Lara consiguió, sin intermediarios, una casa alquilada a alguien de la sierra en otro país. Así terminamos viviendo a escondidas en la sierra de El Salvador. Dónde únicamente fuimos ella y yo compartiendo nuestro camino en la tierra.
Se sentía más segura allí, yo también. Nuestro refugio era una antigua casa de adobe, no muy grande, donde solo dormíamos y, a veces, comíamos. Nadie podría encontrarnos allí si deseaban hacerle daño. Los mosquitos nos picaban por las noches y tomábamos café muy seguido.
Aprendí a despreocuparme del tiempo y de los deberes, a no sentir prisa por ser el primero en terminar lo que se empieza. Como resultado, toneladas de estrés se esfumaron de mi mente. Al no tener dispositivos electrónicos, para evitar rastreos, me vi forzado a abandonar la costumbre arraigada de revisar el correo constantemente. Solo contábamos con una vieja televisión para ver las noticias.
La ansiedad de años se me desvaneció como por arte de magia, y por fin aprendí a vivir. Los días transcurrían llenos de divinidades, convertidos en momentos efímeros a los que después deseaba regresar, arrepintiéndome en cada instante de no haber contemplado lo suficiente ese tiempo.
—¿Que pasará después de la muerte? —Me preguntó una vez.
—Quien sabe... si tuviera que elegir alguna teoría, me iría con la de los mayas, a trabajar con los dioses por cuatro años antes de desvanecerme para siempre. — Lara sonrió no se creía lo que dije.
—¿Enserio quieres liberarte de una vida de trabajo para ir a trabajar?
—Aquí soy un investigador documental, allá sería el momento en que me convierta en un investigador de campo.
—Sabes perfectamente todo lo que tendrías que hacer en Xibalba, Aleister. ¿Estás seguro de que eso quisieras?
—Sí. —Ella me miró. Yo no le pregunté, ni siquiera le hablé de la teoría que decía que pasaba exactamente lo que tu deseabas que pasara. A mí me gustaría ver a una deidad. Sentí que se burló de lo que me gustaría. Ni siquiera me percate de lo emocionada que estaba preguntándome eso. Quizás quiso que yo se lo preguntara y no lo hice.
Una de las muchas tardes de mochileo, que tanto añoro, viajamos a un lago. Habíamos nadado un rato, compitiendo por ver quién aguantaba la respiración por más tiempo bajo el agua. Luego me salí y me recosté sobre el pasto húmedo. Sorprendentemente, no me incomodó sentirlo adherido a mi piel. Disfrutaba del sol ardiendo suavemente sobre mi cuerpo, mientras ella seguía en el agua, sumergiéndose durante varios segundos, pidiéndome que contara cuánto lograba contener la respiración. Cada intento superaba al anterior. Luego se ponía a nadar.
—¡Ya sé qué voy a usar la próxima vez que vaya a una expedición! —me gritó desde el agua.
—¿Qué? —le respondí. Podía interactuar sin vergüenza.
—Shorts. No pesan al nadar.
Me resultaba inusual verla disfrutar de un lugar tan bello como ese... conmigo. Lara era un todo, y yo sentía que no era nada a su lado. Todo el conocimiento que había adquirido en más de veinte años de mi vida se sentía vacío en comparación con lo que ella me enseñaba. Pero la forma en que me escuchaba, asombrada al corroborar mis ideas con las suyas, me hacía sentir que había encontrado mi lugar en el mundo: junto a ella.
Tengo recuerdos dispersos de aquel año. No soy capaz de estructurarlos linealmente, pero sí recuerdo todo lo vivido. Allí conocí a la verdadera Lara Croft, aquella que la sociedad jamás anudó ni comprendió.
También visitamos sitios arqueológicos, donde pude conocerla en su elemento: la práctica. Era una semi-investigación de campo. Estaba enamorada de la arquitectura antigua. Sus ojos brillaban como con nada más lo hacían: mientras aprendía, mientras leía, mientras fotografiaba, mientras anotaba.
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Tomb Raider Nights
AcciónEn su travesía, las proezas de Lara comienzan a redimir la gloria de su apellido, atrayendo la atención de la enigmática Jaqueline Natla, quien le ofrece protección a cambio de un arriesgado trabajo de exploración. Una propuesta que podría consolida...
