Lara confirmó la existencia y el paradero de la llave que alguna vez decoró el enigmático Relieve de Burney. A primera instancia se dirigió al Vaticano, infiltrándose con tres identidades: primero como turista, luego como monja, y finalmente como monje, para moverse con mayor libertad por los pasillos.
Había estado un par de ocasiones ahí, sin embargo, estudió a profundidad los planos antes de llegar, pero necesitaba comprobar su fidelidad. Cada espacio consagrado al arte humano era un deleite visual, un compendio de culturas que nunca había visto. Desde ese momento, soñó con que su galería de reliquias fuera igual de impresionante.
Las bibliotecas abiertas al público eran enormes, igual que las restringidas. Tras un recorrido nocturno, Lara encontró una cocina pequeña y desatendida, donde aprovechó para trazar sus movimientos sin ser detectada. Esa misma noche, antes de que los monjes tuvieran que dejar la santa sede, un grupo de hombres logró burlar la seguridad. Ella estaba infiltrada vestida al igual que los monjes, la toga y el gorro cubrían su identidad.
—Todos en fila, rápido —ordenó uno, apuntando con armas a los ocho monjes presentes, incluyendo a Lara. Por el acento reconoció que eran estadounidenses.
Los monjes obedecieron, dejando el pan sobre la mesa. Los hombres declararon que buscaban "devolver a la iglesia lo que le hizo a la humanidad durante la Inquisición". Lara entendió, pero no podía permitir que corriera sangre y menos aun cuando podría terminar relacionada con dicho grupo si la descubrían.
Lara no veía claramente, el enorme gorro de la toga de monje le cubría la mitad de la cara y la periferia. Fijó la mirada en las manos temblorosas de un joven que le apuntaba con un arma, la cual sostenía de la misma forma que ella la primera vez que mató a alguien. Supo que era un novato por la manera de sostener el arma. Cuando uno de ellos bajó la guardia para admirar el terror que provocaban, Lara se lanzó: un rápido movimiento lo derribó y tomó su arma, adoptando una postura letal. Ordenó que bajaran las armas y, cuando la guardia se acercó, se escabulló entre callejones, desvaneciéndose como un fantasma.
Moviéndose ágil sobre los techos, llegó a la biblioteca más resguardada donde se custodiaban los libros bíblicos primigenios. La distracción causada por los jóvenes permitió que el lugar quedara libre de seguridad. Lara trabajó con precisión: fotografió todas las referencias a Lilith y se dirigió a la sala de reliquias. Allí, desde lejos, distinguió la figura faltante del Relieve de Burney: una cuerda de oro, brillante y singular.
El pilar donde reposaba estaba equipado con un sensor; para retirarla, colocó un libro de ángeles y tomó la pieza. Con la reliquia en manos, salió corriendo, con la adrenalina bombeando por todo su cuerpo y la garganta ardiendo por la frescura nocturna. El robo pasaría inadvertido para el mundo, insignificante para la multitud que ignoraba su verdadero valor.
Durante el trayecto de regreso a la tumba de Lilith, Lara repasó en su mente la reliquia. <<El paso del tiempo ha hecho de las suyas en ti>>, pensó acariciando con delicadeza el oro moldeado que sostenía en manos. <<¿Será realmente la llave? ¿Funcionará con la fachada?>> Su rostro reflejaba la incertidumbre. Consultó las fotos del Relieve de Burney por enésima vez.
—¿Le parece que esto abrirá la puerta? —preguntó a Jean, quien la acompañaba en la noche fría disfrazados de comerciantes alfareros.
Jean pausó su lectura egipcia, observó las fotos y la pieza con atención, y asintió sonriente.
—Por la forma y la cavidad, conjeturo por enésima ves que sí.
—No estoy segura —respondió Lara con una risa nerviosa—. Me preocupa basar mis hipótesis más en intuición que en los textos.
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Tomb Raider Nights
ActionEn su travesía, las proezas de Lara comienzan a redimir la gloria de su apellido, atrayendo la atención de la enigmática Jaqueline Natla, quien le ofrece protección a cambio de un arriesgado trabajo de exploración. Una propuesta que podría consolida...
