Inquisidor Secreto

92 12 0
                                        

Ron Weasley ingresó con sangrantes heridas al Hospital San Mungo, con dos medimagas al lado de su camilla.

Un preocupado Harry entró corriendo tras él, seguido por Hermione, a quien una enfermera intentó detener para revisar sus lesiones, pues sangraba entintándose la ropa de rojo.

-No tengo tiempo –atajó la castaña.

-... pero, señorita...

-¡Quítese de mi camino! –Hermione alzó la voz, para alcanzar a los demás.

Una de las medimagas subió con Ron en el ascensor. La otra chasqueó los dedos y señaló a Hermione.

-Usted permanezca aquí –ordenó-. Enfermera McKellen, atiéndala.

-Cuando la limpie, subirá –dijo McKellen, reteniendo a la castaña, que protestaba-. Su amigo va al cuarto piso, No queremos que usted contamine con restos de algún conjuro pernicioso.

-¡Te espero arriba, Hermione! –dijo Harry, yendo tras la medimaga, que subía por las escaleras.

A su pesar, Hermione recibió la curación hasta que con una bata sobre la ropa para ocultar las escandalosas manchas de sangre, corrió al ascensor.

Subió, ansiosa, porque la atendieron por posible lesión de animal mágico, pero Ron en el cuarto piso sería atendido por herida de embrujo.

Salió a un ajetreo de personal hospitalario. Preguntó a medimagos y a enfermeras por Ron, pero no se detuvieron para orientarla.

-¡Hermione! –Harry la llamó afuera del Pabellón 4, al final de una galería de altos umbrales sin puerta.

-¿Cómo está? –preguntó ella, alcanzándolo.

-De aquí lo llevaron al quirófano –Harry se secó el sudor de la frente.

Herida de la frente, Hermione se tachaba de descuidada.

Las callejuelas laberínticas, sucias de Knockturn, la vieron ir sola esa tarde de sábado. No pidió a los chicos que la acompañaran, a causa de su altercado.

Vestida con ropa de calle, una seria Hermione traspuso la puerta de Borgin & Burkes, entrando a su olor a libros húmedos, vapores vegetales picantes y local que guardaba secretos sórdidos.

El dependiente, al otro lado del mostrador de madera, no muy aseado y que se anudaba los cabellos con una coleta, le sonrió lascivamente:

-Qué tenemos aquí... -la admiró con lujuria, de arriba abajo- Una deliciosa belleza...

Hermione colocó tres knuts en el mostrador:

-Barra de dos onzas. Smitan feeri.

El dependiente fue a la bodega por el metal.

-No se enoje, bella damita... -añadió, irónico, entre ruidos de cajas de madera al acomodarse- No recibimos comúnmente clientela, tan, pero tan...

Dejó la frase en suspenso.

Volvió con la barra manteniendo la sonrisa insolente, la envolvió en papel de estraza, ató con cuerda y al tomar el pago volvió a ver a Hermione de arriba abajo.

-¿Sabe que debe amalgamarlo con plata? –el sujeto se pasó la lengua por el labio inferior- La proporción depende del tamaño del objeto a trabajar. Ah... sería tan agradable recibir algo más que unas monedas...

-¿Sí? –respondió ella– ¿Como un Sectumsempra para un dependiente que se pasa de listo?

El sujeto se desencajó, y Hermione salió del establecimiento, tocando el bolsillo del abrigo donde llevaba la varita.

Grimorio para tu almaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora