CAPÍTULO V

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En cuanto sus ojos se abrieron y su mente se volvía más clara, supo que estaba jodido.

Ni siquiera sabía porque había aceptado.

Se talló uno de sus ojos con una mano y bostezó aún poco dormido. Agarró su celular viendo la hora, las cinco de la mañana. No había sonado la alarma aún, se había despertado bastante temprano. Otros días probablemente se habría envuelto con las sábanas y colchas como si fuese una oruga en media metamorfosis; más ese día, no lo hizo.

Se quedó mirando el techo vacío y pensó en como en este efímero tiempo, habían sucedido tantos acontecimientos; no solo un chico con cabellos marrones y risueño, sino también varios recuerdos que se habían hecho por demasía intensos. Sus labios partidos cada vez se herían más y sus ojeras se hacían notar cada segundo. Su rostro preocupado era la pintura que mostraba cada día.

Aunque a pesar de qué le hayan sucedido varias cosas, la mayoría no del todo buenas, y a pesar del estado en el que se encontraba que era bastante deteriorado, podría decir que estaba mil veces mejor a lo que se encontraba un año antes.

Las ganas de no seguir con vida habían disminuido; seguian estando ahí, desgraciadamente, pero no por completo.

La ansiedad era algo que desde muy pequeño había sufrido, era un chico solitario que detestaba tener personas a su alrededor, como si les tuviese una especie de fobia. Cuando tenía a varias a la vez y cerca, ideas horribles lo consumían y hacían que se envuelva en un cubo de agonía estresante. No se llevaba bien con nadie a pesar de ser un niño ejemplar. Fué así de solitario hasta que tuvo trece. Hasta que lo conoció.

Sus ojos grises reflejaban sinceridad, de sus labios siempre carmesí salían hermosas palabras y su cuerpo pequeño emanaba un aura de felicidad. Era un niño que a la mínima un rubor le cubría, y que tenía ideas descabelladas. Cuando dormía plácidamente en su regazo, recordaba como su cuerpo subía y bajaba en un ritmo paciente, una sonrisa era contenida y su cabello despeinado tenía un pequeño sudor en él, como cuando un bebé se despierta de una tarde jugando.

Sin embargo Ricardo sabía bien cuánto era lo que sufría. Lo sabía a la perfección, lo supo desde que se conocieron. Las lastimaduras de sus brazos, piernas, y los moretones verdosos y morados se relucían al igual que su sonrisa, eso no le tranquilizaba. Y a pesar de los abusos que sus compañeros de vez en cuando cometían hacia él, se dió cuenta que esos golpes no podría darlos un niño de su misma edad.

“—Rich ¿Crees que soy malo? —un Vandal de catorce años preguntó.

Lo miró sorprendido y algo molesto.

—¿Quién te dijo que eres malo? —le miró penetrante.

El aludido dirigió su vista hacia él y sintió sus ojos hacerse agua.

—Ayer me le enfrenté a mi padre porque iba a golpear a mamá—dijo, su rostro se hizo notar aún más melancólico. Sorbió por la nariz—, y me dijo que era un mal hijo, el peor. Y que...

—¿Y qué?

—Que no debería de haber nacido —su cabeza bajó desatando las lágrimas.

Estaba furioso, demasiado. Sus puños se cerraron. Era inaceptable decirle eso a alguien que no le hacía daño a absolutamente nadie. Era inaceptable que hablaran así de alguien tan hermoso. Le era inaceptable que le dijeran eso a un ángel.

—Escúchame Vandal —lo agarró de los hombros—, escúchame y créeme cuando te digo que eres importante, eres más importante que tú papá, que yo o que cualquier otro. ¿Sabes porqué?.

Nostalgia [killerrich]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora