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Durante las noches frías tomábamos café, encendíamos un anafre con carbón, y la calidez nos abrazaba en la habitación cuando el negro de este ardía con el color del infierno.

—Este símbolo, "Ollin", proviene del náhuatl y pertenece a la cultura azteca de México. Representa el movimiento constante. En su forma "Ollinía", se expresa como fluir en medio del cambio; es estar en sintonía con la naturaleza cíclica de la existencia. Avanzamos, sí, pero inevitablemente, siempre regresamos al punto de partida.

—A ver, tratándose del aprendizaje... si aprendiera algo hoy, no podría estar en el mismo punto de partida mañana.

—Sí, si es que confirmas tus hipótesis.

—No lo creo —su respuesta me costó aceptarla. No la esperaba, viniendo de ella. Creía conocerla bien, y esperaba que compartiera esa forma de pensar.

—¿Por qué?

—Porque sabría más.

—Vuelves al mismo punto, pero con más sabiduría.

—Pero no podría volver al mismo punto, porque ya habría cambiado algo.

—Es metafórico.

No la convencí. Después comprendí, regresar no significa retroceder. Se refería volver a un lugar similar con otra conciencia. 





Cuando debí regresar, una vez que mi estancia legal terminó, decidí quedarme, impulsado por su confesión. El mejor sentimiento fue esa satisfacción venidera, la que hizo que las cosas y nuestra relación continuaran su curso sin cambios, sin vergüenzas. Era confianza. Nuestro ambiente emocional era imperturbable. 

Se equivocó porque siguió tratándome igual que antes de confesar sus sentimientos. 

Las estaciones pasaron, y jamás viví un invierno tan cálido como el de aquella noche. Me recosté en la cama antes que ella. Se acostó junto a mí y fingí estar dormido, pero me conocía tan bien que lo supo. A veces, eso me causaba desasosiego.

—¿Te da miedo? —me preguntó. Se acostó de lado, dirigiéndome su atención. Me giré para verla; estábamos frente a frente.

—¿Qué?

—Morir por estar conmigo —en su cuestionamiento atisbé un deseo: escuchar la verdad. Sabía la respuesta, ya se la había comprobado con acciones, pero quería escucharla de mis labios. Quería estar segura de mi conformidad. En su forma de expresar sentimientos había tanta madurez que nada resultaba cursi; todo era cálido y cómodo.

—Estoy dispuesto a asumir el riesgo, si así lo quieres.

—Pero... ¿tú qué quieres? —Antes de que pudiera responder, me interrumpió—. Piénsalo bien antes de contestar.

La miré, y luego volví la vista al techo, reconociendo mis deseos, que todo fuera así, siempre.

—Quiero que hagas todo lo que deseas. Que explores todo lo que quieras, que descubras lo que anhelas. Y que, si quieres permitirme acompañarte en ese camino, no ser un inconveniente para eso.

Se acercó a mí.

—¿Puedo besarte?—me preguntó. Asentí.

Sentí un shock infantil. Sus labios, rojos como fresas, comenzaron a danzar sobre los míos, que percibían la dulzura de su calmada respiración. La única cosa que pasaba por mi cabeza era el deseo de no arruinarlo.

De repente, sus caderas tomaron una cadencia mágica, cada vez más cerca. Me rodeó con sus brazos y, en medio del profundo silencio, me susurró:

—Quiero estar contigo ahora.

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