En su travesía, las proezas de Lara comienzan a redimir la gloria de su apellido, atrayendo la atención de la enigmática Jaqueline Natla, quien le ofrece protección a cambio de un arriesgado trabajo de exploración. Una propuesta que podría consolida...
Lara Croft encontró gratificantes las horas de investigación compartidas con Aleister. La destreza de Jonah no alcanzaba la de su nuevo compañero; aun así, el afecto nacido de aquel apoyo incondicional que él le ofreció en sus momentos más inciertos mantenía intacto su aprecio por él.
Lara y Aleister conectaron de inmediato. Entre descubrimientos colosales y charlas que encendían nuevas ideas, su compañía se volvió un refugio inesperado. En aquella complicidad, Lara halló la confianza que disipaba los fantasmas de su mente. Por fin tenía algo que siempre le había faltado: la certeza de que podía confiar y delegar.
—¿Cuánto tiempo te tomó dejar crecer el cabello hasta ese tamaño? —preguntó Aleister, ahogando la última sílaba en un bostezo de alivio. La melena de Lara resultaba impactante.
—No lo corto desde Yamatai —confesó, con una ligera incomodidad.
—¿Alguna razón?
—Ninguna —admitió, dibujando un mohín que ocultaba la verdadera causa. No quiso exteriorizar la vergüenza que aún le pesaba desde aquella noche en el hotel, cuando decidió no cortarlo.
Aleister sonrió.
—En muchas culturas, el cabello largo es símbolo de sabiduría.
Lara sonrió, conteniendo la urgencia de confesar que sus pensamientos siempre convergían con los de Aleister. Lo sé, pensó. No quería intimidarlo mostrando cuánto sabía. Estaba acostumbrada: los hombres solían interrumpir la conversación cuando ella dejaba al descubierto sus conocimientos. Para evitar ese roce, optó por callar. Y, sin embargo, el silencio le pesaba; detestaba tener que guardar palabras solo para agradar a alguien que deseaba conservar a su lado.
Las jornadas de investigación terminaban cuando la noche alcanzaba su límite. Aun así, ambos se sumergían en los relatos, aunque el horario laboral de Aleister hubiera concluido, entre despedidas que nunca se concretaban y siempre arrastrados de nuevo por los tesoros históricos que los llamaban a seguir investigando. Pasar el tiempo juntos se sentía natural, casi inevitable.
En ese momento, Lara se preguntó si realmente había disfrutado de su soledad todos esos años o si solo quería convencerse de ello. ¿Valía la pena abandonar la compañía y sumergirse en aventuras que solo quedarían registradas en los libros de sus memorias? Estaba destinada a la grandeza y la fama, aunque todavía no lo sabía.
Hasta entonces, su único deseo había sido dignificar el apellido "Croft", como una forma de disculpa hacia sus padres, olvidando vivir su propia vida. Ahora, la mansión había recuperado su confort; la introspección de los últimos meses se reflejaba en su buen humor y en la calidez que devolvía la arquitectura. Era un hogar agradable de nuevo.
Lara llegó en busca del exilio de Lilith. Exploró cada sitio señalado por Aleister y mencionado en los relatos bíblicos. La historia y el misterio de esos lugares la dejaron anonadada. El calor del desierto era infernal, pero su deseo de respuestas superaba cualquier bochorno.
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