellera roja y rizada que conocía, los lindos ojos claros que le llamaron la atención y los cuales había insultado lo miraban con ternura e Ignacio no se lo podía creer. Su cuerpo era una botella cerrada de sentimientos en conjunto, sentía vergüenza, angustia, tristeza y por sobre lo demás, alegría, que era la que prevalecía entre todas esas emociones.

—Perdón —continuó el francés, con su mano se razco la nuca y el color en sus mejillas al igual que su cabello se hicieron notar— ¿Te hice molestar? No fue mi intención confundirte,  nunca pensé que descubririas mi sexualidad, no quería que lo hicieras tampoco —suspiró  con pesadez— habían hablado cosas malas de ti y de lo que piensas, pero no quería creerlo.

Ignacio se estaba sintiendo mal consigo mismo y lo que escuchaba realmente le decía aún más, pero aún así sabía que el chico tenía razón. Siempre trato a los demás como si fueran inferiores, y a los que eran diferentes como raros. Llegó a pensar también que el estar con un hombre siendo tu uno es asqueroso, que era un mal que necesitaba tratamiento. No se sorprendía de que la gente hablara a sus espaldas.

—Y felizmente no lo hice —Ignacio lo miró con asombro—, llevamos ya casi un mes y medio hablando y puedo decir con certeza que no eres como tu quieres hacer creer. No sé qué pase por tu cabeza aún y no insistiré más en eso. Solo se que el Ignacio que conozco, es mejor que él que todos creen que eres.

Fue ahí cuando no aguanto más. Volteo a observarlo con la cara cristalina por las lágrimas y con la poca valentía que aún le cada a en el cuerpo le besó.

Cerró sus ojos en cuanto ambos labios hicieron contacto, su estómago se estremeció y su corazón parecía que saldría de su pecho. Ignacio había besado a muchas chicas antes, todas tenían labios similares: pequeños, suaves. Pero estos eran diferentes. Fue la primera vez que al besar a alguien se sentía tan lleno, tan dichoso, tan adictivo.

Pasaron unos segundos de tormento pues el contrario no reaccionaba, entonces el de cabello negro estuvo por separarse y pedir disculpas, cuando sintió una mano en su nuca que lo descolocó.

Se estaba sintiendo amado por primera vez en su vida, por primera vez hizo lo que quería y no lo que le decían que hiciera, al fin lo hizo. Sentia miradas de extraños al rededor pero les resto importancia, al menos una vez en su vida quizo vivir por el mismo y no por los demás.

Sabía que el color rojo era interesante, pero no supo que por él podría caer en el supuesto pecado que tanto le habían inculcado. Sonrió en medio del beso y agarro la cintura contraria. Oyendo la respiración del pelirrojo, entre abrió uno de sus ojos y la vista era simplemente hermosa, si los sabores se pudieran detectar por la vista, Ignacio estaba seguro que esa imagen era dulce.

Una vez se separó, lo abrazo con todas sus fuerzas, estaba muy avergonzado, y no quería verle el rostro aún, al menos no antes de haberse disculpado.

—Fui muy tonto —aspiró el olor a almendra y café que tanto había ansiado oler de cerca desde hace semanas, desde la primera vez que lo vio sentarse a su lado—, perdón, no tuviste la culpa de nada, solo perdóname, no fue mi intención decirte esas cosas, me gustaste y no supe como reaccionar, perdóname.

El pelirrojo río  y lo agarro por los hombros haciendo que el contrario lo mirase.

—Si eres un poco tonto —dijo sonriendo—,  y por su puesto que te perdono, además no te culpo —se agarro el pelo y se lo acomodó, Ignacio podia ver como sus ojos brillaban y como su rostro se veía tan precioso con el viento—,  soy demasiado lindo.

Ambos rieron. Ignacio se sorprendió un poco al ver su pequeño lado narcisista.

—Si,  lo eres.




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Yo como Rubik también debo pedir perdón ajdid,  no he estado bien mentalmente y el trabajo y estudios me consumen mi día.  Aún así no crean que dejaré la historia, cada vez que pueda y se me venga el aire artístico escribiré y seguiré que aún faltan unos cuantos cap y extras. Besito en el poyoyo



-Always un my heart.  M.






Nostalgia [killerrich]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora