En su travesía, las proezas de Lara comienzan a redimir la gloria de su apellido, atrayendo la atención de la enigmática Jaqueline Natla, quien le ofrece protección a cambio de un arriesgado trabajo de exploración. Una propuesta que podría consolida...
Una cegadora blancura se apoderó de su visión. La unión de los dos fragmentos del Scion que tenía en su poder generó una explosión de energía que la lanzó contra el suelo agrietado. Éste cedió bajo su peso y Lara cayó al vacío, como si descendiera desde los cielos sin control alguno de su cuerpo. El mundo giraba vertiginosamente a su alrededor mientras volvía al mismo punto donde había ensamblado los fragmentos. Un grito desgarrador se escapó de su garganta ante la ilógica e inesperada situación.
Mientras caía, lo vio todo: un paisaje apocalíptico teñido de rojo, devorado por el fuego. La Atlántida ardía.
Las llamas dieron paso a una escena más antigua, una visión ancestral. Frente a ella, el Triunvirato de la Atlántida juzgaba a uno de sus propios miembros por corromper el poder del Scion y traicionar la sagrada orden. En su sentencia, revelaban cómo aquella traición no solo había condenado a su civilización, sino que había dejado lisiado a Qualopec, uno de los reyes.
Finalmente, la visión le reveló lo que más anhelaba: el paradero exacto del tercer y último fragmento del Scion.
Egipto.
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Motivada por el funesto paradero de su madre, Lara se comprometió con la búsqueda del fragmento final del Scion. Su travesía la llevó a la ciudad de Kachin, donde, tras sortear varios obstáculos, encontró el último fragmento en el santuario del Scion.
Al unir las tres piezas, una nueva visión se desplegó ante sus ojos: la continuación de la historia de la Atlántida.
La Atlante juzgada por el Triunvirato, a quien ahora veía con mayor claridad, alzaba la voz para justificar sus actos:
—La Atlántida está en ruinas. Ya nada puede revertirlo. La única manera de que comience la Séptima Era es que todo arda —declaró con una calma que helaba la sangre.
Qualopec y Tihocan, indignados por su traición, la condenaron como una amenaza para la orden. La expulsaron del Triunvirato y la sentenciaron a la criogenización eterna.
Fue entonces, cuando la tercera gobernante alzó el rostro y proclamó que ya no había vuelta atrás en su plan, que Lara lo comprendió todo. Esa Atlante era Jaqueline Natla. Y como si el universo confirmara su revelación, Natla apareció frente a ella al instante en que la visión se desvaneció.
Y como si el universo confirmara su revelación, Natla apareció frente a ella al instante en que la visión se desvaneció.
Con una frialdad calculada, Natla le arrebató el Scion de las manos. Lara intentó alcanzar sus pistolas, pero ya no las tenía. Durante su inmersión en la visión, los hombres de Natla se las habían quitado. No tuvo tiempo de reaccionar: un guardia la tomó por los brazos, inmovilizándola con fuerza.
—Tú eras la reina de la Atlántida —afirmó Lara, su voz cargada de convicción, sosteniéndose en la visión que acababa de experimentar mientras forcejeaba con su captor.