5

28 4 1
                                        

Mi madre dedicó su vida al estudio de la metafísica, y mi padre, a la filosofía. Me nombraron Aleister por el fundador de la filosofía religiosa de Thelema, aunque, curiosamente, nunca he tomado partido por ninguna religión. Mis intereses se volcaron más hacia la historia y hacia una incapacidad absoluta para entablar relaciones.

Desde muy temprana edad, la ansiedad limitó profundamente mi vida social. Recuerdo que, de niño, deseaba con todas mis fuerzas jugar con los demás. Verlos divertirse despertaba en mí un fuerte anhelo de unirme, pero algo dentro de mí me decía que no encajaba, que ese no era mi lugar. Esa sensación constante de no pertenecer generó en mí una frustración que me acompañó durante años.

Nunca fui maltratado ni rechazado abiertamente en mi infancia. Simplemente, sentí que mis dificultades para relacionarme me alejaban de los demás. Fue como si la barrera no viniera del exterior, sino de mí mismo.

Al crecer, algo que se volvió constante en mi día a día fue el rechazo y las críticas por la forma en que me expresaba. Mi manera formal de comunicarme resultaba agobiante para muchos; me tildaban de pretencioso, y con el tiempo, terminé creyéndolo. Pero todo cambió cuando la conocí.

En la escuela de finalización en Suiza, le confesé a Lara la genuina admiración que sentía por su padre y le hablé de mi deseo de emprender algún día la búsqueda del Espejo del Humo, inspirado por sus hazañas. Sin embargo, con los años, ese anhelo se desvaneció, ya que descubrí que mi verdadera pasión estaba en la investigación documental, más que en la exploración de campo. Por eso, Lara decidió contratarme como asistente en sus investigaciones. A diferencia de mí, ella no se limitaba a los libros; de hecho, solía ignorar gran parte de lo que otros habían dejado escrito antes... con una sola excepción: su padre.

—¿Y qué buscarás? —me preguntó en aquella ocasión. Su emoción juvenil se reflejaba en el brillo de sus ojos cada vez que me escuchaba hablar de ello. Me sonreía con intriga.

—El Espejo del Humo —confesé. Quedó maravillada al escuchar la historia. Quizás más por la pasión con la que la relaté, inspirada por su predecesor.

Los demás tipos permanecían pegados a nosotros. Pero yo no era la razón. Ni mis deseos de exploración. La razón era ella y su belleza. A ningún puberto le importaba el historial de su familia, ni siquiera un poco conocerla a ella. Su hermosura, casi irreal, cautivaba las miradas de todos en contra de su voluntad.

Su sencillez fue lo que a mí me cautivó. Había visto muchas chicas con físicos de ensueño, pero ninguna me había tocado como ella. En la escuela era bien sabido que no tenía padres, pero nadie lo asimilaba. Quizá porque a nadie le importaba. Todos tenían la atención puesta en ser su novio, como si ella fuera una cosa que pudiera obtenerse.

Al principio, sentí envidia. ¿Por qué ella, que compartía intereses tan similares a los míos obtenía atención solo por su físico y yo no? Pero su naturalidad y honestidad me tocaron el alma como nadie antes.

Me avergüenza pensar qué idea tendrá de mí por haber fingido que no nos conocíamos. No quise arriesgarme a preguntarle si me recordaba y enfrentar la posibilidad de que dijera que no. Pero, al final, me resulta aún más vergonzoso el hecho de que sí me recordó... y yo, aun así, fingí demencia al tratarla como si no nos conociéramos, no acostumbro a que la gente me recuerde.  




Lara tenía apenas veinticinco años cuando reveló al mundo lo que se conocería como la Soga de Lilith. Se sinceró conmigo, y aunque tenía la intención de exponer la reliquia, nunca planeó hablar sobre la existencia del santuario. Sin embargo, cuando la acusaron de fraude y afirmaron que la reliquia era falsa, no pudo contenerse... y lo peor es que fui yo quien la impulsó a hacerlo. 

Tomb Raider NightsHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora