Prólogo

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Lara Croft nació en el seno de la aristocracia británica en 1992. Desde su llegada al mundo, la riqueza y el renombre orbitaban en torno a su apellido. La exigencia de comprender las intrincadas estrategias políticas, sumada al desprecio de la nobleza hacia Richard Croft, su padre, sembraron en ella un rechazo hacia el estilo de vida de la alta sociedad.

El conflicto comenzó incluso antes de nacer, cuando Amelia, su madre, condesa de Linconshire, contrajo matrimonio con un hombre sin títulos ni estatus: el arqueólogo Richard Croft, entonces apenas asistente de su profesor de historia.

Richard trabajó duro para ganarse un lugar. Su deseo de demostrar que era digno de reconocimiento marcó toda su vida. Durante un tiempo lo logró: fue celebrado y aplaudido, hasta que ocurrió la tragedia. La desaparición de Amelia lo sumió en el descrédito. Se sabía que en los últimos años su matrimonio se había resquebrajado por la obsesión arqueológica de Richard, que relegaba a un segundo plano tanto a su esposa como a su hija.

Cuando Amelia Croft desapareció, Richard abandonó todas sus expediciones, incluso aquellas por las que había sido contratado. Cavó su propia ruina al incumplir sus compromisos. 

Sus últimos años los dedicó a investigar qué había sucedido con Amelia, aunque pronto se extendió el rumor de que él mismo la había asesinado para continuar con su vida de aventurero. Finalmente, cuando comenzó a descubrir sincretismos entre culturas que nunca convivieron, murió señalado como un demente homicida. Incluso la joven Lara llegó a pensar que su padre estaba perdiendo la cordura.

Richard, sin embargo, siempre tuvo una certeza: el mayorazgo Croft recaería en su hija. Estaba convencido de que sería una mujer fuerte, inteligente, determinada y con la destreza necesaria para abrirse paso en el mundo. Con los privilegios que le correspondían, podría alcanzar una vida extraordinaria. Por ello, Lara creció rodeada de institutrices, tutores y entrenadores de primer nivel.

Su formación fue tan amplia como rigurosa. Aprendió gimnasia, equitación, tiro con arco, boxeo, oratoria, literatura, canto y, por su posición como hija de una condesa, protocolo y etiqueta. Este cúmulo de enseñanzas no estuvo exento de tensiones: Richard deseaba templarla como una guerrera, mientras que Amelia buscaba moldearla como una dama aristocrática. El resultado fue una joven a la vez cortés y contestataria, apasionada por la historia, en especial la antigua Grecia, de donde extrajo inspiración en aquellos personajes que diseñaban sus propias tumbas como monumentos a su poder.

A los ocho años, Lara vivió la tragedia que marcaría su vida. Durante un accidente en el Himalaya, su madre desapareció sin dejar rastro. La niña sobrevivió caminando junto a Winston y un piloto durante siete días hasta alcanzar la civilización. Desde entonces, Richard rara vez se separó de ella, salvo en contadas ocasiones en que buscaba descifrar los últimos instantes que su hija le relataba sobre Amelia. Durante tres años viajaron juntos de un yacimiento arqueológico a otro, mientras Lara continuaba su educación con tutores privados. Todo cambió cuando Richard, presuntamente, se quitó la vida con un disparo en la cabeza en su oficina.

Conrad Roth, el amigo más cercano de Richard Croft, asumió la responsabilidad de continuar con la formación de Lara. Se aseguró de que Anna, su representante legal, cumpliera la voluntad de los Croft en todo lo relacionado con la educación y el porvenir de la joven heredera.

A los veintiún años, recién graduada de la universidad, Lara se embarcó en el Endurance, rumbo a Japón. La misión: hallar el reino perdido de Yamatai. Esa travesía transformó para siempre su existencia y le permitió comprender muchas de las obsesiones de su padre. Fue entonces cuando aceptó el legado de Richard: retomó las investigaciones inconclusas que él había abandonado para buscar a Amelia, y dedicó tres años de su vida a rastrear reliquias incansablemente, entre las cuales destacan, la Fuente Divina, La Daga de Chak Chel y el Ojo de Oro con su grieta. 

El hecho de que nunca se encontrara el cadáver de su madre impidió que Lara heredara el título nobiliario. Su tío intentó disputarle el patrimonio familiar, pero tras una larga batalla legal, Lara se alzó con la victoria y se convirtió en dueña absoluta de las posesiones de los Croft. Nunca más volvió a entablar contacto con sus parientes.

Al concluir algunas investigaciones de su padre, Lara descubrió la existencia de portales tras la última hazaña de buscar el Ojo de Oro. El hallazgo, lejos de darle satisfacción, la sumió en la desolación: un vacío profundo la devoraba, y el remordimiento por la desaparición de Amelia nunca dejó de atormentarla. Fue entonces cuando comprendió que su historia apenas comenzaba...

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La portada es un Fan Art épico de Patrick Slamka

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