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Para conmemorar la conclusión de la más reciente expedición emprendida por el mocerío de los Jóvenes Salvajes, Evan, fiel al protocolo y al fervor que imponía cada ceremonia, solicitó a los donadores unas palabras de clausura.

Lara, sin embargo, se encontró desprovista de ideas, su mente seca, se negó a ofrecerle siquiera una brizna de inspiración. Como dictaba la costumbre en tales momentos de vacío, buscó el consejo de Aleister. Decidió jugar segura, convencida de que así amparaba su acceso a los expedientes e informes.

—Usualmente los ponentes hablan de superación personal —le dijo él con la vergüenza de quien conoce de sobra el guion—. Podrías seguir esa línea. Aunque estoy seguro de que los jóvenes agradecerían un poco de verdad.

Lara sopesó el consejo. La prudencia se impuso. Optó por jugar seguro, convencida de que así protegía su acceso a los expedientes y a los informes confidenciales. No podía permitirse tropiezos. Aún había quienes murmuraban a sus espaldas, cuestionando su presencia en la organización, sembrando dudas sobre su influencia en los más jóvenes. Decían, con veneno tibio, que era una mala compañía, un riesgo.

Tal como presagió Aleister, los discursos de la ponencia se sostuvieron en relatos de superación personal. Los expositores desplegaron un carisma excepcional y una persuasión cuidadosamente cultivada.

El bullicio de los jóvenes, ansiosos por conocer la fecha de la próxima expedición, llenaba el auditorio. <<¿Cómo no van a estar emocionados?>>, se preguntó Lara. En ningún momento se había hablado de los peligros ni de los imprevistos, lo cual la puso en alerta. Sabía, por lo que había descubierto hurgando en los expedientes, que la próxima misión los llevaría a una isla perdida en el tiempo. Recordó lo acontecido en Yamatai.

Entonces, sostuvo con firmeza el guion que había preparado con esmero la noche anterior... y lo rompió en silencio, para no dar lugar al arrepentimiento por la decisión que acababa de tomar: hablaría de su experiencia.

Cuando llegó su turno, contuvo el aliento y alzó la vista hacia la multitud. El silencio que se extendió en la sala no era el mismo que acompañó a los demás expositores; era un silencio distinto, tenso, incomodo. Después de todo, se trataba de una Croft.

Aunque se esforzaba por ignorar la percepción pública consolidada, hallaba consuelo en saberse dueña de la verdad. Sin embargo, también sabía que, en este mundo, la "realidad social" era la que se proclamaba verdadera. Y eso le dolía en el orgullo, porque significaba que el honor perdido de su familia seguía siendo, para todos, una verdad válida.

—Hay un manto negro en la arqueología —pronunció con una determinación que acalló incluso a los jóvenes que, en ciertos momentos, se habían mostrado burlones.—Soy Lara Croft, Condesa de Abingdon... o al menos, de no haber elegido este camino, podría creerlo sin reservas —añadió con una sonrisa leve y una risita que apenas se dibujó en la comisura de sus labios.

Lara dejó vagar la mirada entre la multitud y se mordió internamente los labios antes de continuar, recordando el instante en que su apellido termino de sepultar su honor. Se sentía culpable. Continuó su discurso:

—Decidí dedicar mi vida a esta rama de la humanidad y su historia cuando asistí a una escuela de finalización en Suiza. Estaba herida por la muerte de mi madre, Amelia Croft.

Respiró profundamente antes de continuar.

—Mucho tiempo desprecié el trabajo de mi padre, Richard Croft. Por años me resentí por su presencia fantasmal después de la muerte de mi madre, me sentí abandonada y todo por sus investigaciones.

Se concentró en comunicarse adecuadamente.

— Y también porque sus descabelladas investigaciones junto al profesor Eddington, acerca de la inmortalidad, en especial cuando se manifestaba respecto a la isla mítica de las leyendas artúricas, Avalon. Se me juzgó a raíz de sus locuras.

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